El Papa Francisco nos dejó un regalo inesperado en octubre de 2024: una encíclica entera dedicada al Corazón de Jesús, la llamó Dilexit nos, que significa, sencillamente, «Nos amó». La escribió mirando un mundo sacudido por guerras, por fracturas sociales, por una humanidad que parece haber perdido el hilo que la une a sí misma, y dijo que lo único capaz de sanarla es volver al corazón, al corazón de Cristo, que late sin parar por cada uno de nosotros. Hoy, primer viernes de mes en el que la tradición cristiana vuelve su mirada hacia el Sagrado Corazón de Jesús, sus palabras resuenan con una fuerza que casi duele de tan verdadera.

Un corazón que no mira desde lejos

Hay algo que nos cuesta creer, y es que ese corazón no late desde la distancia. Jesús conoce el nombre de cada persona que padece algún tipo de enfermedad. Conoce el peso de los duelos que se cargan en silencio, la oscuridad de quien piensa que ya no hay salida, el cansancio lento de la vejez, el ruido sordo de las guerras que no cesan, el miedo de quien huye y la soledad de quien se queda. Su corazón late exactamente en esa frecuencia, la frecuencia de la herida, porque fue herido, porque lleva en el costado la marca de lo que cuesta amar de verdad. Y esa herida, lejos de cerrarse, sigue siendo la puerta por donde entra quien necesita refugio.

Donde hay cuidado, late su corazón

Hoy queremos decirte algo que quizás necesitas escuchar: el Sagrado Corazón de Jesús late donde una mano sostiene a otra. Late en la enfermera que se sienta un momento junto a quien está solo. Late en quien acompaña a su madre con demencia sin perder la ternura. Late en la persona que escucha de verdad, sin mirar el reloj, sin buscar la respuesta rápida. Late en el voluntario que reparte no solo comida, sino mirada. Late en el padre que abraza sin preguntar y en el amigo que llama justo cuando más se le necesitaba. Late en cada agente de pastoral de la salud que visita a las personas que lo solicitan en la parroquia. Ahí está Cristo. No como imagen en un cuadro, sino como presencia viva en cada gesto que humaniza.

Amarle es dejarse amar

El Papa Francisco en Dilexit nos, nos invitaba a volver al corazón, al propio y al de Cristo, como quien vuelve a casa después de haber estado demasiado tiempo corriendo por la superficie de la vida. El corazón de Jesús nos precede siempre: nos amó antes de que supiéramos que necesitábamos ser amados, antes de que tuviéramos méritos, antes incluso de que lo buscáramos. Y su amor no es el amor que premia, es el amor que sana, el que entra por las grietas y hace de ellas el lugar más iluminado de la historia.

En este primer viernes de mes, quizás la oración más sencilla sea también la más profunda: «Aquí estoy, con todo lo que soy y con todo lo que me pesa. Ámame tú, que yo solo no llego». Y en ese silencio, descubrir que su corazón ya llevaba latiendo por nosotros mucho antes de que lo pidiéramos.

 

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