Cuaresma

5ª semana de Cuaresma: Amar al hermano como a ti mismo

El camino que hemos recorrido alcanza aquí su punto más concreto y exigente. Escuchamos, ofrecimos el corazón, orientamos nuestras fuerzas, aprendimos a mirar al prójimo con luz nueva; ahora el amor se vuelve aún más cercano y personal. Amar al hermano como a uno mismo significa asumir una medida que nos implica por completo. El hermano no es una categoría amplia, es alguien concreto, con nombre, con historia compartida, con heridas y esperanzas que rozan las nuestras. La Cuaresma madura cuando el amor deja de ser actitud general y se convierte en vínculo real.

Compartir la fragilidad

El Evangelio nos sitúa ante el dolor de una familia que ha perdido a alguien querido. Jesús no se mantiene distante. Se acerca, escucha el llanto, se conmueve. Antes de pronunciar una palabra de vida, comparte la herida. Amar al hermano como a uno mismo comienza ahí, en esa capacidad de no apartarse ante el sufrimiento, de permitir que el dolor del otro nos toque. La fe no nos vuelve fríos; nos hace más capaces de sostener, de acompañar sin invadir, de permanecer cuando todo parece oscuro.

Desear para el otro la misma vida

Amarse a uno mismo implica reconocer la propia dignidad y anhelar plenitud. Amar al hermano con esa misma medida significa desear para él esa plenitud con la misma intensidad. No es competir, ni compararse, ni medir méritos; es alegrarse con su crecimiento, respetar su proceso, cuidar su vulnerabilidad como cuidaríamos la nuestra. Esta semana nos invita a revisar nuestras relaciones más cercanas, allí donde el trato cotidiano puede volverse superficial. El amor fraterno se juega en lo pequeño, en el modo de hablar, en la paciencia, en la disponibilidad real.

Un amor que levanta

En el relato, la palabra de Jesús tiene fuerza de resurrección. La vida que parecía cerrada vuelve a abrirse. Amar al hermano como a uno mismo tiene esa misma vocación: levantar, animar, sostener, creer en el otro incluso cuando él mismo duda. Cuando nos implicamos en la historia del hermano, algo también se transforma en nosotros. La comunidad deja de ser suma de individuos y se convierte en hogar donde cada uno encuentra espacio para crecer.

Con esto la Cuaresma llega a su umbral más luminoso. Lo que comenzó en el silencio interior se convierte ahora en entrega compartida. Amar al hermano es permitir que el amor recibido circule, que toque lo frágil y lo renueve. Y en ese intercambio verdadero se anticipa ya la vida nueva que estamos llamados a celebrar.

Leer Más »

4ª Semana de Cuaresma: Amarás a tu prójimo

El camino cuaresmal nos ha ido conduciendo hacia dentro: escuchar, unificar el corazón, orientar nuestras fuerzas. Ahora el amor se despliega hacia fuera y encuentra su verificación en el rostro concreto del otro. Amar al prójimo es la consecuencia natural de un corazón que ha sido tocado por Dios. Si la fe ha transformado nuestra interioridad, necesariamente transformará nuestra manera de mirar y de relacionarnos. La Cuaresma madura cuando el amor deja de ser experiencia privada y se convierte en comunión visible.

Una mirada que aprende a ver

El Evangelio nos presenta a un hombre que vivía a la vista de todos y, sin embargo, permanecía invisible en su dignidad. Su ceguera lo había reducido a una etiqueta. Jesús se detiene y lo mira de otra manera. Antes incluso de devolverle la vista, lo reconoce. Amar al prójimo comienza en esa decisión silenciosa de no reducir al otro a su límite, de no encerrarlo en su historia pasada. Mirar con la luz de Cristo significa reconocer en cada persona una vida llamada, una promesa en proceso, una historia que merece respeto.

Dejar que la luz sane nuestros ojos

A lo largo del relato aparecen voces que opinan, juzgan y se aferran a sus seguridades. También nosotros podemos mirar desde esquemas rígidos que tranquilizan nuestra conciencia. Amar al prójimo implica permitir que el Señor ilumine nuestras sombras, que revele nuestros prejuicios y nos conceda una mirada más limpia. No basta con hacer gestos externos si el interior permanece cerrado. La luz que sana al otro también quiere sanar nuestra forma de mirar, para que aprendamos a situarnos ante cada persona desde la compasión y la verdad.

Un amor que construye comunión

El hombre que recobra la vista inicia un camino nuevo, y su historia ya no es la misma. La luz no solo transforma su condición, transforma su lugar en la comunidad. Amar al prójimo es crear espacios donde cada uno pueda levantarse y ocupar su sitio con dignidad. Es acompañar procesos, sostener búsquedas, confiar en la acción de Dios en la vida del otro. Cuando la fe se hace relación concreta, la comunidad se vuelve hogar y la Cuaresma alcanza su sentido más profundo.

Como podéis observar, lo que comenzó como escucha y se convirtió en entrega del corazón y de las fuerzas, ahora se manifiesta en la mirada y en el trato. Amar al prójimo es dejar que la luz recibida se refleje en nuestros vínculos, hasta que cada encuentro cotidiano se convierta en lugar donde Dios sigue actuando.

Leer Más »

3ª Semana de Cuaresma: Amarás a Dios con todas tus fuerzas

El camino que comenzó afinando el oído y que después descendió al corazón, ahora nos lleva al lugar donde se concentra nuestra energía más profunda. Amar a Dios con todas las fuerzas significa orientar el deseo, dirigir la sed, reconocer qué es lo que realmente mueve nuestra vida. Las fuerzas hablan de aquello que nos impulsa, de lo que buscamos cuando nadie nos ve, de la fuente a la que acudimos cuando sentimos cansancio o vacío.

La sed que revela nuestra fuerza interior

En el Evangelio contemplamos a una mujer que acude al pozo a la hora más dura del día. Lleva su cántaro, lleva su historia, lleva una sed que no se reduce al agua. También nosotros acudimos cada día a nuestros pozos, buscando algo que sacie, algo que sostenga, algo que dé sentido. Amar a Dios con todas las fuerzas comienza cuando reconocemos esa sed profunda y dejamos de ocultarla. La fuerza interior no está en aparentar plenitud, está en aceptar la propia necesidad y permitir que el Señor la toque. Allí donde se orienta nuestra sed, allí se orienta nuestra vida.

Un deseo que aprende a dirigirse

Jesús no condena la sed de aquella mujer; la conduce. Le habla de un agua capaz de brotar desde dentro, de una fuente que no depende de circunstancias externas. Amar con todas las fuerzas significa dejar que el deseo sea purificado, que deje de dispersarse en búsquedas que prometen alivio momentáneo y aprenda a dirigirse hacia lo que verdaderamente da vida. La Cuaresma nos ofrece este espacio de verdad: revisar a qué dedicamos nuestras energías, qué alimenta nuestro interior, qué nos vacía y qué nos fortalece. Cuando el deseo encuentra su fuente verdadera, la fuerza deja de desgastarse y empieza a fecundar.

Una energía que se transforma en misión

La mujer que llega sola al pozo regresa distinta. Su encuentro se convierte en impulso, su sed saciada se vuelve anuncio. Amar a Dios con todas las fuerzas transforma la energía en entrega. Lo que antes estaba concentrado en la propia necesidad se abre ahora a los demás. La fuerza que nace del encuentro no oprime, no exige, no se impone; se expande con naturalidad. Así también nosotros, cuando dejamos que el Señor toque nuestra sed más profunda, comenzamos a vivir con una vitalidad nueva, más libre, más orientada, más fecunda.

La Cuaresma sigue avanzando hacia una integración mayor: Hemos aprendido a escuchar, hemos ofrecido el corazón, y ahora permitimos que nuestras fuerzas encuentren su dirección. Cuando la sed se orienta hacia la fuente verdadera, la vida entera se reorganiza. Amar a Dios con todas las fuerzas se convierte entonces en un acto cotidiano y concreto: buscarle allí donde sabemos que el agua es viva y dejar que desde dentro brote una energía que renueva nuestra manera de vivir.

 

Leer Más »

Retiro parroquial de Cuaresma: resumen y testimonio

El pasado 7 de marzo la parroquia vivió una jornada de retiro de Cuaresma guiada por nuestro párroco, D. Luis Murillo, bajo el título “Mis tierras prometidas”. A lo largo del día se nos invitó a recorrer un camino interior inspirado en la experiencia bíblica del pueblo de Israel y en distintas escenas del Evangelio, con una pregunta que atravesó toda la reflexión: ¿de qué Egipto quiere sacarme Dios y hacia qué tierra me está conduciendo?

La vida creyente se parece muchas veces a ese itinerario que aparece en la Biblia: salir, atravesar el desierto, caminar entre incertidumbres y promesas. Todos, de una u otra manera, buscamos una “tierra prometida”, un lugar de plenitud o de descanso para el corazón. Sin embargo, el retiro nos ayudó a reconocer que no siempre lo que imaginamos como nuestra tierra prometida coincide con la promesa de Dios.

Abraham y la promesa: salir porque Dios llama

El primer momento del retiro nos llevó a contemplar la figura de Abraham, llamado por Dios a abandonar su tierra sin saber con exactitud a dónde sería conducido. Abraham se pone en camino confiando únicamente en la palabra que ha escuchado. No dispone de seguridades ni de un plan perfectamente trazado, pero se fía de la promesa. Su historia recuerda que hay salidas que nacen de una llamada y otras que nacen solo del impulso personal. Externamente pueden parecer decisiones parecidas, pero la raíz es distinta: en un caso el camino se apoya en la confianza en Dios, y en el otro en la autosuficiencia.

En busca de la herencia: cuando uno sale buscándose a sí mismo

El segundo momento del retiro se centró en la parábola del hijo pródigo, donde también aparece una salida, aunque de signo muy diferente. El hijo pide su herencia y se marcha convencido de que la libertad consiste en vivir lejos del padre. Sin embargo, el Evangelio muestra cómo esa búsqueda acaba conduciéndolo al vacío. A partir de esta escena surgió una reflexión muy cercana a la experiencia humana: muchas veces perseguimos nuestras propias “tierras prometidas”, proyectos o metas que creemos que nos darán plenitud, pero que en realidad pueden convertirse en espejismos cuando nacen de heridas interiores o de deseos de afirmación. La parábola, sin embargo, no termina en el fracaso del hijo, sino en la imagen de un Padre que espera y que acoge cuando el camino se reorienta.

La nueva tierra prometida: el Reino de Dios

En el tercer momento la mirada se abrió a la novedad que trae Jesús cuando anuncia que el Reino de Dios está cerca. Con Él, la tierra prometida deja de entenderse solo como un lugar al que llegar y pasa a ser una realidad que comienza dentro del corazón. Allí donde se vive el Evangelio, allí donde se perdona, se sirve, se acoge y se confía en Dios, el Reino empieza a hacerse presente. De este modo la promesa se transforma en una forma de vida donde el centro ya no es uno mismo, sino la presencia de Dios que actúa.

Una promesa que sigue en pie

El retiro concluyó recordando que la promesa de Dios sigue abierta y que nuestro camino continúa. La verdadera tierra prometida comienza allí donde el corazón aprende a decir, con sencillez y confianza: “Reina Tú, Señor”.

Compartimos también este testimonio:

Este sábado fui al retiro de Cuaresma. Cada año lo espero con muchas ganas, con ese deseo de dejarme llenar de nuevo por Dios, de encontrar lo que mi corazón necesita para seguir adelante. Pensé que sería un día más, pero no… fue un día distinto, un día en el que sentí que el Señor me hablaba directamente al corazón.
El P. Luis nos habló de “Mis tierras prometidas”, y desde ese momento sentí que Dios me invitaba a comenzar de nuevo mi camino esta Cuaresma. Me di cuenta de que mi búsqueda no va tanto hacia lo que yo quiero alcanzar, sino hacia lo que Dios me promete. Y entendí que, aunque a veces me desvío, Él nunca deja de acompañarme. Es como ese GPS paciente que recalcula mi rumbo cada vez que me pierdo. En ese rato de silencio que tuvimos después, me paré a pensar en los altares que puedo levantar hoy como signo de gratitud: personas, momentos, detalles por los que dar gracias. Al ponerles nombre, me di cuenta de cuánto me ha cuidado Dios, incluso en los días más grises.
En el segundo momento del retiro, reflexionamos sobre si vivo como Abraham, que dice “hagamos”, o como el hijo pródigo, que dice “hago”. De ahí me quedé con dos palabras que me siguen resonando: suelo y mirada. Suelo, para no perder contacto con lo que soy y con la realidad. Mirada, para no quedarme encerrada en mí, sino mirar hacia el Señor, hacia ese horizonte que no deja de esperarme. Otra vez sentí que siempre hay un Padre que me ve venir y sale a mi encuentro… y eso me conmovió profundamente.
Después de compartir la comida y reír un rato con los demás, tuvimos el tercer momento. Allí sentí algo muy fuerte: que el Reino de Dios no está lejos ni es algo que tengo que alcanzar, sino que ya está dentro de mí. Que no soy yo quien gobierna mi vida, sino el Señor, si lo dejo entrar. Sentí paz, y una confianza muy grande.
Terminamos el día con una Eucaristía compartida. Fue el mejor cierre posible, mirar alrededor y ver a la comunidad reunida, sentirnos uno, y reconocer al Señor presente en cada gesto, en ese Pan que nos une. En ese momento comprendí que la Tierra Prometida no está al final del camino, sino que empieza cuando dejo a Dios caminar conmigo.

Leer Más »

2ª semana de Cuaresma: Amarás a Dios con todo tu corazón

Después de haber aprendido a escuchar, ahora el camino nos conduce paso a paso hacia el centro de nosotros mismos. Después de aprender a escuchar, el camino se vuelve más íntimo y más exigente. El amor ya no se sitúa solo en la atención, sino en la entrega. El Señor no pide una parte, pide el corazón entero, ese espacio donde se entrelazan deseos, miedos, búsquedas y fidelidades. Amar con todo el corazón es permitir que Dios habite el núcleo de nuestra vida y lo unifique desde dentro.

Un corazón reunido

El corazón humano se dispersa con facilidad. Se reparte entre ocupaciones, expectativas, afectos, proyectos que compiten entre sí. Vivimos muchas veces fragmentados, con partes de nosotros orientadas en direcciones distintas. Amar a Dios con todo el corazón significa reunir lo disperso, dejar de vivir divididos. No se trata de intensificar actividades o emociones religiosas, sino de orientar todo lo que somos hacia una misma fuente. Cuando el corazón encuentra un centro, aparece una paz profunda, una coherencia que se percibe incluso en lo pequeño, en la forma de decidir, en el modo de responder, en la manera de mirar.

La luz que revela lo que somos

El Evangelio dominical nos muestra a Jesús en el monte, envuelto en una luz que no es espectáculo, sino revelación. Por un instante, los discípulos contemplan la verdad escondida. También nuestro corazón necesita ser iluminado para reconocerse. Amar con todo el corazón implica dejar que esa luz atraviese nuestras zonas más vulnerables, que toque nuestras ambiciones, nuestras heridas, nuestros apegos. No para humillarnos, sino para purificarnos. Cuando la luz entra, el deseo se transforma y aprende a buscar lo que permanece. Se despierta una fidelidad nueva, más consciente, menos dependiente de circunstancias cambiantes.

Un amor que se vuelve coherencia

El corazón entregado empieza a vivir de otra manera. La oración deja de ser obligación y se convierte en encuentro esperado. La comunidad deja de ser entorno y se convierte en casa. El servicio deja de ser tarea y se convierte en expresión natural de una interioridad habitada. Amar con todo el corazón significa vivir sin doblez, con una unidad que da solidez a cada gesto. Esta semana puede ser ocasión para preguntarnos qué ocupa realmente el centro, qué necesita ser recolocado, qué parte del corazón aún guarda reservas. Ofrecerlo con sencillez es ya comenzar a amar de verdad.

La Cuaresma avanza hacia una transformación que no es superficial. Cuando el corazón se entrega sin fragmentarse, empieza a latir con una cadencia distinta, más libre, más firme, más confiada. Y desde ahí, el amor deja de ser discurso y se convierte en vida.

Leer Más »

1ª Semana Cuaresma: Escucha, Israel

Al comenzar esta primera semana de Cuaresma, el camino ya está abierto y el corazón ha sido marcado por un deseo más hondo que cualquier propósito externo. Ahora se nos invita a entrar con mayor conciencia en lo esencial, allí donde el amor empieza a tomar forma verdadera. La palabra que sostiene estos días es clara y antigua, tan antigua como el primer latido de la fe: escucha. Antes de hacer, antes de decidir, antes de cambiar nada, el Señor nos conduce a ese espacio interior donde todo se ordena desde dentro. Amarás al Señor tu Dios comienza por permitir que su voz encuentre lugar en nosotros y vuelva a ser criterio de vida.

Afinar el oído del corazón

Escuchar es abrir un espacio real para la Palabra, dejar que nos nombre y nos revele quiénes somos. No se trata de añadir más palabras a las que ya circulan en nuestra mente, sino de crear silencio para que la voz de Dios tenga peso y autoridad. Cuando el oído del corazón se afina, aprendemos a distinguir la verdad que construye de las voces que dispersan. La escucha es un acto de confianza, una decisión humilde de reconocer que necesitamos ser guiados. En esta semana, el amor a Dios se concreta en ese gesto cotidiano y perseverante de reservar tiempo para la Palabra, leerla con calma, dejar que una frase nos acompañe y atraviese la jornada. Desde esa escucha nace una serenidad nueva, una claridad que ilumina lo que parecía confuso y devuelve unidad a lo que estaba fragmentado.

El desierto como lugar de verdad

El Evangelio dominical nos muestra a Jesús en el desierto, sostenido por la Palabra que ha escuchado y acogido. En medio de la prueba, no responde desde el impulso ni desde el orgullo, sino desde la verdad que habita en su interior. El desierto revela lo que ocupa el centro del corazón y a qué voz damos autoridad cuando se presentan promesas atractivas y caminos aparentemente más fáciles. También nosotros atravesamos desiertos cotidianos donde se ponen a prueba nuestras prioridades. En esos momentos, escuchar se convierte en fidelidad, en elección consciente de permanecer en la verdad recibida. Quien permanece en la Palabra descubre una libertad más profunda que cualquier atajo y una firmeza serena que sostiene las decisiones.

Cuando la Palabra ordena la vida

La escucha transforma la manera de vivir. Cuando la Palabra ocupa el centro, el lenguaje se vuelve más limpio, la mirada más atenta, el trato más fraterno. Amar a Dios con todo el corazón significa dejar que su voz modele nuestros gestos concretos, nuestras relaciones y nuestro modo de estar en la comunidad. Esta primera semana nos ofrece la gracia de empezar desde dentro, desde un corazón que aprende a escuchar y, al escuchar, aprende a amar. Así el camino cuaresmal avanza con paso firme, arraigado en una relación viva que sostiene y renueva cada día.

 

Leer Más »

CUARESMA: Amarás al Señor tu Dios…

Este año, el camino cuaresmal que nos propone nuestro párroco para la comunidad se apoya en una frase central del Evangelio que puede sostenerlo todo: “Amarás al Señor tu Dios…”. Amar como proceso. Amar como camino. Un amor que se despliega poco a poco, que va tocando lo más profundo de la persona y que se vuelve concreto en la relación con los demás, en la manera de mirar, de hablar, de estar.

La primera semana nos sitúa en el punto de partida de toda experiencia creyente: Escucha, Israel. Antes de cualquier gesto, antes de cualquier compromiso, está la escucha. Escuchar es hacer espacio. Escuchar es permitir que la Palabra vuelva a ocupar el centro y ordene el corazón. La Cuaresma se abre así como un tiempo para afinar el oído interior, para dejarnos alcanzar por la voz de Dios que sigue pronunciándose en la vida y en la historia.

En esta clave, el Papa León XIV nos ha recordado que la Cuaresma es un tiempo especialmente propicio para dar espacio a la Palabra, para acogerla con docilidad y permitir que transforme la vida desde dentro. Escuchar se convierte así en el primer signo del deseo de entrar en relación con Dios y también con el otro. Junto a esta escucha, el Papa nos invita a vivir el ayuno como una libertad que ensancha el corazón, como un ejercicio que purifica el deseo y despierta hambre de justicia, incluso a través de una abstinencia muy concreta: aprender un lenguaje más amable, más limpio, más portador de paz, en la familia, en la comunidad y en la vida cotidiana.

La segunda semana nos invita a dar un paso más adentro: Amarás a Dios con todo tu corazón. Con todo lo que somos. Con nuestra vida real, con lo que llevamos dentro, con lo que buscamos y anhelamos. El corazón, cuando se entrega, se vuelve lugar de encuentro, espacio habitado, morada donde Dios puede encender esperanza.

En la tercera semana, el amor se hace todavía más concreto: Amarás a Dios con todas tus fuerzas. Aquí entra la vida cotidiana, el tiempo, las decisiones, el cuerpo. Amar con las fuerzas es aprender a vivir con mayor sobriedad interior, con un deseo más limpio, con una libertad que deja espacio a lo esencial. Es un amor que se traduce en gestos y elecciones.

La cuarta semana abre decididamente el horizonte: Amarás a tu prójimo. El amor a Dios se reconoce en el rostro cercano, en la atención, en el cuidado, en la escucha verdadera de quien camina a nuestro lado. La fe se vuelve relación y responsabilidad.

Y la quinta semana lo expresa con una cercanía aún mayor: Amar al hermano como a ti mismo. Amar al hermano es aprender la medida del Evangelio. Es construir comunidad. Es hacer de la Iglesia un hogar donde cada persona encuentra lugar y dignidad.

Vivamos esta Cuaresma como un camino compartido, en familia y en parroquia, dejando que el amor a Dios transforme el corazón y se haga vida en el amor al hermano.

Cada lunes de Cuaresma el P. Luis nos ofrecerá una reflexión para ayudarnos a vivir este tiempo cuaresmal.

También os compartimos el mensaje del Papa León para la Cuaresma 2026: Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión.

Leer Más »

Volver al corazón: la Cuaresma comienza por dentro

Caminando juntos… en la fe, con esperanza, desde el amor… como comunidad parroquial

Los martes del curso 2025-2026, continuando con el proyecto que iniciamos el curso pasado, publicaremos una entrada que podría fomentar la reflexión y el crecimiento de nuestra vida espiritual, ayudando a mantenerla viva en el día a día:

Volver al corazón: la Cuaresma comienza por dentro

(más…)

Leer Más »

Quinta semana de Cuaresma: Sembradores de esperanza

Una mirada que restaura

La escena habla por sí sola: una mujer es llevada al centro, expuesta, juzgada, utilizada como argumento. Muchos la miran, pero no todos ven. Jesús, en cambio, no responde con dureza, no entra en su juego. Se inclina, escribe en el suelo, guarda silencio. Su gesto no acusa, crea un espacio nuevo. “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Jn 8, 7). Y uno a uno, todos se van.

Esa mujer, sola frente a Jesús, descubre una mirada distinta. Una que no destruye, que no clasifica, que no encierra. Una mirada que levanta. “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?” (Jn 8, 10). Quien ha sido visto así ya no es el mismo. El corazón que ha sido tocado por la misericordia aprende a vivir de otro modo. La esperanza brota cuando el amor se hace carne en un gesto, en una palabra, en una presencia.

La semilla que crece en lo oculto

Sembrar esperanza es apostar por lo que aún no se ve. Es poner una semilla en tierra y creer que algo nacerá. En nuestra sociedad, que tantas veces reclama resultados, quien siembra esperanza confía en lo invisible, cuida lo frágil, acompaña sin invadir. “Los que siembran entre lágrimas cosechan entre cantares” (Sal 126, 5).

La Cuaresma nos invita a esta siembra humilde y fecunda. No hay terrenos estériles cuando el corazón se entrega. Cada gesto cuenta, cada palabra cura, cada silencio habitado se convierte en espacio sagrado. Dios actúa en lo escondido. La esperanza no siempre grita, pero nunca se apaga. A veces basta una presencia fiel, una escucha sin prisa, una mano tendida.

San Francisco de Sales decía: “Una palabra amable tiene poder para derretir corazones de hielo”. El que ha sido amado aprende a mirar con compasión. Y el que ha sido perdonado lleva dentro una ternura que sana. Desde ahí, todo puede florecer.

Una Iglesia que cultiva vida

El Evangelio no llama a condenar, llama a curar. La Iglesia, como cuerpo vivo del Resucitado, está llamada a ser tierra buena, donde cada persona pueda enraizarse, crecer, dar fruto. El juicio paraliza, la misericordia transforma.

Sembrar esperanza es elegir, cada día, la lógica del Evangelio. Es vivir sin levantar muros, sin buscar culpables, sin atrincherarse. Es abrir caminos, acompañar procesos, confiar en lo que Dios está obrando en el corazón del otro. “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9, 13). Ahí está la belleza de nuestra misión: ser reflejo de una ternura que no excluye, que no etiqueta, que no aparta.

Esta semana, la Palabra nos empuja a convertirnos en signo. A sembrar esperanza donde otros solo ven ruinas. A mirar con fe donde todo parece perdido. A caminar con suavidad por las heridas del mundo. Que cada uno de nuestros gestos anuncie que la misericordia siempre tiene la última palabra. Que el paso de Dios, a través nuestro, deje huellas de esperanza en cada corazón que toca.

 

Leer Más »

Retiro parroquial de cuaresma: Recuperar la esperanza en Jesús

Hay momentos en los que el alma necesita una pausa, para reencontrarse. Eso ha sido el Retiro de Cuaresma que nos ha ofrecido el P. Luis el 29 de marzo: un espacio donde el tiempo se detuvo y el corazón, por fin, pudo respirar hondo. Nos citamos con Jesús en el camino de Emaús, y allí, entre palabras y silencios, nos dejó una huella que no se borra.

Fuimos muchos los que acudimos con la mochila cargada de dudas, cansancios, esperas y pérdidas. Cada uno llegaba con su propio trozo de noche. Y, sin embargo, algo comenzó a suceder. Al principio no sabíamos ponerle nombre, pero nuestros pasos se volvieron más ligeros, nuestras conversaciones más sinceras, y nuestros corazones, sin saber cómo, empezaban a arder. Porque cuando uno se detiene, se acalla por dentro y escucha con el alma… entonces llega Él.

El P. Luis nos habló al corazón. No con teorías, sino con verdad. De esa que remueve, sana y transforma. Nos ayudó a mirar hacia dentro, a reconocer nuestras huidas, nuestras decepciones, nuestras historias mal cerradas… y allí, en lo más hondo, apareció la misericordia. Como una presencia real, cercana, entrañable. Jesús se nos acercó como peregrino y, paso a paso, palabra a palabra, fue abriéndose camino hasta quedarse.

“Quédate con nosotros”, le dijimos. Porque atardecía en muchas de nuestras almas. Porque cuando Él está, hasta la noche tiene luz. Porque su compañía no se impone, pero lo cambia todo. Y se quedó. Se quedó en la Palabra compartida, en la Eucaristía, en el silencio cargado de sentido, en las miradas de los hermanos, en los testimonios que devolvían aliento y ganas de seguir caminando.

Hubo un momento en que todo se volvió claro. No porque la vida haya cambiado de repente, sino porque algo cambió en nosotros. El pan partido, la mesa compartida, la certeza de que Él toma nuestra historia —por rota que esté—, la bendice, la sana y nos la entrega de nuevo. Desde ahí, desde esa intimidad que sólo se vive con Jesús, comprendimos que la esperanza no se busca fuera: nace dentro, arde por dentro y se contagia.

A los que no pudisteis venir, sólo puedo deciros esto: os echamos de menos. Porque lo vivido no se puede explicar, pero sí se puede intuir cuando ves un rostro que ha sido tocado por Dios. Ojalá la próxima vez os animéis. Ojalá sintáis que vale la pena detenerse, dejarse alcanzar, permitir que Jesús vuelva a tomaros de la mano. Porque la esperanza no se enseña, se contagia. Y nosotros hemos sido contagiados.

Salimos distintos. No mejores, pero sí más vivos. Con los ojos abiertos y el corazón encendido. Con la certeza de que hay que volver a Jerusalén, allí donde nos dolió, pero ya no desde el miedo, sino desde la fe. Él vive. Y nos espera en cada paso. Porque, aunque sea de noche… Él está. Siempre.

 

Leer Más »

Buscar en la web:



Acepto la Política de Privacidad