El camino que comenzó afinando el oído y que después descendió al corazón, ahora nos lleva al lugar donde se concentra nuestra energía más profunda. Amar a Dios con todas las fuerzas significa orientar el deseo, dirigir la sed, reconocer qué es lo que realmente mueve nuestra vida. Las fuerzas hablan de aquello que nos impulsa, de lo que buscamos cuando nadie nos ve, de la fuente a la que acudimos cuando sentimos cansancio o vacío.
La sed que revela nuestra fuerza interior
En el Evangelio contemplamos a una mujer que acude al pozo a la hora más dura del día. Lleva su cántaro, lleva su historia, lleva una sed que no se reduce al agua. También nosotros acudimos cada día a nuestros pozos, buscando algo que sacie, algo que sostenga, algo que dé sentido. Amar a Dios con todas las fuerzas comienza cuando reconocemos esa sed profunda y dejamos de ocultarla. La fuerza interior no está en aparentar plenitud, está en aceptar la propia necesidad y permitir que el Señor la toque. Allí donde se orienta nuestra sed, allí se orienta nuestra vida.
Un deseo que aprende a dirigirse
Jesús no condena la sed de aquella mujer; la conduce. Le habla de un agua capaz de brotar desde dentro, de una fuente que no depende de circunstancias externas. Amar con todas las fuerzas significa dejar que el deseo sea purificado, que deje de dispersarse en búsquedas que prometen alivio momentáneo y aprenda a dirigirse hacia lo que verdaderamente da vida. La Cuaresma nos ofrece este espacio de verdad: revisar a qué dedicamos nuestras energías, qué alimenta nuestro interior, qué nos vacía y qué nos fortalece. Cuando el deseo encuentra su fuente verdadera, la fuerza deja de desgastarse y empieza a fecundar.
Una energía que se transforma en misión
La mujer que llega sola al pozo regresa distinta. Su encuentro se convierte en impulso, su sed saciada se vuelve anuncio. Amar a Dios con todas las fuerzas transforma la energía en entrega. Lo que antes estaba concentrado en la propia necesidad se abre ahora a los demás. La fuerza que nace del encuentro no oprime, no exige, no se impone; se expande con naturalidad. Así también nosotros, cuando dejamos que el Señor toque nuestra sed más profunda, comenzamos a vivir con una vitalidad nueva, más libre, más orientada, más fecunda.
La Cuaresma sigue avanzando hacia una integración mayor: Hemos aprendido a escuchar, hemos ofrecido el corazón, y ahora permitimos que nuestras fuerzas encuentren su dirección. Cuando la sed se orienta hacia la fuente verdadera, la vida entera se reorganiza. Amar a Dios con todas las fuerzas se convierte entonces en un acto cotidiano y concreto: buscarle allí donde sabemos que el agua es viva y dejar que desde dentro brote una energía que renueva nuestra manera de vivir.
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