Caminando juntos… en la fe, con esperanza, desde el amor… como comunidad parroquial

Los martes del curso 2025-2026, continuando con el proyecto que iniciamos el curso pasado, publicaremos una entrada que podría fomentar la reflexión y el crecimiento de nuestra vida espiritual, ayudando a mantenerla viva en el día a día:

Trabajar también es amar

Cuando pensamos en el trabajo, a veces lo reducimos a horarios, tareas o resultados. Sin embargo, desde la fe descubrimos una profundidad mayor: el trabajo como lugar donde la vida se entrega y el amor se hace concreto. Cada jornada ofrece un espacio real para encarnar el Evangelio, para cuidar, construir y sostener la esperanza de otros. Allí, en lo cotidiano, Dios sale a nuestro encuentro y nos confía una misión sencilla y grande a la vez.

La dignidad que brota de nuestras manos

El trabajo habla de quiénes somos y de la huella que dejamos. En el relato de la creación, Dios trabaja y confía al ser humano el cuidado del mundo. Esa confianza permanece viva hoy. Trabajar revela la dignidad recibida y compartida, porque cada gesto honesto dignifica a quien lo realiza y a quien lo recibe. Desde una mesa de oficina hasta un taller, un aula o una cocina, nuestras manos participan de la obra creadora de Dios. San Pablo lo expresa con claridad: “Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Col 3,23). Vivir así transforma la rutina en ofrenda y la profesión en vocación.

La fe que se encarna en decisiones y gestos

La fe cristiana busca carne y vida. El trabajo ofrece un terreno privilegiado para encarnarla, porque cada decisión cotidiana implica valores, prioridades y cuidado de personas concretas. La manera de tratar a un compañero, la responsabilidad ante una tarea, la honestidad en una gestión, el respeto por el tiempo ajeno, todo ello habla de lo que creemos. El Evangelio se vuelve visible cuando elegimos servir con coherencia, cuando ponemos el bien común en el centro y cuando cuidamos la justicia con delicadeza. Allí, sin discursos grandilocuentes, Cristo se hace presente y cercano.

La vocación profesional como camino de amor y sentido

Cada persona recibe talentos únicos y un modo propio de ofrecerlos. La vocación profesional aparece como camino de amor, entrega y sentido, un itinerario donde el corazón aprende a darse. Amar a través del trabajo significa ofrecer lo mejor, crecer en competencia, buscar la excelencia con humildad y dejar espacio para la gratitud. El cansancio encuentra descanso cuando se vive con propósito, y el esfuerzo se ilumina al saberse fecundo para otros. En comunidad aprendemos a reconocer este valor, a agradecer el servicio silencioso y a sostenernos mutuamente en la misión compartida.

Hoy renovamos la mirada y el deseo. Pedimos la gracia de vivir el trabajo como oración prolongada, como gesto de hospitalidad y como semilla de Reino. Que cada jornada nos encuentre disponibles, atentos y alegres, sabiendo que trabajar también es amar, y que ese amor transforma el mundo desde dentro.