Hay días en los que la Iglesia se vuelve hogar visible, rostro cercano, abrazo de Dios en medio de su pueblo. Días en los que sentimos, con una claridad serena, que el Señor sigue llamando por el nombre, sigue despertando corazones, sigue abriendo caminos de vida nueva. Hoy hemos vivido uno de esos momentos que quedan grabados por dentro: la celebración compartida de los sacramentos de iniciación cristiana para adultos, vivida junto a nuestras parroquias hermanas del arciprestazgo de Cerceda-Matalpino, Guadarrama y Villalba.

Nos reunimos como comunidad que camina, como familia creyente que acompaña, como Iglesia que engendra hijos para la fe. Bautismo, Confirmación y Primera Comunión se entrelazan como un mismo río de gracia, como una misma promesa que se cumple en lo concreto: Dios sale al encuentro, Dios sostiene, Dios consagra una historia. Cada adulto que se acerca a la fuente bautismal trae consigo un camino recorrido, preguntas, búsquedas, heridas y luz; y el Señor, con paciencia infinita, lo recibe todo y lo transforma en comienzo.

El Bautismo se convierte en nacimiento espiritual, en pertenencia profunda, en ese instante donde el corazón comprende que la fe siempre es don antes que esfuerzo. La Confirmación enciende el fuego del Espíritu como fuerza para vivir, para testimoniar, para permanecer firmes en medio del mundo. La Eucaristía culmina como mesa abierta, como alimento de comunión, como presencia real que nos une y nos envía. En cada gesto, en cada palabra litúrgica, se nos recuerda que la vida cristiana es una historia de amor que se hace cuerpo, comunidad, misión.

Damos gracias por la presencia de nuestro Vicario Episcopal, D. Jesús Alemany, quien ha presidido esta celebración como signo de la Iglesia diocesana que acompaña y confirma. Damos gracias por quienes han servido con corazón de pastores, el padre Luis Murillo de Villalba y el padre Jesús Cuenllas de Cerceda-Matalpino, porque en su ministerio reconocemos la ternura de Cristo que guía a su pueblo.

Hoy sentimos esperanza. Vemos que la fe sigue brotando en la edad adulta como una semilla que despierta a su hora. Vemos que la Iglesia sigue siendo madre, sigue acogiendo, sigue formando, sigue celebrando la vida nueva. Caminemos juntos, con gratitud y alegría, porque cada sacramento recibido es una puerta abierta hacia la plenitud, y cada comunidad que celebra unida se convierte en anuncio vivo del Evangelio.

Puedes ver algunas fotos de la ceremonia en nuestro album de Flickr: