Al comenzar esta primera semana de Cuaresma, el camino ya está abierto y el corazón ha sido marcado por un deseo más hondo que cualquier propósito externo. Ahora se nos invita a entrar con mayor conciencia en lo esencial, allí donde el amor empieza a tomar forma verdadera. La palabra que sostiene estos días es clara y antigua, tan antigua como el primer latido de la fe: escucha. Antes de hacer, antes de decidir, antes de cambiar nada, el Señor nos conduce a ese espacio interior donde todo se ordena desde dentro. Amarás al Señor tu Dios comienza por permitir que su voz encuentre lugar en nosotros y vuelva a ser criterio de vida.
Afinar el oído del corazón
Escuchar es abrir un espacio real para la Palabra, dejar que nos nombre y nos revele quiénes somos. No se trata de añadir más palabras a las que ya circulan en nuestra mente, sino de crear silencio para que la voz de Dios tenga peso y autoridad. Cuando el oído del corazón se afina, aprendemos a distinguir la verdad que construye de las voces que dispersan. La escucha es un acto de confianza, una decisión humilde de reconocer que necesitamos ser guiados. En esta semana, el amor a Dios se concreta en ese gesto cotidiano y perseverante de reservar tiempo para la Palabra, leerla con calma, dejar que una frase nos acompañe y atraviese la jornada. Desde esa escucha nace una serenidad nueva, una claridad que ilumina lo que parecía confuso y devuelve unidad a lo que estaba fragmentado.
El desierto como lugar de verdad
El Evangelio dominical nos muestra a Jesús en el desierto, sostenido por la Palabra que ha escuchado y acogido. En medio de la prueba, no responde desde el impulso ni desde el orgullo, sino desde la verdad que habita en su interior. El desierto revela lo que ocupa el centro del corazón y a qué voz damos autoridad cuando se presentan promesas atractivas y caminos aparentemente más fáciles. También nosotros atravesamos desiertos cotidianos donde se ponen a prueba nuestras prioridades. En esos momentos, escuchar se convierte en fidelidad, en elección consciente de permanecer en la verdad recibida. Quien permanece en la Palabra descubre una libertad más profunda que cualquier atajo y una firmeza serena que sostiene las decisiones.
Cuando la Palabra ordena la vida
La escucha transforma la manera de vivir. Cuando la Palabra ocupa el centro, el lenguaje se vuelve más limpio, la mirada más atenta, el trato más fraterno. Amar a Dios con todo el corazón significa dejar que su voz modele nuestros gestos concretos, nuestras relaciones y nuestro modo de estar en la comunidad. Esta primera semana nos ofrece la gracia de empezar desde dentro, desde un corazón que aprende a escuchar y, al escuchar, aprende a amar. Así el camino cuaresmal avanza con paso firme, arraigado en una relación viva que sostiene y renueva cada día.
