Avisos

Perdonar no borra, transforma

Caminando juntos… en la fe, con esperanza, desde el amor… como comunidad parroquial

Los martes del curso 2025-2026, continuando con el proyecto que iniciamos el curso pasado, publicaremos una entrada que podría fomentar la reflexión y el crecimiento de nuestra vida espiritual, ayudando a mantenerla viva en el día a día:

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3ª Semana de Cuaresma: Amarás a Dios con todas tus fuerzas

El camino que comenzó afinando el oído y que después descendió al corazón, ahora nos lleva al lugar donde se concentra nuestra energía más profunda. Amar a Dios con todas las fuerzas significa orientar el deseo, dirigir la sed, reconocer qué es lo que realmente mueve nuestra vida. Las fuerzas hablan de aquello que nos impulsa, de lo que buscamos cuando nadie nos ve, de la fuente a la que acudimos cuando sentimos cansancio o vacío.

La sed que revela nuestra fuerza interior

En el Evangelio contemplamos a una mujer que acude al pozo a la hora más dura del día. Lleva su cántaro, lleva su historia, lleva una sed que no se reduce al agua. También nosotros acudimos cada día a nuestros pozos, buscando algo que sacie, algo que sostenga, algo que dé sentido. Amar a Dios con todas las fuerzas comienza cuando reconocemos esa sed profunda y dejamos de ocultarla. La fuerza interior no está en aparentar plenitud, está en aceptar la propia necesidad y permitir que el Señor la toque. Allí donde se orienta nuestra sed, allí se orienta nuestra vida.

Un deseo que aprende a dirigirse

Jesús no condena la sed de aquella mujer; la conduce. Le habla de un agua capaz de brotar desde dentro, de una fuente que no depende de circunstancias externas. Amar con todas las fuerzas significa dejar que el deseo sea purificado, que deje de dispersarse en búsquedas que prometen alivio momentáneo y aprenda a dirigirse hacia lo que verdaderamente da vida. La Cuaresma nos ofrece este espacio de verdad: revisar a qué dedicamos nuestras energías, qué alimenta nuestro interior, qué nos vacía y qué nos fortalece. Cuando el deseo encuentra su fuente verdadera, la fuerza deja de desgastarse y empieza a fecundar.

Una energía que se transforma en misión

La mujer que llega sola al pozo regresa distinta. Su encuentro se convierte en impulso, su sed saciada se vuelve anuncio. Amar a Dios con todas las fuerzas transforma la energía en entrega. Lo que antes estaba concentrado en la propia necesidad se abre ahora a los demás. La fuerza que nace del encuentro no oprime, no exige, no se impone; se expande con naturalidad. Así también nosotros, cuando dejamos que el Señor toque nuestra sed más profunda, comenzamos a vivir con una vitalidad nueva, más libre, más orientada, más fecunda.

La Cuaresma sigue avanzando hacia una integración mayor: Hemos aprendido a escuchar, hemos ofrecido el corazón, y ahora permitimos que nuestras fuerzas encuentren su dirección. Cuando la sed se orienta hacia la fuente verdadera, la vida entera se reorganiza. Amar a Dios con todas las fuerzas se convierte entonces en un acto cotidiano y concreto: buscarle allí donde sabemos que el agua es viva y dejar que desde dentro brote una energía que renueva nuestra manera de vivir.

 

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El cardenal José Cobo visita la parroquia Santísima Trinidad de Collado Villalba

Este tercer domingo de Cuaresma la parroquia de la Santísima Trinidad de Collado Villalba vivió un momento especial de comunión eclesial con la visita del arzobispo de Madrid, el cardenal José Cobo. La celebración reunió a la comunidad parroquial en torno a la Eucaristía con esa conciencia serena que nace cuando una Iglesia concreta reconoce que forma parte de algo más grande: el pueblo de Dios que camina sostenido por el Espíritu.

Desde el comienzo, el cardenal quiso agradecer la vida que late en esta comunidad. Ante los miembros del consejo parroquial, los sacerdotes que acompañan pastoralmente la zona y tantos fieles que sostienen la misión cotidiana de la parroquia, expresó una gratitud sencilla y profunda por la tarea que realizan. Recordó que la Iglesia también se reconoce aquí, en esta comunidad concreta, donde la Palabra se transmite, la esperanza se mantiene viva y muchas personas encuentran un lugar donde su vida puede ser acogida.

Su mirada se abrió enseguida hacia el barrio y hacia quienes viven en él. La Iglesia, recordó, mira siempre también a los vecinos y vecinas, porque existe algo que todos compartimos profundamente: todos tenemos sed. Sed de compañía, sed de sentido, sed de una vida que llene el corazón.

El Evangelio proclamado ese domingo ofrecía la clave para comprender esa experiencia humana universal. El encuentro de Jesús con la samaritana junto al pozo habla de un corazón que busca, de una vida que intenta saciar su sed en muchos lugares, hasta que descubre una fuente distinta. En aquella mujer el cardenal reconocía la historia de muchas personas de nuestro tiempo. Personas que sienten una inquietud interior, que perciben una necesidad de sentido, que buscan algo más profundo para su vida.

La cultura actual, señalaba, ofrece muchos lugares donde intentar calmar esa sed. Actividades, proyectos, experiencias que prometen plenitud. Sin embargo, el Evangelio revela una verdad más profunda. El corazón humano encuentra descanso cuando se acerca a la fuente verdadera.

Desde esa escena evangélica surgió una imagen que iluminó toda la celebración. La parroquia como pozo.

Un pozo en medio del pueblo donde el Señor sigue esperando. Un lugar donde las personas pueden detenerse, dialogar, ser escuchadas y comprender lo que ocurre en su vida. Un espacio donde el Evangelio se convierte en encuentro real, en conversación sincera, en camino compartido.

La escena de la samaritana mostraba también algo esencial para este tiempo de Cuaresma. Aquella mujer se atreve a salir, se atreve a hablar, se atreve a dejar que su vida sea interpelada. En ese gesto comienza un camino de transformación. Por eso el cardenal invitó a la comunidad a dar también un paso más en el diálogo con Jesús. Cada domingo puede convertirse en una ocasión para profundizar en esa relación viva con el Señor y descubrir quién es realmente para nuestra vida.

En ese contexto resonó una frase que quedó grabada en la celebración. Jesús tiene sed de nosotros. Sed de nuestra vida, sed de esta parroquia, sed de una comunidad capaz de mostrar su rostro en medio del pueblo.

La Eucaristía reunió así todos los cántaros. Cada persona llegó con su historia, con sus preguntas, con sus heridas y búsquedas. Y en ese encuentro con Cristo aparece siempre una sorpresa. Él acoge nuestra sed y transforma el corazón hasta convertirlo también en fuente.

Por eso la invitación final del cardenal se abrió como una misión para toda la comunidad. Que esta parroquia siga siendo un pozo donde muchos puedan beber. Que cada persona que forma parte de ella se convierta en cántaro que acerca el agua de Jesucristo a quienes viven con sed de sentido.

Así, en medio de Villalba, la parroquia continúa su vocación sencilla y profunda: ser lugar de encuentro, de diálogo y de esperanza, un pozo abierto donde la vida puede encontrar el agua viva que solo Cristo ofrece.

Nota: Fotos de Luis Millán

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Retiro parroquial de Cuaresma: resumen y testimonio

El pasado 7 de marzo la parroquia vivió una jornada de retiro de Cuaresma guiada por nuestro párroco, D. Luis Murillo, bajo el título “Mis tierras prometidas”. A lo largo del día se nos invitó a recorrer un camino interior inspirado en la experiencia bíblica del pueblo de Israel y en distintas escenas del Evangelio, con una pregunta que atravesó toda la reflexión: ¿de qué Egipto quiere sacarme Dios y hacia qué tierra me está conduciendo?

La vida creyente se parece muchas veces a ese itinerario que aparece en la Biblia: salir, atravesar el desierto, caminar entre incertidumbres y promesas. Todos, de una u otra manera, buscamos una “tierra prometida”, un lugar de plenitud o de descanso para el corazón. Sin embargo, el retiro nos ayudó a reconocer que no siempre lo que imaginamos como nuestra tierra prometida coincide con la promesa de Dios.

Abraham y la promesa: salir porque Dios llama

El primer momento del retiro nos llevó a contemplar la figura de Abraham, llamado por Dios a abandonar su tierra sin saber con exactitud a dónde sería conducido. Abraham se pone en camino confiando únicamente en la palabra que ha escuchado. No dispone de seguridades ni de un plan perfectamente trazado, pero se fía de la promesa. Su historia recuerda que hay salidas que nacen de una llamada y otras que nacen solo del impulso personal. Externamente pueden parecer decisiones parecidas, pero la raíz es distinta: en un caso el camino se apoya en la confianza en Dios, y en el otro en la autosuficiencia.

En busca de la herencia: cuando uno sale buscándose a sí mismo

El segundo momento del retiro se centró en la parábola del hijo pródigo, donde también aparece una salida, aunque de signo muy diferente. El hijo pide su herencia y se marcha convencido de que la libertad consiste en vivir lejos del padre. Sin embargo, el Evangelio muestra cómo esa búsqueda acaba conduciéndolo al vacío. A partir de esta escena surgió una reflexión muy cercana a la experiencia humana: muchas veces perseguimos nuestras propias “tierras prometidas”, proyectos o metas que creemos que nos darán plenitud, pero que en realidad pueden convertirse en espejismos cuando nacen de heridas interiores o de deseos de afirmación. La parábola, sin embargo, no termina en el fracaso del hijo, sino en la imagen de un Padre que espera y que acoge cuando el camino se reorienta.

La nueva tierra prometida: el Reino de Dios

En el tercer momento la mirada se abrió a la novedad que trae Jesús cuando anuncia que el Reino de Dios está cerca. Con Él, la tierra prometida deja de entenderse solo como un lugar al que llegar y pasa a ser una realidad que comienza dentro del corazón. Allí donde se vive el Evangelio, allí donde se perdona, se sirve, se acoge y se confía en Dios, el Reino empieza a hacerse presente. De este modo la promesa se transforma en una forma de vida donde el centro ya no es uno mismo, sino la presencia de Dios que actúa.

Una promesa que sigue en pie

El retiro concluyó recordando que la promesa de Dios sigue abierta y que nuestro camino continúa. La verdadera tierra prometida comienza allí donde el corazón aprende a decir, con sencillez y confianza: “Reina Tú, Señor”.

Compartimos también este testimonio:

Este sábado fui al retiro de Cuaresma. Cada año lo espero con muchas ganas, con ese deseo de dejarme llenar de nuevo por Dios, de encontrar lo que mi corazón necesita para seguir adelante. Pensé que sería un día más, pero no… fue un día distinto, un día en el que sentí que el Señor me hablaba directamente al corazón.
El P. Luis nos habló de “Mis tierras prometidas”, y desde ese momento sentí que Dios me invitaba a comenzar de nuevo mi camino esta Cuaresma. Me di cuenta de que mi búsqueda no va tanto hacia lo que yo quiero alcanzar, sino hacia lo que Dios me promete. Y entendí que, aunque a veces me desvío, Él nunca deja de acompañarme. Es como ese GPS paciente que recalcula mi rumbo cada vez que me pierdo. En ese rato de silencio que tuvimos después, me paré a pensar en los altares que puedo levantar hoy como signo de gratitud: personas, momentos, detalles por los que dar gracias. Al ponerles nombre, me di cuenta de cuánto me ha cuidado Dios, incluso en los días más grises.
En el segundo momento del retiro, reflexionamos sobre si vivo como Abraham, que dice “hagamos”, o como el hijo pródigo, que dice “hago”. De ahí me quedé con dos palabras que me siguen resonando: suelo y mirada. Suelo, para no perder contacto con lo que soy y con la realidad. Mirada, para no quedarme encerrada en mí, sino mirar hacia el Señor, hacia ese horizonte que no deja de esperarme. Otra vez sentí que siempre hay un Padre que me ve venir y sale a mi encuentro… y eso me conmovió profundamente.
Después de compartir la comida y reír un rato con los demás, tuvimos el tercer momento. Allí sentí algo muy fuerte: que el Reino de Dios no está lejos ni es algo que tengo que alcanzar, sino que ya está dentro de mí. Que no soy yo quien gobierna mi vida, sino el Señor, si lo dejo entrar. Sentí paz, y una confianza muy grande.
Terminamos el día con una Eucaristía compartida. Fue el mejor cierre posible, mirar alrededor y ver a la comunidad reunida, sentirnos uno, y reconocer al Señor presente en cada gesto, en ese Pan que nos une. En ese momento comprendí que la Tierra Prometida no está al final del camino, sino que empieza cuando dejo a Dios caminar conmigo.

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Esta semana os recordamos..

Este domingo 8 de Marzo, tenemos la visita del Sr. Cardenal D. José Cobo, Arzobispo de Madrid, quien vendrá a presidir la Eucaristía de las 12.00 h para compartir la fe con nuestro pueblo.

Próximo jueves 12 tenemos acto penitencial de Cuaresma a las 19,45 en el templo. Es una buena oportunidad para recibir el sacramento de la reconciliación en el tiempo de Cuaresma (este jueves no habrá exposición del santísimo)

El viernes día 13 de marzo tenemos Viacrucis a las 18.00 en el templo.

Por cuaresma iniciamos la campaña de ayuda a Cáritas: Necesitamos Leche, aceite, cacao, azúcar, harina y potitos. Tenéis en la mesita del fondo la lista de los artículos para traer. Recogida en los despachos de 10-13h. o de 17-20h y en el templo, antes y después de las misas.

Como parroquia estamos organizando una Peregrinación “San Pablo y los orígenes del Cristianismo en Turquia”. (Turquía) del 17 al 25 de junio. Como guía espiritual irá el P. Luis Murillo (párroco). Las personas interesadas, pueden anotarse en la sacristía antes del 31 de marzo.

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Primer viernes de mes: El Corazón de Jesús late donde alguien cuida

El Papa Francisco nos dejó un regalo inesperado en octubre de 2024: una encíclica entera dedicada al Corazón de Jesús, la llamó Dilexit nos, que significa, sencillamente, «Nos amó». La escribió mirando un mundo sacudido por guerras, por fracturas sociales, por una humanidad que parece haber perdido el hilo que la une a sí misma, y dijo que lo único capaz de sanarla es volver al corazón, al corazón de Cristo, que late sin parar por cada uno de nosotros. Hoy, primer viernes de mes en el que la tradición cristiana vuelve su mirada hacia el Sagrado Corazón de Jesús, sus palabras resuenan con una fuerza que casi duele de tan verdadera.

Un corazón que no mira desde lejos

Hay algo que nos cuesta creer, y es que ese corazón no late desde la distancia. Jesús conoce el nombre de cada persona que padece algún tipo de enfermedad. Conoce el peso de los duelos que se cargan en silencio, la oscuridad de quien piensa que ya no hay salida, el cansancio lento de la vejez, el ruido sordo de las guerras que no cesan, el miedo de quien huye y la soledad de quien se queda. Su corazón late exactamente en esa frecuencia, la frecuencia de la herida, porque fue herido, porque lleva en el costado la marca de lo que cuesta amar de verdad. Y esa herida, lejos de cerrarse, sigue siendo la puerta por donde entra quien necesita refugio.

Donde hay cuidado, late su corazón

Hoy queremos decirte algo que quizás necesitas escuchar: el Sagrado Corazón de Jesús late donde una mano sostiene a otra. Late en la enfermera que se sienta un momento junto a quien está solo. Late en quien acompaña a su madre con demencia sin perder la ternura. Late en la persona que escucha de verdad, sin mirar el reloj, sin buscar la respuesta rápida. Late en el voluntario que reparte no solo comida, sino mirada. Late en el padre que abraza sin preguntar y en el amigo que llama justo cuando más se le necesitaba. Late en cada agente de pastoral de la salud que visita a las personas que lo solicitan en la parroquia. Ahí está Cristo. No como imagen en un cuadro, sino como presencia viva en cada gesto que humaniza.

Amarle es dejarse amar

El Papa Francisco en Dilexit nos, nos invitaba a volver al corazón, al propio y al de Cristo, como quien vuelve a casa después de haber estado demasiado tiempo corriendo por la superficie de la vida. El corazón de Jesús nos precede siempre: nos amó antes de que supiéramos que necesitábamos ser amados, antes de que tuviéramos méritos, antes incluso de que lo buscáramos. Y su amor no es el amor que premia, es el amor que sana, el que entra por las grietas y hace de ellas el lugar más iluminado de la historia.

En este primer viernes de mes, quizás la oración más sencilla sea también la más profunda: «Aquí estoy, con todo lo que soy y con todo lo que me pesa. Ámame tú, que yo solo no llego». Y en ese silencio, descubrir que su corazón ya llevaba latiendo por nosotros mucho antes de que lo pidiéramos.

 

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Mini-Caminata Cofradía de Santiago y Postcomunión

El sábado 28 de febrero nos regaló una mañana luminosa, de esas que invitan a salir y ponerse en camino. Era el día de la Mini-Caminata que la Cofradía habíamos organizado con los Grupos de Postcomunión. Queríamos que fuera un primer encuentro sencillo: presentarnos, explicar qué es la Cofradía, acercarles al patrón de Villalba y de España, el Apóstol Santiago, y recorrer algunos rincones significativos de nuestro pueblo.

Nos reunimos en la Rotonda del cruceiro. Allí nos detuvimos para hablar del sentido de esta pieza tan nuestra, de su origen y de lo que representa. Después comenzamos a caminar por las calles de Villalba. No era solo un paseo; tenía algo de símbolo, de recordatorio de que la fe también es camino, proceso, descubrimiento.

La siguiente parada fue la Ermita de Santiago Apóstol. Antes de cruzar la puerta, observamos la espadaña y los signos vinculados a Santiago que ya llaman la atención desde fuera. Luego entramos. Las expresiones lo decían todo: quienes no la conocían quedaron sorprendidos. Es uno de esos lugares que, al atravesar el umbral, cambia la percepción.

Dentro fuimos recorriendo las distintas partes del templo y, a partir de ellas, surgieron conversaciones sobre los sacramentos, sobre las imágenes de los santos presentes y sobre los signos propios del Camino y del apóstol Santiago. Todo fue fluyendo con naturalidad, entre preguntas, comentarios y alguna que otra curiosidad inesperada.

La mañana transcurrió con un ambiente cercano y participativo. Aprendimos juntos, sin prisas, dejando espacio para la sorpresa y para el diálogo.

Por ciertohay 34, no 36… ¡39 cruces de Santiago! ¿Tiene o no tiene ojos? Jajaja… Si no estuviste, te tocará venir la próxima vez para entenderlo.

Gracias a los chavales, a los catequistas y a los cofrades por hacerlo posible.

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Peregrinación Cuaresmal de Confirmación a Los Molinos

El sábado 28 de febrero hemos vivido una jornada muy especial junto a los catecúmenos de confirmación, nuestros catequistas y el P. Adrián.

Madrugamos para subir al tren rumbo a Los Molinos, con la ilusión de compartir un día distinto, un día esperado que, sin duda, ha merecido la pena. Comenzamos rezando Laudes, uniéndonos en oración a toda la Iglesia. Desde la pequeña ermita del pueblo iniciamos nuestro camino: el comienzo de una peregrinación que nos recordó una verdad sencilla y profunda a la vez. Dios desea siempre perdonarnos, porque nos quiere felices; el pecado, en cambio, nos aparta de esa felicidad.

Durante el trayecto hicimos examen de conciencia. Nos pusimos ante el Señor con humildad, reconocimos nuestras faltas, pedimos perdón y renovamos el deseo de vivir más cerca de Él. En silencio seguimos caminando hasta llegar al Asilo de las Hermanitas de los Pobres.

Allí, recorriendo el Vía Crucis y acompañando a Jesús en su camino hacia el Calvario, tuvimos también la oportunidad de confesarnos. Fue un momento de encuentro profundo, de reconciliación serena y de paz verdadera.

Después celebramos juntos la Eucaristía, fuente de fortaleza y esperanza. En ella se nos habló del amor auténtico: el que se entrega, el que se dona sin medida, el que es capaz de dar la vida por los demás. Compartimos la mesa y la alegría de sabernos familia en la fe. Al final de la mañana, las Hermanitas de los Pobres nos regalaron su testimonio. Sus palabras, su entrega y su sonrisa se convirtieron en una lección viva del amor de Dios hecho servicio. Les agradecemos su acogida, haber abierto las puertas de su casa y mostrarnos que la santidad cotidiana se construye amando.

De regreso al tren, con el cansancio en los pies y el alma llena, comprendimos que este camino no lo habíamos recorrido solo con las piernas, sino también con el corazón. Fue un día para apartarnos del ruido y volver a lo esencial; una ocasión para redescubrir que Dios camina con nosotros y que la fe crece cuando se comparte.

Gracias a los catecúmenos, a los catequistas, al P. Adrián, a las Hermanitas de los Pobres y a toda la comunidad parroquial que nos sostiene con su oración. Y, sobre todo, gracias a Dios, que nunca deja de ponerse en camino con nosotros.

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Dios también habla cuando callas

Caminando juntos… en la fe, con esperanza, desde el amor… como comunidad parroquial

Los martes del curso 2025-2026, continuando con el proyecto que iniciamos el curso pasado, publicaremos una entrada que podría fomentar la reflexión y el crecimiento de nuestra vida espiritual, ayudando a mantenerla viva en el día a día:

Dios también habla cuando callas

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2ª semana de Cuaresma: Amarás a Dios con todo tu corazón

Después de haber aprendido a escuchar, ahora el camino nos conduce paso a paso hacia el centro de nosotros mismos. Después de aprender a escuchar, el camino se vuelve más íntimo y más exigente. El amor ya no se sitúa solo en la atención, sino en la entrega. El Señor no pide una parte, pide el corazón entero, ese espacio donde se entrelazan deseos, miedos, búsquedas y fidelidades. Amar con todo el corazón es permitir que Dios habite el núcleo de nuestra vida y lo unifique desde dentro.

Un corazón reunido

El corazón humano se dispersa con facilidad. Se reparte entre ocupaciones, expectativas, afectos, proyectos que compiten entre sí. Vivimos muchas veces fragmentados, con partes de nosotros orientadas en direcciones distintas. Amar a Dios con todo el corazón significa reunir lo disperso, dejar de vivir divididos. No se trata de intensificar actividades o emociones religiosas, sino de orientar todo lo que somos hacia una misma fuente. Cuando el corazón encuentra un centro, aparece una paz profunda, una coherencia que se percibe incluso en lo pequeño, en la forma de decidir, en el modo de responder, en la manera de mirar.

La luz que revela lo que somos

El Evangelio dominical nos muestra a Jesús en el monte, envuelto en una luz que no es espectáculo, sino revelación. Por un instante, los discípulos contemplan la verdad escondida. También nuestro corazón necesita ser iluminado para reconocerse. Amar con todo el corazón implica dejar que esa luz atraviese nuestras zonas más vulnerables, que toque nuestras ambiciones, nuestras heridas, nuestros apegos. No para humillarnos, sino para purificarnos. Cuando la luz entra, el deseo se transforma y aprende a buscar lo que permanece. Se despierta una fidelidad nueva, más consciente, menos dependiente de circunstancias cambiantes.

Un amor que se vuelve coherencia

El corazón entregado empieza a vivir de otra manera. La oración deja de ser obligación y se convierte en encuentro esperado. La comunidad deja de ser entorno y se convierte en casa. El servicio deja de ser tarea y se convierte en expresión natural de una interioridad habitada. Amar con todo el corazón significa vivir sin doblez, con una unidad que da solidez a cada gesto. Esta semana puede ser ocasión para preguntarnos qué ocupa realmente el centro, qué necesita ser recolocado, qué parte del corazón aún guarda reservas. Ofrecerlo con sencillez es ya comenzar a amar de verdad.

La Cuaresma avanza hacia una transformación que no es superficial. Cuando el corazón se entrega sin fragmentarse, empieza a latir con una cadencia distinta, más libre, más firme, más confiada. Y desde ahí, el amor deja de ser discurso y se convierte en vida.

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