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Tu fragilidad también puede ser fecunda

Caminando juntos… en la fe, con esperanza, desde el amor… como comunidad parroquial

Los martes del curso 2025-2026, continuando con el proyecto que iniciamos el curso pasado, publicaremos una entrada que podría fomentar la reflexión y el crecimiento de nuestra vida espiritual, ayudando a mantenerla viva en el día a día:

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4ª Semana de Cuaresma: Amarás a tu prójimo

El camino cuaresmal nos ha ido conduciendo hacia dentro: escuchar, unificar el corazón, orientar nuestras fuerzas. Ahora el amor se despliega hacia fuera y encuentra su verificación en el rostro concreto del otro. Amar al prójimo es la consecuencia natural de un corazón que ha sido tocado por Dios. Si la fe ha transformado nuestra interioridad, necesariamente transformará nuestra manera de mirar y de relacionarnos. La Cuaresma madura cuando el amor deja de ser experiencia privada y se convierte en comunión visible.

Una mirada que aprende a ver

El Evangelio nos presenta a un hombre que vivía a la vista de todos y, sin embargo, permanecía invisible en su dignidad. Su ceguera lo había reducido a una etiqueta. Jesús se detiene y lo mira de otra manera. Antes incluso de devolverle la vista, lo reconoce. Amar al prójimo comienza en esa decisión silenciosa de no reducir al otro a su límite, de no encerrarlo en su historia pasada. Mirar con la luz de Cristo significa reconocer en cada persona una vida llamada, una promesa en proceso, una historia que merece respeto.

Dejar que la luz sane nuestros ojos

A lo largo del relato aparecen voces que opinan, juzgan y se aferran a sus seguridades. También nosotros podemos mirar desde esquemas rígidos que tranquilizan nuestra conciencia. Amar al prójimo implica permitir que el Señor ilumine nuestras sombras, que revele nuestros prejuicios y nos conceda una mirada más limpia. No basta con hacer gestos externos si el interior permanece cerrado. La luz que sana al otro también quiere sanar nuestra forma de mirar, para que aprendamos a situarnos ante cada persona desde la compasión y la verdad.

Un amor que construye comunión

El hombre que recobra la vista inicia un camino nuevo, y su historia ya no es la misma. La luz no solo transforma su condición, transforma su lugar en la comunidad. Amar al prójimo es crear espacios donde cada uno pueda levantarse y ocupar su sitio con dignidad. Es acompañar procesos, sostener búsquedas, confiar en la acción de Dios en la vida del otro. Cuando la fe se hace relación concreta, la comunidad se vuelve hogar y la Cuaresma alcanza su sentido más profundo.

Como podéis observar, lo que comenzó como escucha y se convirtió en entrega del corazón y de las fuerzas, ahora se manifiesta en la mirada y en el trato. Amar al prójimo es dejar que la luz recibida se refleje en nuestros vínculos, hasta que cada encuentro cotidiano se convierta en lugar donde Dios sigue actuando.

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Esta semana os recordamos..

El jueves día 19 es la festividad de San José y como es día laborable las misas serán a las 9.30 y a las 19.00.

El viernes día 20 de marzo tenemos Viacrucis a las 18.00 en el templo.

Próximo domingo día 22 es el día del Seminario. La colecta será para ayudar a las nuevas vocaciones sacerdotales de la diócesis.

Por cuaresma iniciamos la campaña de ayuda a Cáritas: Necesitamos Leche, aceite, cacao, azúcar, harina y potitos. Tenéis en la mesita del fondo la lista de los artículos para traer. Recogida en los despachos de 10-13h. o de 17-20h y en el templo, antes y después de las misas.

Como parroquia estamos organizando una Peregrinación “San Pablo y los orígenes del Cristianismo en Turquía”. (Turquía) del 17 al 25 de junio. Como guía espiritual irá el P. Luis Murillo (párroco). Las personas interesadas, pueden anotarse en la sacristía antes del 31 de marzo.

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Sé parte de la Visita del Papa León XIV a Madrid

El arzobispado de Madrid ha habilitado la plataforma para participar en la visita del Papa León XIV. Parroquias, instituciones, familias y voluntarios podrán registrarse para colaborar en la acogida de peregrinos.

Si eres de Madrid, puedes participar activamente en esta visita tan especial. Podrás colaborar de distintas maneras: ofreciendo tu tiempo como voluntario, tanto en los trabajos de preparación como en las tareas de apoyo durante los actos, y ofreciendo tu casa para la acogida de personas que vengan desde distintos puntos de España.

Cronograma

  • 10–30 marzo: registro de parroquias y entidades religiosas
  • 17 marzo–17 abril: inscripción para ofrecer acogida
  • 24 marzo–17 abril: inscripción de voluntariado
  • Desde el 6 de abril: inscripciones para celebraciones y solicitar acogida

Toda la información y formularios: madrid.conelpapa.es

«No olvidéis la hospitalidad: por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles» (Hb 13,2)

Difunde y anima a participar. ¡Madrid se prepara para acoger!

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24 horas para el Señor: un tiempo para orar por la paz

Los próximos 13 y 14 de marzo la Iglesia celebra la iniciativa «24 horas para el Señor», un tiempo especial de oración que se vive en muchas parroquias durante la Cuaresma.

Este año la Conferencia Episcopal Española nos invita a vivir estas horas de oración pidiendo especialmente por la paz, uniéndonos a la intención del papa León XIV, que durante este mes nos anima a rezar por el desarme y la paz en el mundo.

La realidad de tantas guerras nos recuerda cuánto necesitamos volver el corazón a Dios y pedirle el don de una paz verdadera, una paz que nazca del respeto a la vida, de la justicia y del diálogo entre los pueblos.

Por eso, durante estos días queremos animaros a todos a dedicar un momento a la oración.

Quizá en la iglesia cuando tengas ocasión de pasar, quizá en casa, quizá en medio del silencio de un momento sencillo del día.

A veces unos minutos ante el Señor bastan para volver a colocar la vida en su sitio.

En estos días de Cuaresma, cada gesto de oración es también una forma concreta de pedir a Dios el don de la paz para el mundo.

Oración del papa León XIV

Señor de la Vida, que moldeaste a cada ser humano a tu imagen y semejanza, creemos que nos creaste para la comunión, no para la guerra, para la fraternidad, no para la destrucción.

Tú que saludaste a tus discípulos diciendo: «La paz esté con vosotros», concédenos el don de tu paz y la fortaleza para hacerla realidad en la historia. Hoy elevamos nuestra súplica por la paz en el mundo, rogando que las naciones renuncien a las armas y elijan el camino del diálogo y la diplomacia.

Desarma nuestros corazones del odio, el rencor y la indiferencia, para que podamos ser instrumentos de reconciliación. Ayúdanos a comprender que la verdadera seguridad no nace del control que alimenta el miedo, sino de la confianza, la justicia y la solidaridad entre los pueblos.

Señor, ilumina a los líderes de las naciones, para que tengan la valentía de abandonar proyectos de muerte, detener la carrera armamentista, y poner en el centro la vida de los más vulnerables.

Que nunca más la amenaza nuclear condicione el futuro de la humanidad. Espíritu Santo, haz de nosotros constructores fieles y creativos de paz cotidiana: en nuestro corazón, nuestras familias, nuestras comunidades y nuestras ciudades.

Que cada palabra amable, cada gesto de reconciliación y cada decisión de diálogo sean semillas de un mundo nuevo. Amén

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Perdonar no borra, transforma

Caminando juntos… en la fe, con esperanza, desde el amor… como comunidad parroquial

Los martes del curso 2025-2026, continuando con el proyecto que iniciamos el curso pasado, publicaremos una entrada que podría fomentar la reflexión y el crecimiento de nuestra vida espiritual, ayudando a mantenerla viva en el día a día:

Perdonar no borra, transforma

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3ª Semana de Cuaresma: Amarás a Dios con todas tus fuerzas

El camino que comenzó afinando el oído y que después descendió al corazón, ahora nos lleva al lugar donde se concentra nuestra energía más profunda. Amar a Dios con todas las fuerzas significa orientar el deseo, dirigir la sed, reconocer qué es lo que realmente mueve nuestra vida. Las fuerzas hablan de aquello que nos impulsa, de lo que buscamos cuando nadie nos ve, de la fuente a la que acudimos cuando sentimos cansancio o vacío.

La sed que revela nuestra fuerza interior

En el Evangelio contemplamos a una mujer que acude al pozo a la hora más dura del día. Lleva su cántaro, lleva su historia, lleva una sed que no se reduce al agua. También nosotros acudimos cada día a nuestros pozos, buscando algo que sacie, algo que sostenga, algo que dé sentido. Amar a Dios con todas las fuerzas comienza cuando reconocemos esa sed profunda y dejamos de ocultarla. La fuerza interior no está en aparentar plenitud, está en aceptar la propia necesidad y permitir que el Señor la toque. Allí donde se orienta nuestra sed, allí se orienta nuestra vida.

Un deseo que aprende a dirigirse

Jesús no condena la sed de aquella mujer; la conduce. Le habla de un agua capaz de brotar desde dentro, de una fuente que no depende de circunstancias externas. Amar con todas las fuerzas significa dejar que el deseo sea purificado, que deje de dispersarse en búsquedas que prometen alivio momentáneo y aprenda a dirigirse hacia lo que verdaderamente da vida. La Cuaresma nos ofrece este espacio de verdad: revisar a qué dedicamos nuestras energías, qué alimenta nuestro interior, qué nos vacía y qué nos fortalece. Cuando el deseo encuentra su fuente verdadera, la fuerza deja de desgastarse y empieza a fecundar.

Una energía que se transforma en misión

La mujer que llega sola al pozo regresa distinta. Su encuentro se convierte en impulso, su sed saciada se vuelve anuncio. Amar a Dios con todas las fuerzas transforma la energía en entrega. Lo que antes estaba concentrado en la propia necesidad se abre ahora a los demás. La fuerza que nace del encuentro no oprime, no exige, no se impone; se expande con naturalidad. Así también nosotros, cuando dejamos que el Señor toque nuestra sed más profunda, comenzamos a vivir con una vitalidad nueva, más libre, más orientada, más fecunda.

La Cuaresma sigue avanzando hacia una integración mayor: Hemos aprendido a escuchar, hemos ofrecido el corazón, y ahora permitimos que nuestras fuerzas encuentren su dirección. Cuando la sed se orienta hacia la fuente verdadera, la vida entera se reorganiza. Amar a Dios con todas las fuerzas se convierte entonces en un acto cotidiano y concreto: buscarle allí donde sabemos que el agua es viva y dejar que desde dentro brote una energía que renueva nuestra manera de vivir.

 

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El cardenal José Cobo visita la parroquia Santísima Trinidad de Collado Villalba

Este tercer domingo de Cuaresma la parroquia de la Santísima Trinidad de Collado Villalba vivió un momento especial de comunión eclesial con la visita del arzobispo de Madrid, el cardenal José Cobo. La celebración reunió a la comunidad parroquial en torno a la Eucaristía con esa conciencia serena que nace cuando una Iglesia concreta reconoce que forma parte de algo más grande: el pueblo de Dios que camina sostenido por el Espíritu.

Desde el comienzo, el cardenal quiso agradecer la vida que late en esta comunidad. Ante los miembros del consejo parroquial, los sacerdotes que acompañan pastoralmente la zona y tantos fieles que sostienen la misión cotidiana de la parroquia, expresó una gratitud sencilla y profunda por la tarea que realizan. Recordó que la Iglesia también se reconoce aquí, en esta comunidad concreta, donde la Palabra se transmite, la esperanza se mantiene viva y muchas personas encuentran un lugar donde su vida puede ser acogida.

Su mirada se abrió enseguida hacia el barrio y hacia quienes viven en él. La Iglesia, recordó, mira siempre también a los vecinos y vecinas, porque existe algo que todos compartimos profundamente: todos tenemos sed. Sed de compañía, sed de sentido, sed de una vida que llene el corazón.

El Evangelio proclamado ese domingo ofrecía la clave para comprender esa experiencia humana universal. El encuentro de Jesús con la samaritana junto al pozo habla de un corazón que busca, de una vida que intenta saciar su sed en muchos lugares, hasta que descubre una fuente distinta. En aquella mujer el cardenal reconocía la historia de muchas personas de nuestro tiempo. Personas que sienten una inquietud interior, que perciben una necesidad de sentido, que buscan algo más profundo para su vida.

La cultura actual, señalaba, ofrece muchos lugares donde intentar calmar esa sed. Actividades, proyectos, experiencias que prometen plenitud. Sin embargo, el Evangelio revela una verdad más profunda. El corazón humano encuentra descanso cuando se acerca a la fuente verdadera.

Desde esa escena evangélica surgió una imagen que iluminó toda la celebración. La parroquia como pozo.

Un pozo en medio del pueblo donde el Señor sigue esperando. Un lugar donde las personas pueden detenerse, dialogar, ser escuchadas y comprender lo que ocurre en su vida. Un espacio donde el Evangelio se convierte en encuentro real, en conversación sincera, en camino compartido.

La escena de la samaritana mostraba también algo esencial para este tiempo de Cuaresma. Aquella mujer se atreve a salir, se atreve a hablar, se atreve a dejar que su vida sea interpelada. En ese gesto comienza un camino de transformación. Por eso el cardenal invitó a la comunidad a dar también un paso más en el diálogo con Jesús. Cada domingo puede convertirse en una ocasión para profundizar en esa relación viva con el Señor y descubrir quién es realmente para nuestra vida.

En ese contexto resonó una frase que quedó grabada en la celebración. Jesús tiene sed de nosotros. Sed de nuestra vida, sed de esta parroquia, sed de una comunidad capaz de mostrar su rostro en medio del pueblo.

La Eucaristía reunió así todos los cántaros. Cada persona llegó con su historia, con sus preguntas, con sus heridas y búsquedas. Y en ese encuentro con Cristo aparece siempre una sorpresa. Él acoge nuestra sed y transforma el corazón hasta convertirlo también en fuente.

Por eso la invitación final del cardenal se abrió como una misión para toda la comunidad. Que esta parroquia siga siendo un pozo donde muchos puedan beber. Que cada persona que forma parte de ella se convierta en cántaro que acerca el agua de Jesucristo a quienes viven con sed de sentido.

Así, en medio de Villalba, la parroquia continúa su vocación sencilla y profunda: ser lugar de encuentro, de diálogo y de esperanza, un pozo abierto donde la vida puede encontrar el agua viva que solo Cristo ofrece.

Nota: Fotos de Luis Millán

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Retiro parroquial de Cuaresma: resumen y testimonio

El pasado 7 de marzo la parroquia vivió una jornada de retiro de Cuaresma guiada por nuestro párroco, D. Luis Murillo, bajo el título “Mis tierras prometidas”. A lo largo del día se nos invitó a recorrer un camino interior inspirado en la experiencia bíblica del pueblo de Israel y en distintas escenas del Evangelio, con una pregunta que atravesó toda la reflexión: ¿de qué Egipto quiere sacarme Dios y hacia qué tierra me está conduciendo?

La vida creyente se parece muchas veces a ese itinerario que aparece en la Biblia: salir, atravesar el desierto, caminar entre incertidumbres y promesas. Todos, de una u otra manera, buscamos una “tierra prometida”, un lugar de plenitud o de descanso para el corazón. Sin embargo, el retiro nos ayudó a reconocer que no siempre lo que imaginamos como nuestra tierra prometida coincide con la promesa de Dios.

Abraham y la promesa: salir porque Dios llama

El primer momento del retiro nos llevó a contemplar la figura de Abraham, llamado por Dios a abandonar su tierra sin saber con exactitud a dónde sería conducido. Abraham se pone en camino confiando únicamente en la palabra que ha escuchado. No dispone de seguridades ni de un plan perfectamente trazado, pero se fía de la promesa. Su historia recuerda que hay salidas que nacen de una llamada y otras que nacen solo del impulso personal. Externamente pueden parecer decisiones parecidas, pero la raíz es distinta: en un caso el camino se apoya en la confianza en Dios, y en el otro en la autosuficiencia.

En busca de la herencia: cuando uno sale buscándose a sí mismo

El segundo momento del retiro se centró en la parábola del hijo pródigo, donde también aparece una salida, aunque de signo muy diferente. El hijo pide su herencia y se marcha convencido de que la libertad consiste en vivir lejos del padre. Sin embargo, el Evangelio muestra cómo esa búsqueda acaba conduciéndolo al vacío. A partir de esta escena surgió una reflexión muy cercana a la experiencia humana: muchas veces perseguimos nuestras propias “tierras prometidas”, proyectos o metas que creemos que nos darán plenitud, pero que en realidad pueden convertirse en espejismos cuando nacen de heridas interiores o de deseos de afirmación. La parábola, sin embargo, no termina en el fracaso del hijo, sino en la imagen de un Padre que espera y que acoge cuando el camino se reorienta.

La nueva tierra prometida: el Reino de Dios

En el tercer momento la mirada se abrió a la novedad que trae Jesús cuando anuncia que el Reino de Dios está cerca. Con Él, la tierra prometida deja de entenderse solo como un lugar al que llegar y pasa a ser una realidad que comienza dentro del corazón. Allí donde se vive el Evangelio, allí donde se perdona, se sirve, se acoge y se confía en Dios, el Reino empieza a hacerse presente. De este modo la promesa se transforma en una forma de vida donde el centro ya no es uno mismo, sino la presencia de Dios que actúa.

Una promesa que sigue en pie

El retiro concluyó recordando que la promesa de Dios sigue abierta y que nuestro camino continúa. La verdadera tierra prometida comienza allí donde el corazón aprende a decir, con sencillez y confianza: “Reina Tú, Señor”.

Compartimos también este testimonio:

Este sábado fui al retiro de Cuaresma. Cada año lo espero con muchas ganas, con ese deseo de dejarme llenar de nuevo por Dios, de encontrar lo que mi corazón necesita para seguir adelante. Pensé que sería un día más, pero no… fue un día distinto, un día en el que sentí que el Señor me hablaba directamente al corazón.
El P. Luis nos habló de “Mis tierras prometidas”, y desde ese momento sentí que Dios me invitaba a comenzar de nuevo mi camino esta Cuaresma. Me di cuenta de que mi búsqueda no va tanto hacia lo que yo quiero alcanzar, sino hacia lo que Dios me promete. Y entendí que, aunque a veces me desvío, Él nunca deja de acompañarme. Es como ese GPS paciente que recalcula mi rumbo cada vez que me pierdo. En ese rato de silencio que tuvimos después, me paré a pensar en los altares que puedo levantar hoy como signo de gratitud: personas, momentos, detalles por los que dar gracias. Al ponerles nombre, me di cuenta de cuánto me ha cuidado Dios, incluso en los días más grises.
En el segundo momento del retiro, reflexionamos sobre si vivo como Abraham, que dice “hagamos”, o como el hijo pródigo, que dice “hago”. De ahí me quedé con dos palabras que me siguen resonando: suelo y mirada. Suelo, para no perder contacto con lo que soy y con la realidad. Mirada, para no quedarme encerrada en mí, sino mirar hacia el Señor, hacia ese horizonte que no deja de esperarme. Otra vez sentí que siempre hay un Padre que me ve venir y sale a mi encuentro… y eso me conmovió profundamente.
Después de compartir la comida y reír un rato con los demás, tuvimos el tercer momento. Allí sentí algo muy fuerte: que el Reino de Dios no está lejos ni es algo que tengo que alcanzar, sino que ya está dentro de mí. Que no soy yo quien gobierna mi vida, sino el Señor, si lo dejo entrar. Sentí paz, y una confianza muy grande.
Terminamos el día con una Eucaristía compartida. Fue el mejor cierre posible, mirar alrededor y ver a la comunidad reunida, sentirnos uno, y reconocer al Señor presente en cada gesto, en ese Pan que nos une. En ese momento comprendí que la Tierra Prometida no está al final del camino, sino que empieza cuando dejo a Dios caminar conmigo.

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