Destacado (Home)

Resucitar es volver a confiar

Caminando juntos… en la fe, con esperanza, desde el amor… como comunidad parroquial

Los martes del curso 2025-2026, continuando con el proyecto que iniciamos el curso pasado, publicaremos una entrada que podría fomentar la reflexión y el crecimiento de nuestra vida espiritual, ayudando a mantenerla viva en el día a día:

Resucitar es volver a confiar

(más…)

Leer Más »

Semana Santa 2026

Esta Semana Santa ha permanecido entre nosotros con un ritmo hondo, familiar, reconocible, como esas realidades que se graban en el alma porque llevan dentro algo verdadero. Al volver la mirada sobre estos días, percibimos algo más grande que una sucesión de actos, más hondo que un calendario litúrgico bien cumplido. Percibimos una comunidad que ha respirado unida, que ha dejado acompasar su paso por la oración de la Iglesia, que ha entrado poco a poco en el corazón del misterio hasta llegar a esa noche santa en la que todo se ilumina desde Cristo vivo. Queda en nosotros la certeza de haber caminado juntos por una misma hondura, sostenidos por una liturgia sencilla, recogida, verdadera, de esas que permiten a una parroquia reconocerse a sí misma cuando se reúne ante el Señor y descubre que su identidad más profunda brota precisamente ahí, en el hecho de rezar como pueblo, de esperar como pueblo, de alegrarse como pueblo.

Todo comenzó en la Plaza de la Estación, bajo la luz abierta del Domingo de Ramos, con esa belleza humilde que tiene la fe cuando sale a la calle y toma su forma más cercana. Ver a la comunidad ponerse en camino detrás de Cristo, entre calles de siempre, entre familias, mayores, niños, fieles que avanzaban compartiendo espacio y celebración, tuvo una fuerza serena y luminosa. La procesión y la bendición de los ramos devolvieron a nuestra fe un rostro visible, encarnado, próximo, capaz de habitar la vida cotidiana sin artificio. Entramos en el templo llevando en el corazón una alegría que ya guardaba una gravedad fecunda, porque la Iglesia sabe celebrar con hondura y sabe también que cada hosanna verdadero lleva dentro una entrega que madura.

El Jueves Santo nos reunió desde la mañana alrededor de la oración de Laudes, como quien dispone el corazón para entrar en una hora decisiva. Ese gesto inicial marcó el tono del día y, en cierto modo, de toda la semana, porque cada jornada fue naciendo desde la oración, desde un centro interior que dio forma a todo lo demás. Por la tarde, la Misa de la Cena del Señor volvió a colocarnos ante el núcleo vivo de nuestra fe: Cristo que se da, Cristo que permanece, Cristo que hace de su entrega presencia y de su presencia alimento. Allí estuvo el corazón del día, latiendo en la Eucaristía con esa fuerza callada que sostiene la vida de la Iglesia. Más tarde, la Hora Santa nos llevó al silencio, a la vela encendida, al monumento preparado con sobriedad, al aprendizaje siempre nuevo de permanecer. Hay momentos en los que una comunidad entiende mucho sin necesidad de abundantes palabras, y aquella noche tuvo justamente esa densidad serena de la adoración verdadera, esa hondura que enseña a acompañar al Señor con la sola ofrenda de la presencia.

El Viernes Santo volvió a regalarnos la oración de laudes, y esa continuidad fue dando a estos días una consistencia interior muy hermosa, como si cada amanecer nos recordara desde dónde queríamos vivirlo todo. Después llegó el Vía Crucis desde El Enebral, más interior, más despojado, y la parroquia se puso otra vez en camino, esta vez con el alma recogida en el seguimiento del Crucificado. Más tarde, la celebración de la Pasión del Señor reunió a la comunidad en un clima de escucha, veneración y gravedad creyente que alcanzó una intensidad especial en la oración de la noche ante la cruz. Hubo silencios que pesaban y al mismo tiempo sostenían, gestos que hablaban con una elocuencia limpia, una disposición común que abrió espacio a lo esencial. En momentos así, comprendemos que la fe toca su mayor verdad cuando el corazón aprende a permanecer delante del amor entregado.

También el Sábado Santo amaneció con Laudes, guardando ese tono contenido de la Iglesia que espera junto al sepulcro con una esperanza recogida, madura, silenciosa. Y precisamente por ese itinerario interior, la Vigilia Pascual resplandeció con toda su fuerza. A las nueve de la noche volvimos a reunirnos para entrar en la celebración más grande del año, y el paso de la oscuridad a la luz, la proclamación de la historia de la salvación, el canto pascual, la alegría que primero tiembla y luego se desborda al ritmo de las campanas, hicieron visible que la Pascua se recibe como don después de haber caminado con el Señor. Allí todo quedó recapitulado en una certeza que llena de vida nuestra historia concreta: Cristo vive, y su victoria alcanza también nuestras heridas, nuestras búsquedas, nuestros días sencillos.

Queda la gratitud a Dios por tanto, gratitud por lo vivido, por la presencia fiel de tantos, por el cuidado de los espacios, por cada gesto discreto que ha sostenido la belleza de estos días. Con especial cariño damos gracias por Carmen, nuestra sacristana cuya entrega constante sostiene en silencio la vida parroquial, y por los seminaristas Jaime y Javier, que han compartido con nosotros la oración, el servicio y la cercanía. Así se edifica una comunidad, desde manos fieles, desde corazones disponibles, desde una fe que se hace concreta y visible. Y así seguimos adelante, con el alma encendida, sabiendo que cuanto hemos celebrado sigue ahora su curso en la vida, porque la Pascua verdadera siempre abre camino y siempre nos llama a vivir de otra manera.

Puedes ver algunas fotos de estos días de semana santa en el album parroquial de flickr:

Leer Más »

Pre Pascua confirmación

El  lunes 30 de marzo, vivimos algo que no se queda solo en un día más… fue una experiencia de esas que se sienten por dentro. Junto a los jóvenes de Confirmación compartimos una jornada intensa, llena de momentos que nos hicieron parar, mirar hacia dentro, rezar y, sobre todo, caminar juntos como comunidad acompañando a Jesús en su Pasión, Muerte y Resurrección.

Comenzamos con la alegría del Domingo de Ramos. Con las palmas en la mano, recibíamos a Jesús con entusiasmo, como ese Rey humilde que entra en Jerusalén sin ruido, pero tocando corazones. Fue un momento bonito y sincero: nos ayudó a mirarnos por dentro y reconocer cuántas veces somos cambiantes, cuánto nos dejamos llevar por lo que hacen los demás o por lo que nos conviene. Nos hicimos preguntas importantes… de esas que incomodan, y que a la vez ayudan a crecer. Y desde ahí, quisimos dar un paso más: comprometernos a que nuestra fe no se quede en palabras, sino que se note en lo que hacemos cada día.

Después nos adentramos en el Jueves Santo, con esa “huella” que queremos dejar. Hicimos un recorrido por todo lo que nos deja este día, desde el amor fraterno, el servicio, la eucaristía, el sacerdocio… Y poco a poco fuimos descubriendo un amor aún mayor: el amor de Dios, que no pone condiciones, que no espera nada a cambio, que simplemente se da. Como sabéis un amor que se arrodilla, que sirve, que lava los pies y que llega hasta el extremo de dar la vida. Juntos dimos gracias a Dios por todas las veces que nos lava los pies, sin condiciones, sin pedir nada a cambio, siendo nosotros capaces de servir y lavar los pies a los demás.

Llegamos al Viernes Santo, donde hubo un momento de silencio profundo, para encontrarnos con nosotros mismos. Este día Jesús es sentenciado a muerte y lo revivimos con un teatro del juicio a Jesús, donde fuimos parte activa como jurado. ¿Quién lo mató? A través de Pilatos, Herodes, Anás, Caifás, Judas y el Capitán de la guardia, fuimos dándonos cuenta de que actitudes y comportamientos condenan nuevamente a Jesús, como cada uno de nosotros calla injusticias, se lava las manos… y vamos sentenciando de nuevo a Jesús.

El Sábado Santo nos regaló un silencio distinto, de esos que duele, pero también abraza,. Celebramos la espera y la preparación para la resurrección de Jesús. Es un día de reflexión y de recordar el sacrificio que hizo Jesús por nosotros. Jesús antes de morir nos dejó unas últimas palabras, mediante el silencio hemos ido metiéndonos en estas palabras, haciendo nuestro cada uno de estos momentos.

Y entonces… llegó la luz.

La Vigilia Pascual fue, sin duda, el momento más esperado. La alegría se hizo presente de verdad. Celebramos que Jesús vive, que la muerte no tiene la última palabra. Nos dejamos iluminar por esa luz nueva, escuchamos la Palabra con el corazón abierto, renovamos nuestro bautismo y nos alimentamos en la Eucaristía. Fue una celebración llena de vida, de esperanza, de esas que te hacen sonreír sin darte cuenta.

Terminamos el día con una Eucaristía en familia, y ahí todo cobró aún más sentido. Porque la fe no se vive en solitario, se comparte, se construye, se fortalece en comunidad.

Solo nos queda dar gracias. A nuestro vicario parroquial, quien nos ha acompañado con tanta cercanía; a las Hijas de la Caridad, por acogernos siempre con tanto cariño y hacernos sentir en casa; a los jóvenes que han participado, por su apertura, su alegría y su verdad: a los catequistas por su tiempo y dedicación y a las familias, por caminar juntos, por sostener y por creer.

Y, sobre todo, gracias a Dios… por cada instante vivido, por cada gesto sencillo, por cada silencio que hablaba, por cada sonrisa compartida.

Porque esta Pre Pascua no ha sido solo una actividad… ha sido, de verdad, un encuentro con Jesús Vivo.

Leer Más »

Hay un fuego que no quema, pero renueva

Caminando juntos… en la fe, con esperanza, desde el amor… como comunidad parroquial

Los martes del curso 2025-2026, continuando con el proyecto que iniciamos el curso pasado, publicaremos una entrada que podría fomentar la reflexión y el crecimiento de nuestra vida espiritual, ayudando a mantenerla viva en el día a día:

Hay un fuego que no quema, pero renueva

(más…)

Leer Más »

Semana Santa: una semana que lo cambia todo por dentro

Iniciamos la Semana Santa como comunidad parroquial con el alma despierta y el corazón dispuesto, sabiendo que estos días santos abren ante nosotros un camino de hondura, de verdad y de gracia, un camino que toca la vida entera y la conduce hacia su centro, allí donde Cristo se entrega, permanece, sostiene, espera y vence. Entramos juntos en este tiempo grande de la fe con los ojos puestos en Jesús, con memoria agradecida, con deseo de conversión y con esa sed interior que tantas veces llevamos en silencio y que encuentra en Él su fuente más limpia, más honda y más verdadera. Cada celebración será una puerta abierta, una llamada, una luz encendida en medio de nuestra historia, porque la Semana Santa jamás transcurre por fuera de nosotros: pasa por la carne herida del mundo, por nuestras búsquedas, por nuestras lágrimas, por nuestros cansancios, por nuestras esperanzas, y allí mismo deja la huella viva del amor de Dios.

Domingo de Ramos

Hoy proclamamos con los ramos y con el corazón que Cristo es Rey, y su realeza trae paz, justicia y amor. Su entrada en Jerusalén despierta en nosotros una alegría limpia, una alegría que brota de reconocer que Dios viene a nuestro encuentro con mansedumbre, con firmeza, con una belleza que desarma toda dureza. Con nuestros cantos y nuestros ramos queremos decirle que deseamos abrirle la puerta de la vida, de la casa, de la comunidad, de cada rincón donde haga falta su presencia. Hoy la Iglesia entera alza la voz para confesar que Jesús merece el centro, porque su señorío jamás aplasta, siempre levanta; jamás domina, siempre dignifica; jamás enfría, siempre enciende.

Jueves Santo

Celebrar la última cena de Jesús es celebrar el amor fraterno, la Eucaristía y el sacerdocio ministerial como dones preciosos que siguen alimentando la vida de la Iglesia. Esta tarde santa nos reúne alrededor de la mesa donde el Maestro parte el pan, ofrece el cáliz y se queda para siempre como presencia real, cercana, ardiente y fiel. En ese gesto santo aprendemos que amar de verdad significa darse, servir, permanecer, lavar los pies de la humanidad herida y hacer de la propia vida una ofrenda. Hoy damos gracias por los sacerdotes, llamados a hacer visible en medio del pueblo ese amor de Cristo que acompaña, alimenta y guía. Hoy adoramos la Eucaristía con asombro, porque Dios ha querido quedarse con nosotros como pan vivo para el camino.

Viernes Santo

Hoy levantamos la mirada hacia la cruz y contemplamos cuánto amor cabe en ese madero santo. Cristo entregó la vida por cada uno de nosotros, abrió los brazos para abrazarnos, perdonarnos y salvarnos. La cruz revela un amor llevado hasta el extremo, un amor que entra en el sufrimiento humano y lo habita con una ternura inmensa. Hoy permanecemos junto a Jesús con reverencia, con gratitud, con el corazón conmovido, dejando que su entrega penetre nuestras resistencias y cure nuestras heridas más hondas. En la cruz resplandece una fuerza que transforma la historia desde dentro y que sigue pronunciando sobre cada vida una palabra de misericordia.

Sábado Santo

Hoy la Iglesia guarda silencio, y ese silencio es fértil, está lleno de esperanza, como la tierra que custodia la semilla en espera de la vida nueva. Es un día para permanecer, para velar, para dejarnos sostener por la promesa de Dios cuando todo parece detenido. También es un día para acompañar a María, Madre que espera la resurrección de su Hijo con fidelidad serena, con amor íntegro, con esa fortaleza silenciosa que enseña a creer cuando el corazón atraviesa la noche. Junto a ella aprendemos a esperar con fe madura, con una esperanza que respira profundidad y confianza.

Vigilia Pascual

Y llega la noche santa en la que estalla la alegría más grande: ¡el Señor ha resucitado! ¡Aleluya! La luz vence, la vida florece, la esperanza se levanta, y la Iglesia canta porque Cristo vive para siempre. Esta es la noche que renueva el mundo, la noche que recuerda a cada corazón que la última palabra pertenece a Dios y lleva nombre de vida. Caminemos, pues, como comunidad pascual, con el alma encendida, con la fe fortalecida y con la certeza luminosa de que Cristo resucitado sigue haciendo nuevas todas las cosas.

 

Leer Más »

Convivencia postcomunión

El pasado sábado 14 de marzo compartimos una jornada de convivencia con los niños de postcomunión, un tiempo pensado para seguir creciendo juntos en la fe y fortalecer el sentido de pertenencia a la comunidad.

La mañana comenzó con la celebración de la Eucaristía a las 9:30h en el templo, junto al resto de la parroquia. Fue un momento especialmente significativo, porque ayudó a los niños a reconocerse como parte viva de esta comunidad que les acoge y a poner en manos del Señor todo lo que íbamos a vivir durante el día.

Después nos trasladamos a los salones parroquiales, donde iniciamos el trabajo en torno al Triduo Pascual y el Vía Crucis, dos realidades centrales en el tiempo de Cuaresma que estamos viviendo. A través de una propuesta dinámica, los niños recibieron la visita simbólica del Papa León XIV, que les invitó a pensar cómo presentar la Semana Santa de una forma atractiva y significativa. A partir de ahí, se organizaron en grupos, recibieron una breve explicación por parte de los catequistas y elaboraron pequeños anuncios y carteles, poniendo en juego su creatividad y lo aprendido.

La mañana continuó con una gymkana centrada en el Vía Crucis. Cada estación incluía una prueba diferente que ayudaba a interiorizar el sentido del camino de Jesús: desde pequeños retos hasta dinámicas que implicaban atención, silencio o expresión personal, como escribir un mensaje para la madre.

La experiencia nos deja con la sensación de haber dado un paso más en la preparación de la Semana Santa, vivida no solo como un contenido que se aprende, sino como un camino que se recorre y se comprende desde dentro.

 

Leer Más »

El deseo de Dios te sostiene más de lo que crees

Caminando juntos… en la fe, con esperanza, desde el amor… como comunidad parroquial

Los martes del curso 2025-2026, continuando con el proyecto que iniciamos el curso pasado, publicaremos una entrada que podría fomentar la reflexión y el crecimiento de nuestra vida espiritual, ayudando a mantenerla viva en el día a día:

El deseo de Dios te sostiene más de lo que crees

(más…)

Leer Más »

5ª semana de Cuaresma: Amar al hermano como a ti mismo

El camino que hemos recorrido alcanza aquí su punto más concreto y exigente. Escuchamos, ofrecimos el corazón, orientamos nuestras fuerzas, aprendimos a mirar al prójimo con luz nueva; ahora el amor se vuelve aún más cercano y personal. Amar al hermano como a uno mismo significa asumir una medida que nos implica por completo. El hermano no es una categoría amplia, es alguien concreto, con nombre, con historia compartida, con heridas y esperanzas que rozan las nuestras. La Cuaresma madura cuando el amor deja de ser actitud general y se convierte en vínculo real.

Compartir la fragilidad

El Evangelio nos sitúa ante el dolor de una familia que ha perdido a alguien querido. Jesús no se mantiene distante. Se acerca, escucha el llanto, se conmueve. Antes de pronunciar una palabra de vida, comparte la herida. Amar al hermano como a uno mismo comienza ahí, en esa capacidad de no apartarse ante el sufrimiento, de permitir que el dolor del otro nos toque. La fe no nos vuelve fríos; nos hace más capaces de sostener, de acompañar sin invadir, de permanecer cuando todo parece oscuro.

Desear para el otro la misma vida

Amarse a uno mismo implica reconocer la propia dignidad y anhelar plenitud. Amar al hermano con esa misma medida significa desear para él esa plenitud con la misma intensidad. No es competir, ni compararse, ni medir méritos; es alegrarse con su crecimiento, respetar su proceso, cuidar su vulnerabilidad como cuidaríamos la nuestra. Esta semana nos invita a revisar nuestras relaciones más cercanas, allí donde el trato cotidiano puede volverse superficial. El amor fraterno se juega en lo pequeño, en el modo de hablar, en la paciencia, en la disponibilidad real.

Un amor que levanta

En el relato, la palabra de Jesús tiene fuerza de resurrección. La vida que parecía cerrada vuelve a abrirse. Amar al hermano como a uno mismo tiene esa misma vocación: levantar, animar, sostener, creer en el otro incluso cuando él mismo duda. Cuando nos implicamos en la historia del hermano, algo también se transforma en nosotros. La comunidad deja de ser suma de individuos y se convierte en hogar donde cada uno encuentra espacio para crecer.

Con esto la Cuaresma llega a su umbral más luminoso. Lo que comenzó en el silencio interior se convierte ahora en entrega compartida. Amar al hermano es permitir que el amor recibido circule, que toque lo frágil y lo renueve. Y en ese intercambio verdadero se anticipa ya la vida nueva que estamos llamados a celebrar.

Leer Más »

Ocho niños reciben el Bautismo en su camino hacia la Primera Comunión

Este sábado hemos vivido una de esas mañanas que dejan en el corazón una huella serena y luminosa, de las que ensanchan el alma de la parroquia y nos recuerdan que la fe sigue brotando con una belleza nueva en medio de nuestra comunidad. Ocho niños que caminan hacia su Primera Comunión han recibido el sacramento del Bautismo, y con ellos también nosotros hemos vuelto a contemplar el amor de Dios hecho inicio, promesa y vida nueva. La celebración, presidida por nuestro párroco, el P. Luis Murillo, tuvo esa hondura sencilla de las cosas verdaderas, esa fuerza callada con la que el Señor sigue abriendo caminos dentro de la historia concreta de cada familia, de cada niño, de cada comunidad creyente.

A lo largo de la celebración fuimos entrando, paso a paso, en el misterio de un Dios que llama por el nombre, que bendice, que consagra, que envuelve la vida con su gracia. Primero llegó la bendición, como abrazo primero de la Iglesia que acoge y presenta a estos niños ante el Señor con gratitud y esperanza. Después, la unción sobre el pecho habló con un lenguaje que atraviesa las palabras, porque el óleo expresa fortaleza, preparación interior, gracia que sostiene y presencia de Dios que va formando el corazón para la vida nueva. Más tarde llegó el momento del agua, centro vivo del Bautismo, manantial de vida que purifica, fecunda y hace renacer. En esa agua santa, derramada sobre cada uno de ellos, contemplamos algo inmenso: Cristo los incorporaba a su propia vida, los hacía hijos en el Hijo, miembros de su Iglesia, portadores de una dignidad que florece desde el amor eterno de Dios.

Y después vino la luz. Esa luz entregada a los recién bautizados posee una belleza que conmueve profundamente, porque expresa que la fe jamás es una idea aprendida de memoria, sino una llama recibida, custodiada y compartida. Cada vela encendida nos habló de una misión preciosa: vivir como hijos de la luz, crecer en la amistad con Jesús, avanzar con el corazón despierto y dejar que la vida entera sea iluminada por su presencia. En cada gesto del rito apareció una catequesis viva, una pedagogía del cielo que enseña con signos lo que el alma tarda años en comprender del todo y, sin embargo, reconoce de inmediato como verdadero.

Qué regalo ver a estos niños acompañados, por sus familiares, por sus catequistas y por algunos de sus compañeros del grupo de comunión. Allí estaba la Iglesia en su rostro más cercano y más bello: una comunidad que acompaña, que sostiene, que celebra, que camina unida. Allí estaba también el testimonio fiel de quienes siembran cada semana con paciencia, ternura y entrega, sabiendo que cada palabra sobre Jesús encuentra su plenitud cuando la gracia toca la vida desde dentro.

Hoy damos gracias por estos ocho niños, por sus familias, padres y padrinos, por nuestro párroco, por sus catequistas, por los compañeros de grupo de comunión, y por esta parroquia que sigue siendo casa, fuente y hogar. El Bautismo celebrado este sábado ha sido mucho más que un rito hermoso; ha sido una proclamación de esperanza. Dios sigue pasando por nuestra comunidad y sigue encendiendo la vida. Dios sigue llamando. Dios sigue haciendo nuevas todas las cosas.

Leer Más »

Buscar en la web:



Acepto la Política de Privacidad