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Solemnidad del Corpus Christi (Juan 6, 51-58)
La Eucaristía ocupa un lugar muy especial en la vida cristiana porque en ella descubrimos que Dios ha querido quedarse cerca de nosotros de una forma sencilla y cotidiana. Hay encuentros que alimentan el corazón durante mucho tiempo, palabras que sostienen en los momentos difíciles y gestos que dejan una huella profunda. Jesús conoce bien nuestra necesidad de fortaleza, de consuelo y de sentido. Por eso se ofrece como alimento para el camino, como presencia que acompaña la vida entera y que se hace cercana en cada celebración. Cada vez que participamos de la mesa del Señor recibimos mucho más que un recuerdo o un símbolo; acogemos una vida que quiere crecer dentro de nosotros y transformar nuestra manera de mirar, de sentir y de amar.
La solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo nos invita también a reconocer cuánto anhela Dios unirse a cada persona. Del mismo modo que el alimento se convierte en parte de quien lo recibe, la comunión nos ayuda a parecernos cada día más a Jesús. Su paciencia puede habitar nuestras prisas, su misericordia puede ensanchar nuestro corazón y su esperanza puede iluminar nuestros cansancios. La Eucaristía es una escuela de amor entregado que nos impulsa a vivir con mayor generosidad, cercanía y gratitud. Quien se deja alimentar por Cristo descubre poco a poco una fuerza nueva para afrontar la vida y una alegría serena que permanece incluso en medio de las dificultades.
Desde la fe: Acerquémonos a la Eucaristía con un corazón abierto, reconociendo en ella la presencia viva de Jesús que desea caminar con nosotros.
Desde la esperanza: Acojamos este alimento del cielo como una fuente que renueva nuestras fuerzas y sostiene nuestros pasos cada día.
Desde la caridad: Compartamos con los demás el amor que recibimos en la mesa del Señor, llevando consuelo, escucha y cercanía a quienes más lo necesitan.
