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Domingo V del tiempo ordinario. Mateo 5, 13-16
Jesús se dirige a quienes le escuchan con imágenes sencillas que tocan la vida diaria y revelan una vocación profunda. Habla de presencia, de sabor, de luz compartida. Sus palabras despiertan la conciencia de cada persona como alguien llamado a influir, a iluminar, a dar sentido allí donde vive. La fe se encarna en gestos concretos, en la manera de estar en casa, en el trabajo, en la comunidad. Jesús confía en quienes tiene delante y les recuerda que su vida cuenta, que su paso por el mundo deja huella cuando se vive desde dentro.
Estas palabras invitan a una espiritualidad visible y encarnada, capaz de atravesar la realidad cotidiana con sencillez y verdad. La luz que Jesús propone brota del interior y se expande con naturalidad cuando la vida se vive unida a Dios. Cada gesto realizado con amor, cada palabra dicha a tiempo, cada actitud que sostiene a otros se convierte en reflejo del Reino. La fe se vuelve fecunda cuando se ofrece sin miedo, cuando se comparte con alegría, cuando se vive como don para los demás. Así, la vida entera se transforma en lugar de encuentro y testimonio.
Desde la fe: Reconocer que la vida cristiana tiene fuerza transformadora cuando se vive con coherencia y humildad. Dejar que la relación con Jesús dé sabor a cada decisión y claridad a cada paso, confiando en que Dios actúa a través de lo sencillo y lo cotidiano.
Desde la esperanza: Caminar con la certeza de que cada gesto de bondad ilumina el entorno y abre caminos nuevos. Confiar en que la luz recibida se multiplica al compartirse y alcanza corazones que buscan sentido y consuelo.
Desde la caridad: Vivir atentos a las necesidades de quienes nos rodean, ofreciendo presencia, escucha y cuidado. Convertir la vida en luz cercana que orienta y acompaña, sabiendo que el amor vivido con discreción y verdad transforma realidades y sostiene esperanzas.
