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VI Domingo de Pascua (Juan 14, 15-21)
En este domingo, Jesús nos introduce en una relación que tiene forma de amor vivido. Amar a Jesús se concreta en acoger su palabra y dejar que tome cuerpo en la vida cotidiana. Hay una promesa que atraviesa este evangelio con una ternura especial: la presencia del Espíritu que permanece, que acompaña, que sostiene desde dentro. Esa presencia hace posible una vida creyente que respira en lo profundo, que encuentra en lo escondido una fuerza serena y constante.
La experiencia de fe se vuelve entonces cercanía. Jesús habla de una comunión real, de un “estar en” que transforma la manera de habitar el mundo. Quien acoge su amor comienza a reconocer que su vida está habitada, que cada gesto, cada decisión, cada relación puede convertirse en espacio donde Dios se hace presente. El corazón aprende a reconocer esa compañía discreta que nunca se retira, que alienta, que recuerda, que conduce con suavidad hacia una vida más plena.
Desde la fe: Abramos el corazón al Espíritu y dejemos que su presencia nos enseñe a vivir desde dentro.
Desde la esperanza: Acojamos la promesa de una compañía fiel que sostiene cada paso de nuestro camino.
Desde la caridad: Vivamos de tal modo que nuestra cercanía haga visible el amor de Dios en lo cotidiano.
