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Evangelio: Mateo 22, 1-14
Dios prepara una mesa y sigue invitándonos a sentarnos con Él. Su llamada llega en medio de nuestras ocupaciones, proyectos, preocupaciones y ritmos cotidianos. Cada día trae pequeñas invitaciones a encontrarnos con Dios: una persona que necesita tiempo, una palabra que puede reconciliar, un momento de oración, una oportunidad para servir, una celebración compartida. El Reino se parece también a aprender a reconocer estas invitaciones y hacerles espacio. Podemos llenar tanto nuestra agenda y nuestra cabeza que aquello verdaderamente importante termine esperando a la puerta.
La invitación de Dios alcanza además a personas muy distintas. En su mesa caben historias heridas, búsquedas sinceras, fragilidades, caminos largos y vidas que todavía están aprendiendo a amar. Entrar en ese banquete supone también dejar que el encuentro nos transforme. El traje de fiesta habla de una vida que desea ponerse a la altura del amor recibido: revestirse de Cristo, mirar como Él, tratar a los demás desde su misericordia y permitir que el Evangelio vaya dando forma a nuestras decisiones. Dios abre la puerta; nuestra respuesta se convierte entonces en una manera concreta de vivir.
Desde la fe: Acoger cada día la invitación de Dios y reservarle un lugar verdadero entre nuestras prioridades.
Desde la esperanza: Confiar en un Dios que sigue saliendo a nuestro encuentro y continúa llamándonos a compartir su alegría.
Desde la caridad: Hacer sitio en nuestra mesa y en nuestra vida para quienes necesitan sentirse acogidos, escuchados y queridos.
