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II Domingo de Pascua (Juan 20, 19-31)

Aquel día los discípulos llevaban dentro un torbellino de recuerdos, miedo, cansancio y preguntas. Y, en medio de esa habitación cerrada, Jesús se hace presente con la delicadeza de quien conoce la herida humana y sabe entrar en ella con paz. Su llegada transforma el ambiente, devuelve al corazón su centro y abre un horizonte nuevo. La paz que trae Jesús posee hondura, calidez y verdad; llega como don, se posa en la fragilidad y vuelve fecunda una vida que parecía encogida. Después muestra sus llagas, y en ellas resplandece un amor que ha atravesado el dolor y permanece vivo. Así, los discípulos recuperan la alegría y reciben una misión.

Tomás aparece como reflejo de tantos caminos interiores. Desea tocar, comprender, tener una experiencia capaz de abrazar su búsqueda. Y Jesús sale también a su encuentro con infinita paciencia. Se acerca a su ritmo, honra su proceso y le regala una cercanía que despierta la fe desde dentro. Entonces el corazón reconoce la presencia del Señor y brota una confesión llena de verdad. Este evangelio nos invita a vivir con las puertas abiertas a la visita de Cristo, a dejarnos alcanzar por su paz y a recibir su Espíritu como aliento para cada día. Cuando Jesús entra en la vida, todo comienza a iluminarse desde una misericordia que sostiene, envía y renueva.

Desde la fe: Acoger a Jesús vivo en medio de nuestra vida y dejar que su paz habite el corazón.

Desde la esperanza: Confiar en que el Señor llega siempre con su luz, su paciencia y su aliento nuevo.

Desde la caridad: Ser presencia de paz, misericordia y consuelo para quienes viven heridas, dudas o soledad.