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VII domingo de Pascua (Evangelio: Mateo 28, 16-20)
Solemnidad de la Ascensión del Señor

En este domingo contemplamos a los discípulos ante Jesús resucitado, en ese momento en el que el encuentro abre un horizonte nuevo. Hay algo profundamente humano en esa escena: se acercan, le reconocen, y su vida queda tocada para siempre. Jesús les envía, les confía una misión que nace del amor recibido, una llamada a salir, a acompañar, a compartir la vida que Él mismo les ha regalado.

El envío cristiano brota de una certeza que sostiene el corazón: su presencia permanece cada día. Esa promesa transforma la forma de vivir, convierte lo ordinario en espacio de misión, llena de sentido cada gesto sencillo. Allí donde alguien escucha, acoge, cuida, sostiene, allí se prolonga la vida de Jesús. La fe se vuelve camino compartido, anuncio cercano, presencia que humaniza y abre a la esperanza.

Desde la fe: Acojamos la llamada de Jesús y confiemos en su presencia que acompaña cada paso.

Desde la esperanza: Vivamos sabiendo que Él permanece con nosotros y sostiene nuestra misión cotidiana.

Desde la caridad: Acerquémonos a los demás con un corazón disponible, haciendo visible el amor que hemos recibido.