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Domingo 29º tiempo ordinario
Mateo 22, 15-21
Hay preguntas que nacen del deseo sincero de comprender y otras que buscan ponernos a prueba. Jesús recibe ambas con una libertad interior admirable. Mira más allá de las palabras, reconoce la intención y responde desde un lugar profundo. También nosotros vivimos rodeados de opiniones, expectativas, intereses y discursos que intentan decirnos cómo debemos pensar, actuar o situarnos. El Evangelio nos invita a cultivar un corazón lúcido, capaz de discernir qué merece nuestra entrega y desde dónde queremos vivir cada decisión.
La moneda llevaba grabada la imagen del César; nuestra vida lleva grabada la imagen de Dios. Ahí aparece una pregunta que atraviesa todo: ¿a quién pertenece realmente mi corazón? Podemos cumplir responsabilidades, participar en la sociedad, trabajar, aportar, cuidar lo común y ejercer nuestros deberes con honestidad. Al mismo tiempo, existe una parte de nosotros que pertenece plenamente a Dios: la conciencia, la dignidad, la libertad interior, la capacidad de amar. Entregar a Dios lo que es suyo significa vivir recordando de quién somos, dejando que esa pertenencia ilumine nuestras decisiones, relaciones y compromisos cotidianos.
Desde la fe: Reconocer la imagen de Dios grabada en nuestra vida y permitir que nuestra relación con Él oriente nuestras decisiones.
Desde la esperanza: Confiar en que Dios nos concede sabiduría y libertad interior para discernir cada situación.
Desde la caridad: Cumplir nuestras responsabilidades con honradez y contribuir al bien común desde el servicio, la justicia y el respeto a cada persona.
