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III Domingo de Pascua (Lucas 24, 13-35)

A veces la vida se parece a ese camino compartido al caer la tarde, cuando el corazón lleva dentro cansancio, preguntas y recuerdos que pesan. Caminamos con nuestras esperas, con heridas que piden sentido, con escenas que vuelven una y otra vez a la memoria. Y en medio de ese trayecto, Jesús se acerca con una delicadeza inmensa. Se pone a nuestro paso, acoge lo que llevamos dentro y abre un espacio donde el alma puede respirar. Su presencia transforma la marcha en encuentro, la tristeza en hondura y la memoria herida en lugar sagrado donde Dios sigue obrando. Jesús también hoy se hace compañero de camino. Se acerca a nuestras conversaciones interiores, entra en nuestras casas, se sienta a la mesa de la vida diaria y parte para nosotros el pan de su presencia. Entonces algo despierta por dentro. El corazón arde, la esperanza florece y la mirada recupera luz.

Cada Pascua nos recuerda que Cristo vive y sigue saliendo a nuestro encuentro en lo sencillo, en la Palabra rezada, en la Eucaristía, en un gesto de ternura, en una compañía fiel. Quien se deja alcanzar por Él descubre que siempre existe un camino nuevo por recorrer y una alegría que merece ser compartida. Igual que aquellos discípulos, también nosotros podemos levantarnos y volver a la vida con un anuncio en el alma: el Señor camina con su pueblo y su amor enciende de nuevo cada corazón.

Desde la fe: Pidamos a Jesús un corazón abierto para reconocer su presencia en el camino de cada día.

Desde la esperanza: Acojamos la certeza de que Cristo resucitado sigue acercándose a nuestra vida para llenarla de luz.

Desde la caridad: Seamos compañía serena para quien atraviesa su propio camino y ofrezcamos una palabra que encienda el corazón.