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Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente significa dejar que Él atraviese nuestra manera de pensar, elegir, trabajar, relacionarnos y mirar la realidad. La fe deja entonces de ser algo reservado para determinados momentos y se convierte en una forma de vivir. Cada decisión puede expresar esa relación con Dios cuando nace de un corazón orientado hacia Él.
Ese amor se hace visible en la manera de tratar al prójimo y también en la forma de cuidarnos a nosotros mismos. Amar al otro como a uno mismo pide aprender a mirar su dignidad, respetar sus procesos, escuchar sus necesidades y ofrecer una presencia verdadera. También invita a reconocer nuestros propios límites, necesidades y heridas con misericordia. El amor cristiano une estas dimensiones: Dios, los demás y nuestra propia vida. Cuando alguna queda descuidada, algo pierde armonía. Quizá podamos preguntarnos esta semana qué lugar ocupa realmente el amor en nuestras decisiones y qué gesto concreto puede hacer más visible el Evangelio allí donde vivimos.
Desde la fe: Pedir a Dios un corazón cada vez más unificado, capaz de amarle también en las decisiones sencillas de cada día.
Desde la esperanza: Confiar en que el amor puede seguir creciendo en nosotros y transformar nuestras relaciones.
Desde la caridad: Elegir un gesto concreto de cuidado, escucha o cercanía hacia alguien que necesite sentirse acompañado.
