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IV Domingo de Pascua (Juan 10, 1-10). El Buen Pastor

Jesús se presenta hoy como la puerta por la que la vida encuentra su verdadero paso. Su voz conduce con ternura, conoce el corazón de cada uno y abre un camino de confianza para quienes desean vivir en verdad. En medio de tantas voces que reclaman atención, su palabra llega con una claridad serena, capaz de traer paz, orientación y descanso. Él entra en la historia concreta de cada persona, en sus búsquedas, en sus cansancios, en sus anhelos más hondos, y ofrece un acceso nuevo a la vida plena. Con Él, el alma descubre un espacio seguro, una casa interior, una libertad que ensancha y sostiene.

Esta Pascua nos invita a escuchar esa voz cercana que llama por nuestro nombre y despierta lo mejor de nosotros. Cristo resucitado guía con amor, acompaña con paciencia y lleva hacia praderas donde el corazón puede alimentarse de sentido, de consuelo y de alegría. Su presencia regala una vida abundante, tejida de relación, de verdad y de esperanza. Quien acoge su paso aprende también a cuidar la vida de los demás, a custodiar su dignidad y a abrir caminos de humanidad. En la imagen de la puerta hay una promesa hermosa: en Jesús siempre hay acceso, acogida y horizonte. Cada vez que volvemos a Él, encontramos luz para discernir, fuerza para caminar y un amor fiel que sostiene nuestra historia entera.

Desde la fe: Acerquémonos a Jesús con confianza y dejemos que su voz ilumine nuestros pasos.

Desde la esperanza: Vivamos con la certeza de que en Cristo siempre hay una puerta abierta hacia la vida abundante.

Desde la caridad: Procuremos ser para los demás: presencia que acoge, orienta y protege con ternura.