La Iglesia celebrará el domingo 26 de julio la VI Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores con el lema «Yo no te olvidaré» (Is 49,15), elegido por el Papa León XIV. La celebración, en la memoria de los santos Joaquín y Ana, invita a las familias, parroquias y comunidades a reconocer a los mayores como una bendición y a llevar consuelo a quienes viven solos o se sienten olvidados.
«Yo no te olvidaré»: la memoria que nos sostiene
Hay una imagen que muchos llevamos guardada sin darnos cuenta, la de una mano arrugada que sostenía la nuestra mientras aprendíamos a persignarnos, o la de una voz cansada que repetía cada noche las mismas oraciones hasta que se nos quedaron grabadas para siempre. Cuando la Iglesia celebra este 26 de julio a San Joaquín y Santa Ana, los abuelos de Jesús, está celebrando en realidad algo que todos reconocemos en nuestra propia historia, porque casi ningún camino de fe empieza solos, casi siempre hay alguien mayor que nos lo entrega ya masticado, ya vivido, ya convertido en costumbre amorosa antes de que nosotros supiéramos ponerle nombre.
La fe que se aprende en el regazo
Este año la Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores nos regala una frase que suena a promesa antigua y a la vez muy actual, «yo no te olvidaré», tomada del profeta Isaías. Y pensando en ella me viene a la cabeza que quizá esa es justamente la misión silenciosa que muchos abuelos han cumplido durante toda su vida sin saber que la estaban cumpliendo, no dejar que se olvide lo esencial, sostener la memoria de la fe cuando todo alrededor invita a la prisa y al olvido. La fe que muchos llevamos dentro tiene ese origen, esas tardes de rosario compartido, esas historias del Evangelio contadas como si fueran cuentos de familia.
Rostros concretos en nuestra parroquia
En nuestra parroquia esto tiene rostros muy concretos, tiene el rostro de quienes forman parte de Vida Ascendente y siguen queriendo aprender, orar y compartir la Palabra aunque ya hayan vivido más años de los que les quedan por vivir. Tiene el rostro de tantas personas mayores que dedican su tiempo a la pastoral de la salud, visitando enfermos, acompañando a quienes están solos, llevando la Eucaristía a quien ya no puede venir a buscarla. Y tiene también el rostro de aquellos que cada año se suman con ilusión a los juegos intergeneracionales que organiza la cofradía de Santiago, dejando que sus nietos les tomen el pelo mientras juegan, construyendo sin darse cuenta ese puente entre generaciones que tanta falta nos hace hoy.
Una fidelidad que ya no necesita demostrar nada
Y luego está esa presencia constante en la misa de cada domingo, esas filas siempre llenas de canas, esa fidelidad tranquila que ya no necesita demostrar nada porque lleva toda una vida demostrándolo. A veces creo que no somos del todo conscientes de lo que significa que la fe de un niño haya nacido casi siempre en el regazo de un abuelo. Por eso este día no es solo un homenaje bonito, es también un examen de conciencia para toda la Iglesia, porque una comunidad que deja de mirar a sus mayores como parte viva de su presente está perdiendo, sin saberlo, una de sus raíces más fuertes.
Una promesa que seguimos haciendo nuestra
Que este 26 de julio nos sirva para decirles, con la misma ternura con que Dios se lo dice a su pueblo, que no los olvidamos, que su fe sigue siendo semilla en la nuestra, y que la Iglesia los sigue necesitando tanto como el primer día.
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