El pasado 7 de marzo la parroquia vivió una jornada de retiro de Cuaresma guiada por nuestro párroco, D. Luis Murillo, bajo el título “Mis tierras prometidas”. A lo largo del día se nos invitó a recorrer un camino interior inspirado en la experiencia bíblica del pueblo de Israel y en distintas escenas del Evangelio, con una pregunta que atravesó toda la reflexión: ¿de qué Egipto quiere sacarme Dios y hacia qué tierra me está conduciendo?
La vida creyente se parece muchas veces a ese itinerario que aparece en la Biblia: salir, atravesar el desierto, caminar entre incertidumbres y promesas. Todos, de una u otra manera, buscamos una “tierra prometida”, un lugar de plenitud o de descanso para el corazón. Sin embargo, el retiro nos ayudó a reconocer que no siempre lo que imaginamos como nuestra tierra prometida coincide con la promesa de Dios.
Abraham y la promesa: salir porque Dios llama
El primer momento del retiro nos llevó a contemplar la figura de Abraham, llamado por Dios a abandonar su tierra sin saber con exactitud a dónde sería conducido. Abraham se pone en camino confiando únicamente en la palabra que ha escuchado. No dispone de seguridades ni de un plan perfectamente trazado, pero se fía de la promesa. Su historia recuerda que hay salidas que nacen de una llamada y otras que nacen solo del impulso personal. Externamente pueden parecer decisiones parecidas, pero la raíz es distinta: en un caso el camino se apoya en la confianza en Dios, y en el otro en la autosuficiencia.
En busca de la herencia: cuando uno sale buscándose a sí mismo
El segundo momento del retiro se centró en la parábola del hijo pródigo, donde también aparece una salida, aunque de signo muy diferente. El hijo pide su herencia y se marcha convencido de que la libertad consiste en vivir lejos del padre. Sin embargo, el Evangelio muestra cómo esa búsqueda acaba conduciéndolo al vacío. A partir de esta escena surgió una reflexión muy cercana a la experiencia humana: muchas veces perseguimos nuestras propias “tierras prometidas”, proyectos o metas que creemos que nos darán plenitud, pero que en realidad pueden convertirse en espejismos cuando nacen de heridas interiores o de deseos de afirmación. La parábola, sin embargo, no termina en el fracaso del hijo, sino en la imagen de un Padre que espera y que acoge cuando el camino se reorienta.
La nueva tierra prometida: el Reino de Dios
En el tercer momento la mirada se abrió a la novedad que trae Jesús cuando anuncia que el Reino de Dios está cerca. Con Él, la tierra prometida deja de entenderse solo como un lugar al que llegar y pasa a ser una realidad que comienza dentro del corazón. Allí donde se vive el Evangelio, allí donde se perdona, se sirve, se acoge y se confía en Dios, el Reino empieza a hacerse presente. De este modo la promesa se transforma en una forma de vida donde el centro ya no es uno mismo, sino la presencia de Dios que actúa.
Una promesa que sigue en pie
El retiro concluyó recordando que la promesa de Dios sigue abierta y que nuestro camino continúa. La verdadera tierra prometida comienza allí donde el corazón aprende a decir, con sencillez y confianza: “Reina Tú, Señor”.
Compartimos también este testimonio:
Este sábado fui al retiro de Cuaresma. Cada año lo espero con muchas ganas, con ese deseo de dejarme llenar de nuevo por Dios, de encontrar lo que mi corazón necesita para seguir adelante. Pensé que sería un día más, pero no… fue un día distinto, un día en el que sentí que el Señor me hablaba directamente al corazón.
El P. Luis nos habló de “Mis tierras prometidas”, y desde ese momento sentí que Dios me invitaba a comenzar de nuevo mi camino esta Cuaresma. Me di cuenta de que mi búsqueda no va tanto hacia lo que yo quiero alcanzar, sino hacia lo que Dios me promete. Y entendí que, aunque a veces me desvío, Él nunca deja de acompañarme. Es como ese GPS paciente que recalcula mi rumbo cada vez que me pierdo. En ese rato de silencio que tuvimos después, me paré a pensar en los altares que puedo levantar hoy como signo de gratitud: personas, momentos, detalles por los que dar gracias. Al ponerles nombre, me di cuenta de cuánto me ha cuidado Dios, incluso en los días más grises.
En el segundo momento del retiro, reflexionamos sobre si vivo como Abraham, que dice “hagamos”, o como el hijo pródigo, que dice “hago”. De ahí me quedé con dos palabras que me siguen resonando: suelo y mirada. Suelo, para no perder contacto con lo que soy y con la realidad. Mirada, para no quedarme encerrada en mí, sino mirar hacia el Señor, hacia ese horizonte que no deja de esperarme. Otra vez sentí que siempre hay un Padre que me ve venir y sale a mi encuentro… y eso me conmovió profundamente.
Después de compartir la comida y reír un rato con los demás, tuvimos el tercer momento. Allí sentí algo muy fuerte: que el Reino de Dios no está lejos ni es algo que tengo que alcanzar, sino que ya está dentro de mí. Que no soy yo quien gobierna mi vida, sino el Señor, si lo dejo entrar. Sentí paz, y una confianza muy grande.
Terminamos el día con una Eucaristía compartida. Fue el mejor cierre posible, mirar alrededor y ver a la comunidad reunida, sentirnos uno, y reconocer al Señor presente en cada gesto, en ese Pan que nos une. En ese momento comprendí que la Tierra Prometida no está al final del camino, sino que empieza cuando dejo a Dios caminar conmigo.
