Esta Semana Santa ha permanecido entre nosotros con un ritmo hondo, familiar, reconocible, como esas realidades que se graban en el alma porque llevan dentro algo verdadero. Al volver la mirada sobre estos días, percibimos algo más grande que una sucesión de actos, más hondo que un calendario litúrgico bien cumplido. Percibimos una comunidad que ha respirado unida, que ha dejado acompasar su paso por la oración de la Iglesia, que ha entrado poco a poco en el corazón del misterio hasta llegar a esa noche santa en la que todo se ilumina desde Cristo vivo. Queda en nosotros la certeza de haber caminado juntos por una misma hondura, sostenidos por una liturgia sencilla, recogida, verdadera, de esas que permiten a una parroquia reconocerse a sí misma cuando se reúne ante el Señor y descubre que su identidad más profunda brota precisamente ahí, en el hecho de rezar como pueblo, de esperar como pueblo, de alegrarse como pueblo.
Todo comenzó en la Plaza de la Estación, bajo la luz abierta del Domingo de Ramos, con esa belleza humilde que tiene la fe cuando sale a la calle y toma su forma más cercana. Ver a la comunidad ponerse en camino detrás de Cristo, entre calles de siempre, entre familias, mayores, niños, fieles que avanzaban compartiendo espacio y celebración, tuvo una fuerza serena y luminosa. La procesión y la bendición de los ramos devolvieron a nuestra fe un rostro visible, encarnado, próximo, capaz de habitar la vida cotidiana sin artificio. Entramos en el templo llevando en el corazón una alegría que ya guardaba una gravedad fecunda, porque la Iglesia sabe celebrar con hondura y sabe también que cada hosanna verdadero lleva dentro una entrega que madura.
El Jueves Santo nos reunió desde la mañana alrededor de la oración de Laudes, como quien dispone el corazón para entrar en una hora decisiva. Ese gesto inicial marcó el tono del día y, en cierto modo, de toda la semana, porque cada jornada fue naciendo desde la oración, desde un centro interior que dio forma a todo lo demás. Por la tarde, la Misa de la Cena del Señor volvió a colocarnos ante el núcleo vivo de nuestra fe: Cristo que se da, Cristo que permanece, Cristo que hace de su entrega presencia y de su presencia alimento. Allí estuvo el corazón del día, latiendo en la Eucaristía con esa fuerza callada que sostiene la vida de la Iglesia. Más tarde, la Hora Santa nos llevó al silencio, a la vela encendida, al monumento preparado con sobriedad, al aprendizaje siempre nuevo de permanecer. Hay momentos en los que una comunidad entiende mucho sin necesidad de abundantes palabras, y aquella noche tuvo justamente esa densidad serena de la adoración verdadera, esa hondura que enseña a acompañar al Señor con la sola ofrenda de la presencia.
El Viernes Santo volvió a regalarnos la oración de laudes, y esa continuidad fue dando a estos días una consistencia interior muy hermosa, como si cada amanecer nos recordara desde dónde queríamos vivirlo todo. Después llegó el Vía Crucis desde El Enebral, más interior, más despojado, y la parroquia se puso otra vez en camino, esta vez con el alma recogida en el seguimiento del Crucificado. Más tarde, la celebración de la Pasión del Señor reunió a la comunidad en un clima de escucha, veneración y gravedad creyente que alcanzó una intensidad especial en la oración de la noche ante la cruz. Hubo silencios que pesaban y al mismo tiempo sostenían, gestos que hablaban con una elocuencia limpia, una disposición común que abrió espacio a lo esencial. En momentos así, comprendemos que la fe toca su mayor verdad cuando el corazón aprende a permanecer delante del amor entregado.
También el Sábado Santo amaneció con Laudes, guardando ese tono contenido de la Iglesia que espera junto al sepulcro con una esperanza recogida, madura, silenciosa. Y precisamente por ese itinerario interior, la Vigilia Pascual resplandeció con toda su fuerza. A las nueve de la noche volvimos a reunirnos para entrar en la celebración más grande del año, y el paso de la oscuridad a la luz, la proclamación de la historia de la salvación, el canto pascual, la alegría que primero tiembla y luego se desborda al ritmo de las campanas, hicieron visible que la Pascua se recibe como don después de haber caminado con el Señor. Allí todo quedó recapitulado en una certeza que llena de vida nuestra historia concreta: Cristo vive, y su victoria alcanza también nuestras heridas, nuestras búsquedas, nuestros días sencillos.
Queda la gratitud a Dios por tanto, gratitud por lo vivido, por la presencia fiel de tantos, por el cuidado de los espacios, por cada gesto discreto que ha sostenido la belleza de estos días. Con especial cariño damos gracias por Carmen, nuestra sacristana cuya entrega constante sostiene en silencio la vida parroquial, y por los seminaristas Jaime y Javier, que han compartido con nosotros la oración, el servicio y la cercanía. Así se edifica una comunidad, desde manos fieles, desde corazones disponibles, desde una fe que se hace concreta y visible. Y así seguimos adelante, con el alma encendida, sabiendo que cuanto hemos celebrado sigue ahora su curso en la vida, porque la Pascua verdadera siempre abre camino y siempre nos llama a vivir de otra manera.
Puedes ver algunas fotos de estos días de semana santa en el album parroquial de flickr:

