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Semana Santa 2026

Esta Semana Santa ha permanecido entre nosotros con un ritmo hondo, familiar, reconocible, como esas realidades que se graban en el alma porque llevan dentro algo verdadero. Al volver la mirada sobre estos días, percibimos algo más grande que una sucesión de actos, más hondo que un calendario litúrgico bien cumplido. Percibimos una comunidad que ha respirado unida, que ha dejado acompasar su paso por la oración de la Iglesia, que ha entrado poco a poco en el corazón del misterio hasta llegar a esa noche santa en la que todo se ilumina desde Cristo vivo. Queda en nosotros la certeza de haber caminado juntos por una misma hondura, sostenidos por una liturgia sencilla, recogida, verdadera, de esas que permiten a una parroquia reconocerse a sí misma cuando se reúne ante el Señor y descubre que su identidad más profunda brota precisamente ahí, en el hecho de rezar como pueblo, de esperar como pueblo, de alegrarse como pueblo.

Todo comenzó en la Plaza de la Estación, bajo la luz abierta del Domingo de Ramos, con esa belleza humilde que tiene la fe cuando sale a la calle y toma su forma más cercana. Ver a la comunidad ponerse en camino detrás de Cristo, entre calles de siempre, entre familias, mayores, niños, fieles que avanzaban compartiendo espacio y celebración, tuvo una fuerza serena y luminosa. La procesión y la bendición de los ramos devolvieron a nuestra fe un rostro visible, encarnado, próximo, capaz de habitar la vida cotidiana sin artificio. Entramos en el templo llevando en el corazón una alegría que ya guardaba una gravedad fecunda, porque la Iglesia sabe celebrar con hondura y sabe también que cada hosanna verdadero lleva dentro una entrega que madura.

El Jueves Santo nos reunió desde la mañana alrededor de la oración de Laudes, como quien dispone el corazón para entrar en una hora decisiva. Ese gesto inicial marcó el tono del día y, en cierto modo, de toda la semana, porque cada jornada fue naciendo desde la oración, desde un centro interior que dio forma a todo lo demás. Por la tarde, la Misa de la Cena del Señor volvió a colocarnos ante el núcleo vivo de nuestra fe: Cristo que se da, Cristo que permanece, Cristo que hace de su entrega presencia y de su presencia alimento. Allí estuvo el corazón del día, latiendo en la Eucaristía con esa fuerza callada que sostiene la vida de la Iglesia. Más tarde, la Hora Santa nos llevó al silencio, a la vela encendida, al monumento preparado con sobriedad, al aprendizaje siempre nuevo de permanecer. Hay momentos en los que una comunidad entiende mucho sin necesidad de abundantes palabras, y aquella noche tuvo justamente esa densidad serena de la adoración verdadera, esa hondura que enseña a acompañar al Señor con la sola ofrenda de la presencia.

El Viernes Santo volvió a regalarnos la oración de laudes, y esa continuidad fue dando a estos días una consistencia interior muy hermosa, como si cada amanecer nos recordara desde dónde queríamos vivirlo todo. Después llegó el Vía Crucis desde El Enebral, más interior, más despojado, y la parroquia se puso otra vez en camino, esta vez con el alma recogida en el seguimiento del Crucificado. Más tarde, la celebración de la Pasión del Señor reunió a la comunidad en un clima de escucha, veneración y gravedad creyente que alcanzó una intensidad especial en la oración de la noche ante la cruz. Hubo silencios que pesaban y al mismo tiempo sostenían, gestos que hablaban con una elocuencia limpia, una disposición común que abrió espacio a lo esencial. En momentos así, comprendemos que la fe toca su mayor verdad cuando el corazón aprende a permanecer delante del amor entregado.

También el Sábado Santo amaneció con Laudes, guardando ese tono contenido de la Iglesia que espera junto al sepulcro con una esperanza recogida, madura, silenciosa. Y precisamente por ese itinerario interior, la Vigilia Pascual resplandeció con toda su fuerza. A las nueve de la noche volvimos a reunirnos para entrar en la celebración más grande del año, y el paso de la oscuridad a la luz, la proclamación de la historia de la salvación, el canto pascual, la alegría que primero tiembla y luego se desborda al ritmo de las campanas, hicieron visible que la Pascua se recibe como don después de haber caminado con el Señor. Allí todo quedó recapitulado en una certeza que llena de vida nuestra historia concreta: Cristo vive, y su victoria alcanza también nuestras heridas, nuestras búsquedas, nuestros días sencillos.

Queda la gratitud a Dios por tanto, gratitud por lo vivido, por la presencia fiel de tantos, por el cuidado de los espacios, por cada gesto discreto que ha sostenido la belleza de estos días. Con especial cariño damos gracias por Carmen, nuestra sacristana cuya entrega constante sostiene en silencio la vida parroquial, y por los seminaristas Jaime y Javier, que han compartido con nosotros la oración, el servicio y la cercanía. Así se edifica una comunidad, desde manos fieles, desde corazones disponibles, desde una fe que se hace concreta y visible. Y así seguimos adelante, con el alma encendida, sabiendo que cuanto hemos celebrado sigue ahora su curso en la vida, porque la Pascua verdadera siempre abre camino y siempre nos llama a vivir de otra manera.

Puedes ver algunas fotos de estos días de semana santa en el album parroquial de flickr:

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Semana Santa: una semana que lo cambia todo por dentro

Iniciamos la Semana Santa como comunidad parroquial con el alma despierta y el corazón dispuesto, sabiendo que estos días santos abren ante nosotros un camino de hondura, de verdad y de gracia, un camino que toca la vida entera y la conduce hacia su centro, allí donde Cristo se entrega, permanece, sostiene, espera y vence. Entramos juntos en este tiempo grande de la fe con los ojos puestos en Jesús, con memoria agradecida, con deseo de conversión y con esa sed interior que tantas veces llevamos en silencio y que encuentra en Él su fuente más limpia, más honda y más verdadera. Cada celebración será una puerta abierta, una llamada, una luz encendida en medio de nuestra historia, porque la Semana Santa jamás transcurre por fuera de nosotros: pasa por la carne herida del mundo, por nuestras búsquedas, por nuestras lágrimas, por nuestros cansancios, por nuestras esperanzas, y allí mismo deja la huella viva del amor de Dios.

Domingo de Ramos

Hoy proclamamos con los ramos y con el corazón que Cristo es Rey, y su realeza trae paz, justicia y amor. Su entrada en Jerusalén despierta en nosotros una alegría limpia, una alegría que brota de reconocer que Dios viene a nuestro encuentro con mansedumbre, con firmeza, con una belleza que desarma toda dureza. Con nuestros cantos y nuestros ramos queremos decirle que deseamos abrirle la puerta de la vida, de la casa, de la comunidad, de cada rincón donde haga falta su presencia. Hoy la Iglesia entera alza la voz para confesar que Jesús merece el centro, porque su señorío jamás aplasta, siempre levanta; jamás domina, siempre dignifica; jamás enfría, siempre enciende.

Jueves Santo

Celebrar la última cena de Jesús es celebrar el amor fraterno, la Eucaristía y el sacerdocio ministerial como dones preciosos que siguen alimentando la vida de la Iglesia. Esta tarde santa nos reúne alrededor de la mesa donde el Maestro parte el pan, ofrece el cáliz y se queda para siempre como presencia real, cercana, ardiente y fiel. En ese gesto santo aprendemos que amar de verdad significa darse, servir, permanecer, lavar los pies de la humanidad herida y hacer de la propia vida una ofrenda. Hoy damos gracias por los sacerdotes, llamados a hacer visible en medio del pueblo ese amor de Cristo que acompaña, alimenta y guía. Hoy adoramos la Eucaristía con asombro, porque Dios ha querido quedarse con nosotros como pan vivo para el camino.

Viernes Santo

Hoy levantamos la mirada hacia la cruz y contemplamos cuánto amor cabe en ese madero santo. Cristo entregó la vida por cada uno de nosotros, abrió los brazos para abrazarnos, perdonarnos y salvarnos. La cruz revela un amor llevado hasta el extremo, un amor que entra en el sufrimiento humano y lo habita con una ternura inmensa. Hoy permanecemos junto a Jesús con reverencia, con gratitud, con el corazón conmovido, dejando que su entrega penetre nuestras resistencias y cure nuestras heridas más hondas. En la cruz resplandece una fuerza que transforma la historia desde dentro y que sigue pronunciando sobre cada vida una palabra de misericordia.

Sábado Santo

Hoy la Iglesia guarda silencio, y ese silencio es fértil, está lleno de esperanza, como la tierra que custodia la semilla en espera de la vida nueva. Es un día para permanecer, para velar, para dejarnos sostener por la promesa de Dios cuando todo parece detenido. También es un día para acompañar a María, Madre que espera la resurrección de su Hijo con fidelidad serena, con amor íntegro, con esa fortaleza silenciosa que enseña a creer cuando el corazón atraviesa la noche. Junto a ella aprendemos a esperar con fe madura, con una esperanza que respira profundidad y confianza.

Vigilia Pascual

Y llega la noche santa en la que estalla la alegría más grande: ¡el Señor ha resucitado! ¡Aleluya! La luz vence, la vida florece, la esperanza se levanta, y la Iglesia canta porque Cristo vive para siempre. Esta es la noche que renueva el mundo, la noche que recuerda a cada corazón que la última palabra pertenece a Dios y lleva nombre de vida. Caminemos, pues, como comunidad pascual, con el alma encendida, con la fe fortalecida y con la certeza luminosa de que Cristo resucitado sigue haciendo nuevas todas las cosas.

 

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Sábado Santo – El silencio que sostiene

“Es bueno esperar en silencio la salvación de nuestro Dios” (Lm 3,25)

Solo quien sabe esperar, saborea la alegría de la Gran Promesa.
Hoy es un día de silencio interior, de silencio en el corazón. Un silencio sonoro, cargado de sentido, que nos remite a la espera de la Vida.
¡Cuánta falta nos hace guardar silencio mientras esperamos!

Acallar la mente que nos aturde con sus silbidos de malos presagios.

Acallar la mente que nos desanima con pensamientos tristes.

Acallar la mente que a veces imagina escenarios desoladores.

Hoy es día de esperar, de confiar, de atender los atisbos de vida que, como renuevos, brotan a nuestro alrededor.

En este silencio, acompañemos a María, la Madre. Ella supo muy bien lo que era guardar todas las cosas en su corazón. Nadie más que ella esperaba, en la hondura de su alma, el Gran Día de la Resurrección.

María, Madre de la esperanza, del consuelo, del corazón traspasado.
Madre de la confianza. Mujer nueva que apostó por el proyecto de su Hijo, y sabía muy bien que no quedaría defraudada.

Madre, enséñanos a no desesperar, a fiarnos de Él cada minuto de nuestra vida.
No permitas que el pesimismo se apodere de nosotros.

Levanta nuestra mirada, no ya hacia el Calvario, sino hacia el horizonte que promete el Sol que nace de lo alto.

Gracias, María, mujer silenciosa, discípula de Jesús.

P. Luis Murillo

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Viernes Santo – Amor sin medida

Ante la muerte se guarda silencio, respeto y dolor. También agradecimiento por tanto amor en la cruz. En aquella cruz se abrieron los brazos para decirnos cuánto nos ama, cuánto valemos, cuánto estaba dispuesto a darnos con tal que entendiéramos en nuestro corazón que hay un mundo diferente, y que luchar por él vale la pena.

Hoy la Iglesia calla. No celebra la Eucaristía. Solo contempla. Acompaña. Adora. Solo se escucha el latido del Amor que no se guardó nada.

Ante esa cruz, hoy, como aquel buen ladrón, quizás nuestros reinos se han venido abajo, todo aquello que planificamos en la vida. Y por eso, resuena su súplica: “Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”.

Sí, nuestros reinos quizás han fracasado, los planes no salieron como lo teníamos pensado, construimos castillos y sueños que quedaron en poco o nada. Es hora de pedir que sea su Reino, que no tiene fin, el que se construya en nosotros. No pongamos nuestra mirada en lo efímero, sino en lo que permanece, como lo es su Amor.

“Mirarán al que traspasaron”, profetizó Isaías. Que nuestra mirada se pose sobre los traspasados por la injusticia, por la pobreza, por la soledad, por la enfermedad, por todo aquello que da muerte a nuestro alrededor. Pero que sea una mirada esperanzada, porque la resurrección es el horizonte. No tengamos una mirada con lamento, sino con esperanza, que es el ancla de la fe.

Hoy nos postramos ante la cruz, no por amor al sufrimiento, sino por amor a Aquel que en ella nos amó hasta el extremo.

Anunciemos el amor que Dios nos ha tenido en la cruz, y seamos de los que, cada día, abramos los brazos para compartirlo con quien lo necesite.

P. Luis Murillo

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Jueves Santo – Día del Amor Fraterno

En este día del “Amor Fraterno” celebramos la mesa común de la que participamos los cristianos. Mesa de la ternura de Dios hecho Eucaristía. Como decía san Francisco: “lo que más me asombra no es que el pan se convierta en Jesús, sino que Jesús se haga pan”. Jesús se hace sencillo, cotidiano, accesible a todos. Es el banquete de la acción de gracias por antonomasia.

Jesús nos deja tres gestos que hablan de su amor sin medida: parte el pan y se da, se arrodilla para lavar los pies, y reza con lágrimas ante el Padre. Así nos muestra que amar es entregarse, servir y permanecer.

Dejar también que Jesús nos lave los pies. Pies que han recorrido sitios que nos alejaron de Él, pies que nos llevaron a lugares de los que venimos de regreso con el cansancio cotidiano, pies que narran caminos de búsqueda de éxitos y senderos donde, sin querer, nos hemos perdido. Pies cansados por servir a los demás con amor y cariño. Pies que marcan decisiones vitales más o menos acertadas. Dejemos que Jesús renueve nuestros andares por la vida.

Era la Pascua judía, día de la liberación. Para nosotros, los cristianos, es la liberación de toda atadura que nos impide ser hermanos, que nos impide adorar a un mismo Dios hecho Eucaristía. También es el día del sacerdocio ministerial, instituido por Jesucristo. Un día para dar gracias y pedir por los sacerdotes de todo el mundo, especialmente por aquellos que acompañan, sirven y entregan su vida silenciosamente.

Finalmente, el Huerto de Getsemaní se nos hace presencia. Acompañamos a Jesús en su dolor de aquella noche. Hoy también le acompañamos en las noches de dolor de tantas personas solas, enfermas, angustiadas por la vida. Que nuestra oración de esta noche sea consuelo para quienes, como Él, atraviesan la oscuridad.

Que, al terminar este día, nuestros pies estén más ligeros para servir, nuestras manos más abiertas para acoger, y nuestro corazón más dispuesto a amar como Él nos ama.

P. Luis Murillo

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Lunes, martes y miércoles santos: pasos callados hacia la entrega

Hay caminos que no se recorren deprisa. Hay días que no se entienden con la razón, sino con el corazón. Al llegar al umbral del Triduo Pascual, la liturgia nos invita a entrar descalzos, con la mirada atenta y el alma dispuesta. Son días de quietud interior, donde todo parece hablar más bajo para que algo profundo en nosotros pueda despertar.

Lunes, martes y miércoles santo no son un simple paso previo hacia lo grande, sino un tiempo en el que Dios se revela en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo que parece secundario. Son días en los que se derrama un perfume, se comparte una mesa, se parte un pan. Días en los que el Evangelio se vuelve casa, se hace gesto, se queda.

Una casa que huele a ternura

Hay gestos que no se olvidan. María rompe el frasco de perfume y unge los pies de Jesús con una delicadeza que no se explica, solo se contempla. No hay palabras largas, solo una presencia que se vuelca sin medida. El perfume inunda la casa, como si la ternura pudiera respirarse. A veces, la fe se expresa así: en actos que no buscan ser comprendidos, solo amados. Cada lunes santo, este Evangelio nos susurra al oído que el amor no siempre es útil, pero siempre es fecundo. Nos invita a detenernos, a mirar lo que nos mueve por dentro, a preguntarnos qué fragancia dejamos a nuestro paso. Tal vez hemos olvidado que el corazón también necesita un hogar donde ser acogido, donde pueda derramarse sin miedo.

Miradas que conocen la herida

El martes santo se abre con una mesa compartida y un silencio espeso. Jesús habla de traición, pero no desde la sospecha, sino desde una compasión que ya ha llorado por dentro. No hay acusación en su voz, solo una hondura que reconoce la fragilidad humana. Pedro quiere adelantarse, quiere prometer, asegurar, mantenerse fuerte. Y Jesús lo mira con ternura: “Antes de que cante el gallo…”. Cuántas veces prometemos fidelidad sin medir el temblor de nuestras propias palabras. Este Evangelio nos abraza tal como somos, sin disfraces ni exigencias. Nos recuerda que Jesús no espera perfección, sino verdad. Que no se escandaliza de nuestras sombras, porque ya ha decidido amarnos desde dentro.

Manos que ofrecen el pan de la libertad

En el miércoles santo, las palabras de Mateo nos colocan de nuevo frente a la mesa. Judas vende a Jesús por unas monedas, pero la escena no se congela en la traición. El Maestro sigue partiendo el pan, sigue extendiendo la mano. Cada uno de nosotros ha estado ahí alguna vez, tanteando caminos que prometen y no sostienen. Sin embargo, en esa mesa sigue habiendo sitio. No se nos excluye del banquete aunque hayamos fallado, porque la Pascua comienza justo ahí, en medio de lo incompleto. Este día nos enseña que el amor no se retira, incluso cuando duele. Que la entrega no se negocia, porque nace del deseo profundo de que todos tengan vida.

Un paso más…

Estos tres días abren el corazón al Triduo como quien cruza un umbral sagrado. No se trata de entenderlo todo, sino de dejarse tocar por lo que sucede. El perfume, las miradas, el pan compartido… todo nos prepara para vivir el amor que se queda cuando otros se van. Porque el Evangelio no se explica: se experimenta. Y en este camino, no caminamos solos.

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Pre Pascua 2024 Confirmación

El martes 26 de marzo, los jóvenes de confirmación, junto con sus catequistas y el Padre Alejandro, nos reunimos en el Colegio Santísima Trinidad (gracias a la comunidad de hermanas y a Sor Carmen por cedernos sus instalaciones y estar pendientes de nosotros), para dar sentido al Triduo Pascual que vamos a vivir esta Semana Santa.

Comenzamos nuestro encuentro con una oración donde recordamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén el Domingo de Ramos🌿, creando nuestro propio ramo para alabar y bendecir al Señor y comprometiéndonos de manera concreta a esa alabanza.

Vivíamos el Jueves Santo desde el Amor fraterno ♥, el servicio y la entrega con humildad. El día del amor puesto a prueba, el dar de nosotros sin esperar nada a cambio. A través de unos testimonios y de un video (cadena de favores infinita) reflexionamos sobre las distintas experiencias de dar amor, de entregar lo que somos y tenemos, de kas dificultades y por supuesto de las alegrías de esta entrega generosa. Proponiendo como reto, el hacer algo por alguien en concreto, sin esperar nada a cambio.

Para rememorar el Viernes Santoacompañamos a Jesús en el camino al calvario con un Vía Crucis, pasar por el corazón el camino hacia la Cruz, donde fuimos rezando, reflexionando, en cada estación, se trata de reconocer como ese sufrimiento de Jesus sigue presente hoy. En nosotros mismos y en mucha otra gente. Y ver cómo podemos ser, cirineos, es decir, cómo podemos aligerar el peso de esa carga.

Ahora nos tocaba comer y descansar, jugando y haciendo comunidad.

Para llegar al Sábado Santo 🙏🏽acompañando a María en su soledad, con un desierto donde rezamos con los siete dolores de María. En un ambiente de silencio y oración y teniendo a nuestra disposición el sacramento de la Reconciliación, la Virgen Maria nos acompaña y nos da la fuerza necesaria para enfrentar las adversidades y seguir ante cualquier situación de dolor.

Y para terminar nuestro día nos contaron todo lo que vamos a celebrar en la Vigilia Pascual 🕯celebración que da sentido a nuestra Fe.

Y compartimos, junto a las familias, la Eucaristía, acción de Gracias a Dios.

Os invitamos a todos a vivir esta Semana Santa acompañando a Jesús participando de todas las celebraciones.

👉Para ver algunas fotos del encuentro haz clic en la siguiente imagen

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Semana Santa

Nos adentramos en una semana de profunda devoción y significado, donde cada día nos sumerge más en la esencia misma de nuestra fe: la Semana Santa. Este año, nos acompaña el lema «Hacia la vida», una guía para reflexionar sobre el camino que nos conduce hacia la plenitud y la esperanza que emana de estos días santos.

Comenzamos con el Domingo de Ramos, reviviendo con fervor la entrada triunfal de nuestro Salvador en Jerusalén, aclamado con hosannas y palmas. Es un llamado a mantener la humildad y la fe, incluso en medio de los momentos más gloriosos de nuestra vida espiritual.

El Lunes Santo nos invita a contemplar el amor desbordante de María al ungir los pies de Jesús con perfume costoso, recordándonos el valor de expresar nuestro amor y gratitud a Dios con acciones concretas en nuestro día a día.

El Martes Santo nos lleva a reflexionar sobre la confesión y negación de Pedro, recordándonos la importancia de fortalecer nuestra fe y fidelidad a través de la oración y la entrega sincera a Dios.

El Miércoles Santo nos sumerge en la reflexión sobre la traición de Judas, una oportunidad para examinar nuestras propias lealtades y compromisos con Dios, renovando nuestro compromiso con los valores del Evangelio y el amor fraterno.

El Jueves Santo conmemoramos la Última Cena, donde Jesús instituyó la Eucaristía y el sacerdocio, y nos dio el ejemplo del lavatorio de los pies como acto de humildad y servicio. Es un recordatorio conmovedor de la importancia del servicio desinteresado y la comunión fraterna en nuestra vida cristiana.

Llegamos al Viernes Santo, día de profunda reflexión y recogimiento, en el que contemplamos el sacrificio supremo de Jesús en la cruz por nuestra salvación. Es un momento para sumergirnos en la gracia del perdón y renovar nuestra esperanza en la vida eterna que nos promete la Resurrección.

Finalmente, el Sábado Santo, de la mano de María, nos sumerge en la espera expectante de la Vigilia Pascual, donde aguardamos con anhelo la luz de Cristo que rompe las tinieblas de la muerte y nos ofrece la promesa de vida nueva.

En cada uno de estos días, nos encontramos con la oportunidad de renovar nuestra fe, fortalecer nuestra relación con Dios y vivir con pasión el misterio pascual de nuestra salvación. Que esta Semana Santa nos llene de fervor y devoción, renovando nuestro compromiso con el amor redentor de Cristo y la esperanza de su gloriosa Resurrección.

¡Que cada momento nos acerque más a la luz eterna que nos aguarda! ¡Buena Semana Santa!

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