El tema del tercero Encuentro Cuaresmal dedicado a «Cuidar la Familia en el Año Familia Amoris Laetitia» ha sido «Un servicio impagable».

Presentamos el texto para reflexionar.

Comenzamos rezando

Cada mañana vuelve a salir el sol y renace la vida en la tierra. La Iglesia ha visto, en el sol que vuelve a brillar, la imagen de Jesucristo resucitado, que cada día renueva nuestra alegría. Comenzamos estos momentos de oración cuaresmal con un himno a Jesucristo resucitado, esposo de la Iglesia, que sostiene la vida y la alegría de nuestras familias, y, a través de ellas, quiere inundar de gozo este mundo, a veces triste, en el que vivimos:

Cristo,
alegría del mundo,
resplandor de la gloria del Padre.
¡Bendita la mañana
que anuncia tu esplendor al universo!

En el día primero,
tu resurrección alegraba el corazón del Padre.
En el día primero,
vio que todas las cosas eran buenas porque participaban de tu gloria.
La mañana celebra
tu resurrección y se alegra con claridad de Pascua.
Se levanta la tierra
como un joven discípulo en tu busca, sabiendo que el sepulcro está vacío.

En la clara mañana, tu sagrada luz se difunde como una gracia nueva.
Que nosotros vivamos
como hijos de luz y no pequemos
contra la claridad de tu presencia. Amén.
La versión musical está en Youtube 👉Cristo Alegría del Mundo 

Y suplicamos a María, estrella de la nueva evangelización, que infunda en nuestras familias el ardor necesario para transmitir a este mundo la alegría y la belleza de su vida familiar:

Virgen y Madre María,
tú que, movida por el Espíritu, acogiste al Verbo de la vida
en la profundidad de tu humilde fe, totalmente entregada al Eterno, ayúdanos a decir nuestro «sí» ante la urgencia, más imperiosa que nunca, de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.
Tú, llena de la presencia de Cristo, llevaste la alegría a Juan el Bautista,
haciéndolo exultar en el seno de su madre. Tú, estremecida de gozo,
cantaste las maravillas del Señor.
Tú, que estuviste plantada ante la cruz con una fe inquebrantable
y recibiste el alegre consuelo de la resurrección,
recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu
para que naciera la Iglesia evangelizadora.
Consíguenos ahora
un nuevo ardor de resucitados
para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte.
Danos la santa audacia
de buscar nuevos caminos para que llegue a todos
el don de la belleza que no se apaga.
Madre del Evangelio viviente,
manantial de alegría para los pequeños, ruega por nosotros. Amén. Aleluya.

Como Dios manda

El Concilio Vaticano II reivindicó el protagonismo de los cristianos laicos en la misión de la Iglesia. Afirmó que no sólo los curas y los religiosos tienen importancia en la Iglesia; también cada bautizado “es” Iglesia y tiene la misma misión que los sacerdotes, aunque la realice con medios y actividades diferentes de ellos.

Esta misión común de curas y seglares es anunciar que el Reino de Dios está llegando a nosotros, dar a conocer que Jesucristo es la alegría del mundo y mantener la espera de unos nuevos cielos y una nueva tierra, donde habitará la justicia. Los medios con los que unos y otros realizamos esta misión son distintos, conforme con el principio conciliar de que en la Iglesia hay “unidad de misión y diversidad de ministerios”.

¿Cuál es el ministerio o servicio propio de la familia cristiana?
La doctrina del Concilio lo dice con una frase escueta y precisa: «A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales» (“Lumen gentium”, 31). Estos “asuntos temporales” son todas y cada una de las actividades y profesiones que los laicos bautizados realizan cada día, así como su vida familiar y social. Su existencia está entretejida de actividades y responsabilidades profesionales, de su vida en familia y de su actividad social. Es preciso que todo esto se realice “como Dios manda”. En la medida en que ocurre así, el reinado de Dios llega a nuestro mundo.

En consecuencia, el ministerio o servicio de la familia cristiana es ser verdaderamente una familia como Dios manda, una familia que sea, como se dijo en la primera semana, “buena noticia” en este mundo plagado de noticias tristes e incluso noticias falsas.

Crecer en la caridad conyugal

El papa Francisco, en su exhortación sobre la familia, explica que la vida familiar ha de estar animada por el amor tal como se describió la semana pasada (1 Cor 13, 4-7). Este amor ha de ser una «unión afectiva, espiritual y oblativa, que recoge en sí la ternura de la amistad y la pasión erótica, aunque es capaz de subsistir aun cuando los sentimientos y la pasión se debiliten». Y añade: «el matrimonio es un signo precioso, porque cuando un hombre y una mujer celebran el sacramento del matrimonio, Dios, por decirlo así, se refleja en ellos, imprime en ellos los propios rasgos y el carácter indeleble de su amor. El matrimonio es la imagen del amor de Dios por nosotros (…) para que los esposos puedan hacer visible, a partir de las cosas sencillas, ordinarias, el amor con el que Cristo ama a su Iglesia, que sigue entregando la vida por ella» (“Amoris laetitia”, 120-121).

Deberíamos recordarlo siempre: se trata de un amor basado en los afectos, pero capaz de darse al otro (esto quiere decir la palabra “oblativa”); un amor que nace del sentimiento, pero no se alimenta sólo de la atracción mutua, que es pasajera; un amor que refleja ― en la medida siempre limitada en la que los seres humanos podemos hacerlo― el carácter irreversible del amor que Dios nos tiene; es un amor que se realiza en las cosas sencillas, ordinarias, y muchas veces repetidas, de la vida, pero que, en su aparente pequeñez, hace visible el amor con el que Cristo ama a su Iglesia.

En la salud y en la enfermedad…

Al celebrar el Sacramento del Matrimonio los novios utilizan estas palabras para otorgarse el consentimiento matrimonial: «Yo te quiero a ti y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida». Con ellas se subraya esa cualidad oblativa del amor matrimonial y el carácter indisoluble de esa entrega.

Dice el Papa: «es una unión que tiene todas las características de una buena amistad: búsqueda del bien del otro, reciprocidad, intimidad, ternura, estabilidad, y una semejanza entre los amigos que se va construyendo con la vida compartida. Pero el matrimonio agrega a todo ello una exclusividad indisoluble, que se expresa en el proyecto estable de compartir y construir juntos toda la existencia» (“Amoris laetitia”, 123).

Por exigente que parezca, este amor exclusivo e indisoluble es el único que satisface, porque es consecuencia del propio enamoramiento y de los anhelos más secretos de nuestro ser: «quien está enamorado no se plantea que esa relación pueda ser solo por un tiempo; quien vive intensamente la alegría de casarse no está pensando en algo pasajero; quienes acompañan la celebración de una unión llena de amor, aunque frágil, esperan que pueda perdurar en el tiempo; los hijos no solo quieren que sus padres se amen, sino que también sean fieles y sigan siempre juntos. Estos y otros signos muestran que en la naturaleza misma del amor conyugal está la apertura a lo definitivo. (…) Y para los creyentes, es una alianza ante Dios que reclama fidelidad» (Ibíd.).

Por desgracia, nuestra sociedad de consumo ha reforzado algunos defectos que no favorecen una vida feliz, humanizada y humanizadora: la cultura de lo provisional, el empobrecimiento del sentido estético, la búsqueda obsesiva del placer… Todo ello siembra el camino de tropiezos para que el amor matrimonial continúe indisoluble durante toda la vida. Pero, si nos paramos a pensar, esta sociedad de consumo no nos hace más felices, sino más frágiles y no ayuda a amarnos de verdad, como seres humanos.

La familia evangeliza este mundo secularizado

Éste es, justamente, el servicio impagable que las familias cristianas pueden ofrecer al mundo en el que vivimos ―un mundo secularizado―, si viven de acuerdo con la naturaleza y espiritualidad del matrimonio, tal como la vamos descubriendo en las reflexiones cuaresmales de este año.

Porque este modo de vivir las relaciones entre los esposos y con los hijos es como la ciudad construida en lo alto de un monte, que se ve desde lejos y no deja de llamar la atención, o como una luz colocada en lo alto del candelero, que ilumina toda la estancia.

En un mundo que se ha acostumbrado a reaccionar con agresividad y se ha instalado en lo provisional e inestable, aunque ese modo de vivir no le hace más feliz; en un mundo que clama casi a diario contra la violencia que lleva a tantas mujeres a la muerte; en un mundo que prostituye el amor, convirtiéndolo en un negocio o en un goce pasajero; en un mundo en el que muchos niños no saben bien quién es su padre o su madre…, la existencia de unas familias que viven los valores de la familia cristiana, es algo contracultural.

Por eso mismo, esas familias son un signo evangelizador, porque apuntan hacia una meta envidiable y envidiada por tantos niños y adultos atrapados en el laberinto de las disputas, las rupturas, los rencores y la inestabilidad.
En estas situaciones, se precisan cristianos que sepan acompañar en los momentos de crisis que inevitablemente surgen en el seno de las familias, convencidos de que, como dice el Papa: «cada crisis esconde una buena noticia que hay que saber escuchar afinando el oído del corazón. (…) Hay que acoger y valorar especialmente el dolor de quienes han sufrido injustamente la separación, el divorcio o el abandono, o bien, se han visto obligados a romper la convivencia por los maltratos del cónyuge» (“Amoris laetitia”, 232. 242).
Vivir como familia cristiana es una de las primeras tareas con las que la Iglesia lleva a cabo la misión que Cristo le encomendó, porque esa forma de vivir evangeliza la vida secularizada del ser humano. Y, además, es un servicio impagable hacia este mundo que tantos estímulos positivos necesita.

Concluimos este tiempo de oración con una plegaria de sabor franciscano. No sabemos si san Francisco de Asís la escribió tal cual la recitamos, pero, en cualquier caso, expresa los sentimientos propios de un amor oblativo y entregado, de un amor esponsal como el que las familias cristianas están llamadas a vivir.

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.
Donde haya odio, que yo ponga amor.
Donde haya ofensas, que yo ponga perdón.
Donde haya discordia, que yo ponga unión.
Donde haya error, que yo ponga verdad.
Donde haya duda, que yo ponga fe.
Donde haya desesperanza, que yo ponga esperanza.
Donde haya tinieblas, que yo ponga luz.
Donde haya tristeza, que yo ponga alegría.
Haz que yo no busque tanto
el ser consolado como el consolar,
el ser comprendido como el comprender,
el ser amado como el amar.
Porque dando es como se recibe.
Olvidándose de sí mismo es como
se encuentra uno a sí mismo.
Perdonando es como se obtiene perdón.
Muriendo es como se resucita para la vida eterna.

Guía para orar durante la Cuaresma para la tercera semana

Del 20 al 26 de marzo

La familia cristiana tiene la misión de ofrecer la “buena noticia” de Jesucristo. Lo hace viviendo su vida doméstica y profesional “como Dios manda’.

Lecturas bíblicas para esta semana

En el capítulo 13 del evangelio de San Mateo, Jesús explica a sus discípulos, por medio de parábolas, qué es el Reino de Dios que él anuncia. Repásalas y aplícalas a tu vida diaria.

Palabras para orar

Ven Espíritu Divino,
manda tu luz desde el cielo,
Padre amoroso del pobre;
don en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
si Tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

 

Reparte tus Siete Dones
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.