Avisos

En Adviento: celebrar

Celebrar es acoger la presencia de Dios en lo pequeño

La cuarta semana de Adviento llega con un tono que siempre sorprende un poco: no es todavía Navidad, pero algo en el ambiente empieza a tomar forma, como si la espera hubiese ido abriendo un hueco por dentro y ahora ese hueco empezara a llenarse de una luz más firme. La corona ya casi completa invita a mirar con calma lo que hemos recorrido; y este domingo propone una palabra que, entendida desde lo cotidiano, tiene mucha más hondura de la que parece: celebrar. Y celebrar, en clave de Adviento, es acoger la presencia de Dios en lo pequeño, en lo que a veces pasa silencioso y sin llamar la atención.

Celebrar no es ruido ni fiesta fácil. Es reconocer que el amor se ha hecho cercano y que Dios habita entre nosotros de una manera que no desborda, pero transforma. Es esa especie de plenitud interior que aparece cuando uno se detiene un momento y comprende que, a pesar de los días pesados, la vida está habitada. Este domingo recuerda que celebrar empieza mucho antes de los villancicos: empieza cuando uno percibe que lo que esperaba se está cumpliendo en lo íntimo, aunque externamente todo siga igual.

José es una imagen preciosa para esta semana. Acoge el misterio sin entenderlo del todo. Cree y confía, aunque la luz sea todavía tímida. Actúa sin ruido, y esa manera suya de actuar enseña que celebrar no es mostrar, sino reconocer. Reconocer que Dios cumple sus promesas de un modo que no siempre coincide con nuestros esquemas. Reconocer que la presencia divina muchas veces llega en lo pequeño: en un silencio que reconforta, en una palabra sencilla, en ese gesto que alguien hace sin darse importancia.

Celebrar en Adviento tampoco es ignorar lo que duele. Es más bien mirar las sombras sin miedo, porque uno sabe que la luz ya está dentro. Celebrar es reconocer que el amor ha vencido a tantas cosas que antes parecían inamovibles. Que la fidelidad tiene sentido. Que incluso la fragilidad, cuando es habitada por Dios, se convierte en un lugar de belleza distinta. Todo esto no se grita; se vive en la hondura, en lo que cada uno lleva en su propia historia.

Esta semana, celebrar se nota en gestos pequeños, casi imperceptibles. En quien prepara algo con cariño para otro sin decirlo. En quien llega a la parroquia cansado, pero se queda un momento mirando la corona encendida porque algo de esa luz le sostiene. En quien comparte una alegría sencilla, de esas que nacen sin premeditación, solo porque algo bueno ha brotado por dentro. Son signos muy discretos, pero suficientes para recordar que Dios ya está aquí, que no viene desde lejos, sino desde lo íntimo.

Hoy, celebrar es abrir el corazón a la presencia de Jesús que llega sin ruido. Celebrar es hacer sitio, compartir con los demás una alegría que no depende de grandes cosas, sino de lo esencial. Celebrar es convertir cada gesto de amor, por pequeño que sea, en un anticipo real de la Navidad. Porque cuando uno acoge la presencia de Dios en lo pequeño, descubre que la luz no solo viene, sino que ya ha empezado a habitarlo todo.

 

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Esta semana os recordamos..

El día 24 de diciembre las misas serán: 9.30 de la mañana (aún de adviento) y la misa de Gallo (Nochebuena) será a las 19.00. No hay misa de media-noche.

El 25, Navidad, las misas serán como de domingo: 11.00-12.00-13.00 y 19.00 horas.

Cartel misas de navidad

 

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Catequesis del Papa León XIV: La Pascua como destino del corazón inquieto

Catequesis del Papa León XIV: La Pascua como destino del corazón inquieto (miércoles, 17 de diciembre de 2025)

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Jesús crucificado y resucitado nos hace una promesa: el corazón que lo busca no quedará desilusionado. Su Palabra nos ayuda a entender que, en medio de los compromisos de cada día, con alto riesgo de dispersión, desesperación o de falta de sentido, estamos invitados a volver a lo esencial de nuestra existencia.

El Señor nos recuerda que no somos máquinas sino hombres y mujeres con un corazón, que es la síntesis de nuestros pensamientos, sentimientos y afectos. Es el centro de nuestra persona: «Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón», nos dice el Evangelio.

De este modo, la vida del Resucitado guía el corazón inquieto a la fuente del gozo que no termina ni decepciona: el Dios amor. A Él se llega amando al hermano de carne y hueso, en cuyo rostro encontramos a Cristo mismo.

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Festival Navidad 2025

El pasado sábado 13 de diciembre celebramos el festival de Navidad, el cual, quedó marcado por una alegría que se abría paso sola, sin necesidad de explicarse, porque cuando una comunidad se reúne para celebrar, la fe se vuelve visible y cercana. En el centro de todo estuvo la algarabía de los niños, esa forma tan suya de habitar la fiesta con el cuerpo entero, con risas que contagian y con una emoción que atraviesa generaciones. Subieron al escenario con ilusión limpia y con una entrega que hablaba de tiempo compartido, de ensayos cuidados y de acompañamiento paciente, y lo hicieron respetando con una naturalidad admirable el orden de participación, esperando su momento con una mezcla de nervios y orgullo que enternecía a quien miraba.

Cada número fue recibido con aplausos sinceros y con una atención respetuosa, creando un clima donde todos se sabían parte de algo más grande, donde nadie tenía que imponerse para brillar porque cada aportación encontraba su lugar. Entre actuación y actuación, los sorteos de cestas navideñas añadieron un tono festivo lleno de sentido, vividos con expectación y sonrisas compartidas, sabiendo que lo recaudado quedaba destinado a los más jóvenes de la parroquia, como una forma concreta de cuidar el presente y sembrar futuro.

Los distintos grupos parroquiales fueron dando forma a una celebración coral, diversa y profundamente unida, donde la alegría se expresó de mil maneras y donde la Navidad dejó de ser un concepto para convertirse en experiencia compartida. Todo transcurrió con un respeto que hablaba de comunidad madura, de cuidado mutuo y de una fe que se aprende viviéndola juntos.

Al terminar, quedaba en el ambiente algo difícil de nombrar y fácil de reconocer: la certeza de haber compartido algo verdadero. Una parroquia que celebra así se sabe viva, se sabe familia y se sabe enviada a seguir construyendo esperanza desde lo sencillo, desde los niños, y los no tan niños, desde la alegría que nace cuando cada uno aporta lo que es.

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La esperanza no grita, susurra

Caminando juntos… en la fe, con esperanza, desde el amor… como comunidad parroquial

Los martes del curso 2025-2026, continuando con el proyecto que iniciamos el curso pasado, publicaremos una entrada que podría fomentar la reflexión y el crecimiento de nuestra vida espiritual, ayudando a mantenerla viva en el día a día:

La esperanza no grita, susurra

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En adviento: esperar.

Esperar es confiar en silencio

La tercera semana de Adviento tiene que ver con esa pequeña luz que empieza a ensancharse: la corona ya se ve con más alegría, y ese tono se nota en la parroquia, como si el ambiente respirara de otra manera. Y es que la palabra para “este momento en medio de la espera” es Gaudete. Pero no el Gaudete de las exaltaciones superficiales, sino el de quien espera de verdad porque cree que lo que espera vendrá. No es una alegría ruidosa, sino esa alegría que se sabe por debajo, como cuando el micrófono se enciende justo antes de que lo activen. La comunidad vuelve a reunirse con sus días encima, con su ritmo y su vela, y la clave para esta semana es simplemente esta: espera. Espera con confianza, espera desde dentro, desde la certeza de lo que aún está por llegar.

Esperar no es quedarse quietos. Esperar es esa confianza que se estira despacio, la manera de mantener la esperanza aunque la luz parezca tardar, y también la valentía de mirar el propio ritmo interior, siempre lento, pero siempre real. Lo mejor de esperar es que obliga a confiarse con paciencia. Gaudete porque algo se está cumpliendo, aunque todavía no lo veas.

El mundo insiste en que esperar es perder el tiempo. Todo está pensado para no dejar huecos: resolver pronto, correr, tapar lo que estorba. Suena bonito “esperar”, pero en realidad cuesta. Y, sin embargo, el Adviento insiste: no se espera lo que no llega, sino lo que uno sabe que llegará aunque no sepa cuándo. Esperar no grita ni exige, sino que va entrando como quien enciende una vela en un diciembre oscuro, casi temblando, pero firme.

Gaudete introduce aquí su propio tono. No pide sonrisas grandes ni entusiasmos forzados. Propone una alegría que convive con la duda, con las preguntas, con el cansancio de los días que pesan. Es la alegría de entender que la espera también es camino: que, en medio de la inquietud, hay una luz que sigue avanzando. Es la alegría de la paciencia, entendida no como renuncia sino como una forma de amar el tiempo.

Esta semana, esa espera se nota en detalles mínimos: quien se queda un instante más antes de salir; quien enciende una vela después de un día terrible, solo para recordarse que la luz sigue; quien escucha con calma a quien hoy necesitaba sostén. Son gestos pequeños, pero mantienen viva la comunidad más de lo que parece. Ahí se esconde la alegría suave de Gaudete.

Hoy, esperar significa resistir el desánimo. Esperar cuando parece que nada cambia. Cultivar la paciencia de quien sabe que el amor madura en el tiempo. No es fácil, pero es auténtico. Y quizá por eso la tercera vela tiene ese color distinto. La esperanza crece también en esta penumbra que no asusta.

Que esta espera confiada sea también alegre. Que no lo apresure todo, pero tampoco se rinda. Que abra el corazón antes de ver. Porque en esta confianza silenciosa empieza a nacer la alegría que prepara la Navidad.

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Cuando el Niño nos reúne: oración compartida de los Agentes de pastoral

La noche del 10 de diciembre, algo muy hondo se abrió paso en nuestra comunidad. Lo que vivimos superó cualquier idea de encuentro programado, porque la oración se convirtió en un espacio donde el corazón respiraba con una claridad nueva. La imagen del Niño levantado en brazos mientras era llevado hacia el pesebre encendió una emoción que se abrió camino sin esfuerzo, como si cada gesto revelara la ternura con la que Dios se acerca a su pueblo. Cada estrella colocada, cada palabra dicha desde el corazón, cada mirada cruzada entre quienes servimos en nuestra parroquia, tejió una verdad que supera cualquier programa pastoral. Estamos llamados a respirar juntos, a esperar con esa paciencia amorosa que entiende que todo nace a su tiempo, igual que una madre escucha el ritmo secreto de la vida que crece dentro de ella.

Cuando el párroco habló del aliento como la espera, se sintió que algo se ordenaba por dentro. Las prisas pierden sentido cuando reconocemos que Dios camina con pasos suaves y que los procesos de cada persona llevan una música distinta. Somos muchos, venimos de lugares y experiencias diversas, y aun así compartimos la misma misión. Esa misión se convierte en algo luminoso cuando la vivimos con mirada contemplativa, atentos al Niño que se revela en lo cotidiano, en la fragilidad, en los gestos pequeños que sostienen la vida parroquial. A veces olvidamos que el verdadero fruto nace desde dentro, sin estridencias, igual que la liturgia doméstica de María en Nazaret. Ella guardaba cada cosa en su corazón, sin perder la capacidad de asombro, y hoy nos enseña a hacer lo mismo en nuestra tarea pastoral.

La oración encendió algo más que estrellas. Encendió la certeza de que el Espíritu se mueve con una libertad preciosa entre quienes servimos en la parroquia. Se sentía en las palabras espontáneas que surgieron durante el eco de la Palabra, en los silencios que abrazaban a quienes no pudieron hablar, en la ternura con la que cada grupo acercó su estrella al Niño recién nacido. Ese gesto dibujó un cielo nuevo para nuestra comunidad, un cielo donde cada carisma se vuelve brillo, cada servicio se transforma en una luz que sostiene la misión, y cada persona encuentra un lugar desde el que seguir amando.

Más tarde, cuando descendimos al salón y la música acompañó la convivencia, se comprendía que la alegría sencilla también es teología vivida. Los bailes, las risas, el picoteo compartido, la cercanía espontánea que brota entre quienes se sienten familia, todo eso también forma parte del misterio. Porque detrás de cada agente de pastoral late un hogar, una familia que sostiene el cansancio, que acompaña las ausencias, que ofrece tiempo, cariño y comprensión para que cada uno pueda entregarse con libertad. A esas familias las abrazamos con gratitud, porque su generosidad también escribe la historia de esta parroquia.

Hoy, al recordar lo vivido, queda la sensación de que el Niño ya ha comenzado a nacer entre nosotros. Su alegría circuló por los pasillos, su paz reposó sobre nuestros rostros, su Espíritu despertó una promesa nueva. Y mientras seguimos caminando hacia la Navidad, algo dentro susurra que la esperanza está muy cerca, tan cerca como un recién nacido que nos mira desde el pesebre y nos recuerda que Dios siempre elige lo pequeño para transformar el mundo.

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Catequesis del Papa León XIV: La Pascua de Jesucristo: respuesta definitiva a la pregunta sobre nuestra muerte

Catequesis del Papa León XIV: La Pascua de Jesucristo: respuesta definitiva a la pregunta sobre nuestra muerte. (miércoles, 10 de diciembre de 2025)

Resumen leído por el Santo Padre en español:

Queridos hermanos y hermanas:
Hoy reflexionamos sobre cómo la Resurrección de Cristo ilumina el misterio de la muerte, que siempre ha suscitado en el ser humano profundos interrogantes. La Pascua de Jesús, en efecto, nos revela que la muerte no se opone a la vida, sino que es una de sus partes constitutivas, como un paso a la eternidad. Además, el acontecimiento pascual nos hace gustar anticipadamente, en medio de las pruebas y los sufrimientos presentes, la plenitud de aquello que sucederá después de la muerte. El Resucitado nos ha precedido en la gran prueba de la muerte, y la ha vencido gracias al poder del amor divino. Por eso, preparar el momento de la muerte con la esperanza cierta de la resurrección nos preserva del miedo, nos ayuda a tomar buenas decisiones, nos libera de lo superfluo y nos dispone a la alegría de la vida que no tiene fin.

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