Ha pasado

Entrega de cruces a los niños de comunión

El sábado 2 de abril, los niños y niñas de nuestra parroquia que han celebrado su primera confesión, y que se están preparado para recibir la primera comunión, han recibido la cruz, acompañados de su familia, catequistas y de nuestro Párroco D. José María.

En una celebración sencilla se ha entregado a cada niño una cruz de madera por sus catequistas.

Esa cruz no es un adorno para ponerse con la ropa sino que es, como los propios niños han dicho, un símbolo que nos recuerda el amor que Jesús nos tiene y que debe recordarnos también que nosotros debemos querer a los demás.

La celebración ha sido muy participativa, tanto por parte de los niños como de las familias.

Aprovechamos en agradecer al coro que nos ha acompañado con los cantos.

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Convivencia de Postcomunión

Después de un tiempo de parón hemos estado el fin de semana del 2 y 3 de abril los grupos de catequesis Postcomunión de convivencia.

Hicimos un tranquilo viaje en autobús hasta Los Molinos y allí iniciamos la aventura de descubrir todo el significado de la Semana Santa.

Jesús necesitaba una borriquilla para entrar en Jerusalén y nos pidió ayuda para conseguirla.

En el lavatorio de los pies observamos toda una galería de buenas actitudes (galería del servicio), cada uno elegimos las que se nos dan bien y también aquellas que necesitamos mejorar. Lo expresamos cada grupo en un muñeco rellenándole con todos nuestros dones, talentos y cualidades. Todo esto nos llevo a hacer un compromiso que nos ayude a compartir lo que somos con los demás.

Jesús celebró la última cena con sus discípulos, nosotros preparamos el pan para compartir la cena y darnos cuenta que hay más alegría en dar que en recibir.

Por la tarde nos ayudó mucho realizar cada uno nuestra Cruz y ver que Jesús se entregó por Amor. Con su entrega entramos en un momento de silencio, meditación y tranquilidad. Compartimos con el grupo todo lo que para cada uno de nosotros es creer en Jesucristo y dar testimonio a los demás.

Después de jugar un buen rato descubrimos la mirada de la virgen María: cómo nos mira, cómo puede transformar la mira da triste en alegría. Acompañamos a María en su soledad.

Y así llegamos a la gran noche de pascua, la vigilia más importante para todos los cristianos. A través de la Luz, la Palabra, el agua bendita y el canto saltamos de alegría porque ¡Cristo Vive y nos quiere Vivos!

Al despertar el domingo nos encontramos con los discípulos de Emaús quienes nos contaron la gran alegría de saber que Dios está vivo en cada uno.

Después de pasar un fin de semana de convivencia tan extraordinario de hemos dado gracias a Dios por todo lo vivido en la celebración de la Eucaristía con la comunidad que reza por todos nosotros y nos invita a vivir la Semana Santa A Tope.

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Marcar la ‘X’ de la Iglesia

¿Por qué conviene marcar la casilla de la Iglesia Católica en la Declaración de la Renta?

    • Es una forma sencilla de colaborar con la Iglesia ya que no supone trámites engorrosos, basta con marcar una X en la casilla de la Iglesia.
    • Es absolutamente gratis, porque no me van a cobrar más por mi declaración al marcarla ni me van a devolver menos.
    • Demostramos a la sociedad que son muchos los que valoran la labor que realiza la Iglesia.
    • Es una decisión libre y democrática, que no perjudica a nadie. Se pueden marcar simultáneamente las casillas de la Iglesia católica y de otros fines de interés social.

Sin embargo, este sencillo gesto hace posible que la Iglesia española sea el “hospital de campaña” que pide el Papa Francisco en un momento de especial dificultad como el actual.

Detrás de cada ‘X’ hay una historia: personas con nombres, apellidos y rostros concretos, que en la Iglesia católica han encontrado una mano tendida cuando sus vidas estaban rotas o a punto de estallar.

Una de ellas es Erika, española de 44 años, casada y con dos hijos. Gracias a Cáritas, ha redescubierto sus talentos y sus capacidades. Dice haber recuperado la confianza en sí misma y conseguido un empleo. Su testimonio se puede ver aquí 👇

 

También Tino, Rosa, María, Álvaro, Blanca y Guillermo, son protagonistas de esta Campaña X tantos 2022. Sus historias podemos conocer en este enlace: Historias marcadas con tu X

La Iglesia agradece a todos aquellos fieles que marcan la ‘X’ en su declaración de la renta, también a los no católicos y a los no practicantes, porque, entre todos, logramos construir una sociedad más humana, justa y fraterna.

Por Guillermo. Por Blanca. Por Tino. Por Erica. Por Rosa. Por ti. Por tantos.

 

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La «escultura» viva de Dios (fecundidad)

El tema del cuarto Encuentro Cuaresmal dedicado a «Cuidar la Familia en el Año Familia Amoris Laetitia» ha sido «La «escultura» viva de Dios (fecundidad)».

Presentamos el texto para reflexionar.

Comenzamos rezando

Tres palabras han puesto de manifiesto cuánto aporta la familia, tal como la vamos contemplando en esta Cuaresma, a la vida humana: soledad (la familia sana nuestra soledad), ternura (si no tengo amor, no soy nada) y servicio (su servicio a la sociedad y a la Iglesia es impagable). En esta cuarta semana, se añade la palabra fecundidad: la fecundidad de la familia refleja la fecundidad creadora del Dios que nos salva.

Hagamos descender hasta el corazón, los sentimientos del siguiente himno litúrgico, que nos trae a la memoria la presencia creadora de Dios:

 

Alfarero del hombre, mano trabajadora
que, de los hondos limos iniciales,
convocas a los pájaros a la primera aurora,
al pasto, los primeros animales.

De mañana te busco, hecho de luz concreta,
de espacio puro y tierra amanecida.
De mañana te encuentro, Vigor, Origen, Meta
de los sonoros ríos de la vida.

El árbol toma cuerpo, y el agua melodía;
tus manos son recientes en la rosa;
se espesa la abundancia del mundo a mediodía,
y estás de corazón en cada cosa.

No hay brisa, si no alientas, monte, si no estás dentro,
ni soledad en que no te hagas fuerte.
Todo es presencia y gracia. Vivir es este encuentro:
Tú, por la luz, el hombre, por la muerte.

¡Que se acabe el pecado! ¡Mira que es desdecirte
dejar tanta hermosura en tanta guerra!
Que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte
de haberle dado un día las llaves de la tierra. Amén.

La familia, “escultura” de Dios

Seguimos escuchando al papa Francisco cuando dice: «la pareja que ama y genera la vida es la verdadera “escultura” viviente ―no aquella de piedra u oro que el Decálogo prohíbe―, capaz de manifestar al Dios creador y salvador».

La fecundidad es la característica más evidente de esa realidad básica de la existencia, que llamamos familia. Esta fecundidad se realiza en tres planos, que se sostienen entre sí: en el plano personal, en el plano social y en el plano familiar.


En el plano personal, la fecundidad refleja la capacidad que la pareja tiene para ayudarse a crecer en valores personales, mediante el encuentro y el roce diario con las circunstancias de la vida, vividas desde el amor. Ese amor, del que se habló en la segunda semana, lleva a los esposos a apoyarse, pero también a corregirse, a ver con objetividad los problemas y situaciones, a afrontar las múltiples circunstancias de la vida buscando más la verdad que las propias inclinaciones.

 

Es un diálogo, a veces difícil, a veces grato y siempre fecundo, que perfecciona la percepción de la realidad que cada uno tiene. Ningún espacio como el de la intimidad del amor es más apto para acoger una visión compartida y madura de la vida.

En el plano social, la fecundidad de la pareja la hace protagonista de la vida de la comunidad en la que desarrolla su existencia.

Frente a la tendencia egoísta a retraerse y dejar que sean otros quienes afronten las necesidades y problemas que siempre surgen en la vida del pueblo, de la ciudad, del país, de la comunidad de vecinos o de las familias cercanas que conocemos, la decisión de la pareja de ser fecundos en el plano social lleva a los esposos y a los hijos a preocuparse e intervenir en lo que ocurre en el ámbito social de nuestra existencia.


En el plano familiar, la fecundidad del matrimonio se hace palpable en la decisión de engendrar a los hijos, prolongando en ellos el amor esponsal y el acto creador de Dios, que se materializan en las criaturas engendradas mientras los esposos se “dicen” su amor mutuo. Y asumiendo la hermosa, y tantas veces difícil, tarea de educarlas para que lleguen a ser personas responsables y creyentes.

La fecundidad del matrimonio, en los tres planos señalados, es “imagen” viva y eficaz de Dios; es signo visible de su acto creador y de ese largo camino de salvación que Él viene recorriendo con nosotros en la vida. Es también un reflejo viviente de Dios Trinidad, porque, como dijo el papa Juan Pablo II, «nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. Este amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo». De modo que, cuando la educación de los hijos se hace cuesta arriba por los múltiples problemas que lleva consigo la vida humana, la familia cristiana hará bien en pensar cuánto hace sufrir a Dios (por decirlo con palabras humanas) la historia humana y su salvación.

¡Abrid los ojos!

La vida de familia comporta todos los días el cumplimiento de unos compromisos comunitarios y fraternos, que obligan a abrir más y más el corazón, justamente porque esos compromisos nos piden reaccionar frente al egoísmo individual, al cansancio o la despreocupación, que muchas veces nos tientan.

El papa Benedicto XVI nos advirtió que «cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios», y que el amor es en el fondo la única luz que «ilumina constantemente a un mundo oscuro». Por esto la vida familiar, con su constante exigencia de comunión amorosa, es lugar privilegiado para encarnar la espiritualidad: la familia no hace más difícil la santificación de los esposos, sino que la favorece.

El papa Francisco saca de esto dos consecuencias valiosas, cuando escribe:

«Si la familia logra concentrarse en Cristo, él unifica e ilumina toda la vida familiar. Los dolores y las angustias se experimentan en comunión con la cruz del Señor, y el abrazo con él permite sobrellevar los peores momentos. En los días amargos de la familia hay una unión con Jesús abandonado que puede evitar una ruptura. [Pero también…] Los momentos de gozo, el descanso o la fiesta, y aun la sexualidad, se experimentan como una participación en la vida plena de su Resurrección. Los cónyuges conforman con diversos gestos cotidianos ese espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado» (“Amoris laetitia”, 316-317).

El camino ordinario para vivir esta espiritualidad matrimonial y familiar es la oración en común, la oración en familia. Desgraciadamente, han caído en el olvido, como si fuera una antigualla, la bendición de la mesa o el rezo del rosario, que nuestros abuelos vivían con toda naturalidad. Y no nos hemos vuelto más modernos, sino más descreídos. Por eso, una consecuencia positiva de la conversión cuaresmal, que venimos preparando con estos momentos de reflexión, puede ser el propósito de recuperar la oración en familia.

El Papa invita a «encontrar unos minutos cada día para estar unidos ante el Señor vivo, decirle las cosas que preocupan, rogar por las necesidades familiares, orar por alguno que esté pasando un momento difícil, pedirle ayuda para amar, darle gracias por vida y por las cosas buenas, pedirle a la Virgen que proteja con su manto de madre» (“Amoris laetitia” 318).

Este camino de oración familiar culmina participando juntos en la Eucaristía dominical. «Jesús llama a la puerta de la familia para compartir con ella la cena eucarística. Allí, los esposos pueden volver siempre a sellar la alianza pascual que los ha unido», y proporciona un momento decisivo para educar la fe de los hijos. Toda la familia unida participando de la mesa eucarística hace visible la Iglesia como el cálido hogar que resguarda la fe de la intemperie y de las inclemencias de la vida.

Construir el hogar día a día

Al final de su exhortación sobre la familia, el Papa advierte que «ninguna familia es una realidad celestial y confeccionada de una vez para siempre, sino que requiere una progresiva maduración de su capacidad de amar» (“Amoris laetitia” 325).
Es una advertencia muy necesaria para no desanimarse ante los fallos que siempre jalonan la vida de los seres humanos y para recodar la imperiosa necesidad de ayudarse y apoyarse mutuamente, unas familias cristianas en otras, para llevar a término todo el programa que se ha desplegado en estas cuatro semanas.
«Es una honda experiencia espiritual contemplar a cada ser querido con los ojos de Dios y reconocer a Cristo en él». Esta experiencia está hecha de muchos momentos en los que «recordamos que esa persona que vive con nosotros lo merece todo, ya que posee una dignidad infinita por ser objeto del amor inmenso del Padre. Así brota la ternura, capaz de suscitar en el otro el gozo de sentirse amado. (…) Esta apertura se expresa particularmente en la hospitalidad. Cuando la familia acoge y sale hacia los demás, especialmente hacia los pobres y abandonados, es un símbolo, testimonio y participación de la maternidad de la Iglesia» (“Amoris laetitia”, 323-324).

Además, el Papa invita a abrir los ojos ante la que él llama “familia ampliada”, que existe más allá de los límites estrictos de la propia familia. Invita, pues, a las familias cristianas a dirigir la mirada hacia esa familia ampliada, en la medida que sus fuerzas y posibilidades se lo permitan:

«Esta familia grande debería integrar con mucho amor a las madres adolescentes, a los niños sin padres, a las mujeres solas que deben llevar adelante la educación de sus hijos, a las personas con alguna discapacidad que requieren mucho afecto y cercanía, a los jóvenes que luchan contra una adicción, a los sol- teros, separados o viudos que sufren la soledad, a los ancianos y enfermos que no reciben el apoyo de sus hijos, y en su seno tienen cabida incluso los más desastrosos en las conductas de su vida…» (“Amoris laetitia”, 197).

Por todo ello, la última recomendación en este año, antes de disponernos a celebrar la Pascua, es que, en la medida de lo posible, busquemos siempre el apoyo de otras familias cristianas para compartir con ellas las metas que hemos de alcanzar, las dificultades que encontramos en el camino, tanto de la vida espiritual de la pareja como de la educación de los hijos, los apoyos con los que podemos contar para no desanimarnos ante lo arduo de la tarea o ante los fallos a los que nos abocan nuestras propias limitaciones.

Y esto se consigue con la ayuda de movimientos y asociaciones específicas para avanzar en la construcción de una vida familiar según los designios de Dios y para superar el desánimo que nos ronda en tantas ocasiones.

En la Iglesia diocesana existe la experiencia de grupos apostólicos que se han ayudado y pueden seguir ayudando en este camino: el Movimiento Familiar Cristiano, el Encuentro Matrimonial, los grupos de Acción Católica General, etc. son experiencias que pueden ofrecer su estructura y su experiencia, y que necesitan también la vitalidad de nueva savia.

La meta de estas reflexiones es lograr que “la alegría del amor” se manifieste a este mundo nuestro y en este tiempo, que siempre es de gracia, a través de las familias cristianas de la Diócesis.

Concluyamos con una oración para el camino de la vida, en el que necesitamos compañía: la compañía de los más cercanos, que nos aman, la compañía de otras familias cristianas, preocupadas como nosotros por ser sal y luz en el mundo en que vivimos, y sobre todo la compañía del Resucitado, que siempre camina junto a nosotros:

Ando por mi camino, pasajero,
y a veces creo que voy sin compañía,
hasta que siento el paso que me guía,
al compás de mi andar, de otro viajero.

No lo veo, pero está. Si voy ligero,
él apresura el paso; se diría
que quiere ir a mi lado todo el día,
invisible y seguro el compañero.

Al llegar a terreno solitario,
él me presta valor para que siga,
y, si descanso, junto a mí se reposa.

Y, cuando hay que subir monte (Calvario
lo llama él), siento en su mano amiga,
que me ayuda, una llaga dolorosa.

Guía para orar durante la Cuaresma para la cuarta semana

Del 27 de marzo al 2 de abril

Es grande el servicio que la fecundidad de la familia proporciona a la sociedad, ayudándola a ver que es posible superar las tentaciones de egoísmo que frecuentemente surgen en la vida de todos.

Lecturas bíblicas para esta semana

En los capítulos 14 al 18 del evangelio de San Mateo aparece la fundación de la Iglesia. Jesús da normas para la vida comunitaria, que sirven tanto para la comunidad cristiana como para la comunidad familiar.

Palabras para orar

Salmo 32

Dichosa la nación, (la familia),
cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.

Nosotros aguardamos al Señor;
él es nuestro auxilio y escudo;
con él se alegra nuestro corazón,
en su santo nombre confiamos.

Que tu misericordia, Señor,
venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

Salmo 129

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?

Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

 

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Convivencia Juveniles

El viernes 25 de marzo los chicos y chicas de juveniles, junto con sus catequistas y César, sacerdote responsable de catequesis, emprendíamos camino a Los Molinos para nuestra convivencia, que ya teníamos muchísimas ganas de retomar.

Unos mecánicos nos recibieron y nos dieron la bienvenida y comenzamos una búsqueda del manual de instrucciones para disfrutar de este fin de semana.

Juntos buscamos la manera de transformar el corazón ❤ para cambiar el mundo.

Queremos mover el mundo con Dios, queremos hacer grandes cosas y sabemos que lo vamos a conseguir porque Dios nos sostiene.

En esta convivencia hemos vivido la experiencia de movernos, conmovernos y movernos con Dios:

• Nos hemos comprometido a ser misericordiosos con los demás, Dios nos necesita para llevar abrazos de amor a los demás.

• Nos hemos conocido un poco más, hemos disfrutado compartiendo nuestro ser personas con nuestros compañeros.

• Hemos puesto a prueba nuestra creatividad con una coreografía que nos acompañará en el Camino de
Santiago.

Dios nos ha dado a cada uno un don y nos han invitado a reflexionar sobre él para ponerlo al servicio de los demás.

Llegó el momento de la entrega del símbolo:

El Padre Nuestro para el grupo de primero, con el compromiso de ser testigos suyos de la oración.

El Evangelio para el grupo de segundo, sintiendo que es Dios quien les embarca en una gran aventura.

La Cruz para el grupo de tercero, «toma tu cruz y sígueme».

Terminábamos el día con una gran velada, muy profesional, donde panaderos, electricistas, profesores, sanitarios, músicos y deportistas lo daban todo para hacer un mundo más humano.

 

Después de movernos durante el fin de semana, descubrir que somos capaces de conmovernos y estar dispuestos a comprometernos, le hemos dado gracias a Dios por todo lo vivido y hemos compartido la Eucaristía con la comunidad que reza por todos nosotros y nos envía a mover el mundo con Dios.

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El Si de María

El 25 de marzo es la fiesta de la Anunciación del Señor.

Este día las Hijas de la Caridad celebran la Renovación de los Votos, que es un motivo de oración y de reflexión, una revisión de vida.

Compartimos una reflexión de Sor Carmen – Hermana de las Hijas de la Caridad: 

Hablar de María es dejarnos llevar de la mano de la Madre que nos conduce a las fuentes de la vida, para que tengamos vida en abundancia y para quedar iluminados y fortalecidos en lo más profundo, en el interior de nuestros caminos y vidas.

Es contemplar el Misterio del amor hecho hombre encarnado, es el gran regalo para nuestro camino cristiano. Es la Madre que en sencillez y en silencio está con nosotros en este camino de vida.

María, es la verdadera contemplativa, para acoger en ella el Plan de Dios como único proyecto de su vida, permaneciendo siempre atenta y en dependencia total de Dios para descubrir su rostro.

María está en medio de la vida, de nuestra vida, atenta a lo que acontece en ella y en nosotros, en Jesús y en los mismos discípulos.

María tiene respuesta en la Palabra y sobre todo en la acción a lo que Dios va haciendo en su vida, respondiendo a todo ello con sencillez y en prontitud, en palabras de alabanza y en acción de entrega de su vida al Plan del Señor.

Hablar de María es halar de un SI incondicional y fiel, un SI generoso y obediente, abierto al plan de Dios y de los Pobres para invitar con esa sencillez de vida a que otros sigamos diciendo Sí a Dios y a los Pobres, como ella, para Siempre.

 

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Acoger y cuidar la Vida, don de Dios

El 25 de marzo, «en la solemnidad de la Anunciación del Señor toda la Iglesia es convocada a celebrar el misterio más excelso de nuestra fe, la encarnación del Hijo de Dios y, unido a dicho misterio, a celebrar una Jornada por la Vida.

Entrar en este misterio del Verbo encarnado nos lleva a tomar conciencia del gran amor del Padre que «tanto amó al mundo que entregó a su Unigénito» (Jn 3, 16) para salvarnos. Si Dios envía a su Hijo es porque ama al hombre, ama la vida de los hombres, a los que ha destinado a ser sus hijos y alcanzar la santidad (cf. Ef 1, 4-5).

En efecto, Dios es la fuente del ser y de la vida, que por amor creó al ser humano a su imagen y semejanza (cf. Gen 1, 27) y que ahora, viniendo al mundo, quiere alumbrar al hombre, comunicarle la nueva vida de la gracia (cf. Jn 1, 4. 9). Sin embargo, no quiso Dios restaurar la vida del hombre herida por el pecado sin contar con la colaboración humana.
Así, en esta solemnidad de la Anunciación celebramos que el «sí» de la Virgen María se ha convertido en la puerta que nos ha abierto todos los tesoros de la redención.

En este sentido acoger la vida humana es el comienzo de la salvación, porque supone acoger el primer don de Dios, fundamento de todos los dones de la salvación; de ahí el empeño de la Iglesia en defender el don de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural, puesto que cada vida es un don de Dios y está llamada a alcanzar la plenitud del amor.

Acoger y cuidar cada vida, especialmente en los momentos en los que la persona es más vulnerable, se convierte así en signo de apertura a todos los dones de Dios y testimonio de humanidad; lo que implica también custodiar la dignidad de la vida humana, luchando por erradicar situaciones en las que es puesta en riesgo: esclavitud, trata, cárceles inhumanas, guerras, delincuencia, maltrato.

Hoy más que nunca, en nuestra sociedad, los cristianos debemos ser testigos del Evangelio de la vida, defendiendo el derecho fundamental a la vida con el propio ejemplo, promoviendo leyes justas que salvaguarden la vida y buscando educar a las generaciones más jóvenes como personas íntegras que construyan una sociedad verdaderamente humana, a la luz de Dios que ama al hombre y por amor lo creó.»   (del Mensaje de los Obispos)

Oh, Dios,
Padre de la vida y Señor de la historia,
que hiciste todo de la nada
y a tu imagen creaste al hombre y a la mujer,
llamándolos a la existencia,
para que por su amor fiel y total engendraran vida:
Haz que los padres acojan y custodien,
con ternura y responsabilidad,
el don sagrado de los hijos;
los ayuden a crecer sanos, fuertes y libres,
para que encuentren su vocación en la Iglesia y en el mundo;
que los novios se respeten,
se amen y construyan su vocación sobre Cristo,
para que lleguen a ser matrimonios fieles y fecundos,
que contribuyan al bien de esta sociedad;
que en ella se promueva y defienda la vida,
desde el inicio hasta su ocaso natural,
para que esta tierra sea un hogar para todos,
presagio de la vida,
que Tú, oh, Padre bueno,
nos tienes reservada en el hogar del cielo. Amén

 

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Un servicio impagable

El tema del tercero Encuentro Cuaresmal dedicado a «Cuidar la Familia en el Año Familia Amoris Laetitia» ha sido «Un servicio impagable».

Presentamos el texto para reflexionar.

Comenzamos rezando

Cada mañana vuelve a salir el sol y renace la vida en la tierra. La Iglesia ha visto, en el sol que vuelve a brillar, la imagen de Jesucristo resucitado, que cada día renueva nuestra alegría. Comenzamos estos momentos de oración cuaresmal con un himno a Jesucristo resucitado, esposo de la Iglesia, que sostiene la vida y la alegría de nuestras familias, y, a través de ellas, quiere inundar de gozo este mundo, a veces triste, en el que vivimos:

Cristo,
alegría del mundo,
resplandor de la gloria del Padre.
¡Bendita la mañana
que anuncia tu esplendor al universo!

En el día primero,
tu resurrección alegraba el corazón del Padre.
En el día primero,
vio que todas las cosas eran buenas porque participaban de tu gloria.
La mañana celebra
tu resurrección y se alegra con claridad de Pascua.
Se levanta la tierra
como un joven discípulo en tu busca, sabiendo que el sepulcro está vacío.

En la clara mañana, tu sagrada luz se difunde como una gracia nueva.
Que nosotros vivamos
como hijos de luz y no pequemos
contra la claridad de tu presencia. Amén.
La versión musical está en Youtube 👉Cristo Alegría del Mundo 

Y suplicamos a María, estrella de la nueva evangelización, que infunda en nuestras familias el ardor necesario para transmitir a este mundo la alegría y la belleza de su vida familiar:

Virgen y Madre María,
tú que, movida por el Espíritu, acogiste al Verbo de la vida
en la profundidad de tu humilde fe, totalmente entregada al Eterno, ayúdanos a decir nuestro «sí» ante la urgencia, más imperiosa que nunca, de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.
Tú, llena de la presencia de Cristo, llevaste la alegría a Juan el Bautista,
haciéndolo exultar en el seno de su madre. Tú, estremecida de gozo,
cantaste las maravillas del Señor.
Tú, que estuviste plantada ante la cruz con una fe inquebrantable
y recibiste el alegre consuelo de la resurrección,
recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu
para que naciera la Iglesia evangelizadora.
Consíguenos ahora
un nuevo ardor de resucitados
para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte.
Danos la santa audacia
de buscar nuevos caminos para que llegue a todos
el don de la belleza que no se apaga.
Madre del Evangelio viviente,
manantial de alegría para los pequeños, ruega por nosotros. Amén. Aleluya.

Como Dios manda

El Concilio Vaticano II reivindicó el protagonismo de los cristianos laicos en la misión de la Iglesia. Afirmó que no sólo los curas y los religiosos tienen importancia en la Iglesia; también cada bautizado “es” Iglesia y tiene la misma misión que los sacerdotes, aunque la realice con medios y actividades diferentes de ellos.

Esta misión común de curas y seglares es anunciar que el Reino de Dios está llegando a nosotros, dar a conocer que Jesucristo es la alegría del mundo y mantener la espera de unos nuevos cielos y una nueva tierra, donde habitará la justicia. Los medios con los que unos y otros realizamos esta misión son distintos, conforme con el principio conciliar de que en la Iglesia hay “unidad de misión y diversidad de ministerios”.

¿Cuál es el ministerio o servicio propio de la familia cristiana?
La doctrina del Concilio lo dice con una frase escueta y precisa: «A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales» (“Lumen gentium”, 31). Estos “asuntos temporales” son todas y cada una de las actividades y profesiones que los laicos bautizados realizan cada día, así como su vida familiar y social. Su existencia está entretejida de actividades y responsabilidades profesionales, de su vida en familia y de su actividad social. Es preciso que todo esto se realice “como Dios manda”. En la medida en que ocurre así, el reinado de Dios llega a nuestro mundo.

En consecuencia, el ministerio o servicio de la familia cristiana es ser verdaderamente una familia como Dios manda, una familia que sea, como se dijo en la primera semana, “buena noticia” en este mundo plagado de noticias tristes e incluso noticias falsas.

Crecer en la caridad conyugal

El papa Francisco, en su exhortación sobre la familia, explica que la vida familiar ha de estar animada por el amor tal como se describió la semana pasada (1 Cor 13, 4-7). Este amor ha de ser una «unión afectiva, espiritual y oblativa, que recoge en sí la ternura de la amistad y la pasión erótica, aunque es capaz de subsistir aun cuando los sentimientos y la pasión se debiliten». Y añade: «el matrimonio es un signo precioso, porque cuando un hombre y una mujer celebran el sacramento del matrimonio, Dios, por decirlo así, se refleja en ellos, imprime en ellos los propios rasgos y el carácter indeleble de su amor. El matrimonio es la imagen del amor de Dios por nosotros (…) para que los esposos puedan hacer visible, a partir de las cosas sencillas, ordinarias, el amor con el que Cristo ama a su Iglesia, que sigue entregando la vida por ella» (“Amoris laetitia”, 120-121).

Deberíamos recordarlo siempre: se trata de un amor basado en los afectos, pero capaz de darse al otro (esto quiere decir la palabra “oblativa”); un amor que nace del sentimiento, pero no se alimenta sólo de la atracción mutua, que es pasajera; un amor que refleja ― en la medida siempre limitada en la que los seres humanos podemos hacerlo― el carácter irreversible del amor que Dios nos tiene; es un amor que se realiza en las cosas sencillas, ordinarias, y muchas veces repetidas, de la vida, pero que, en su aparente pequeñez, hace visible el amor con el que Cristo ama a su Iglesia.

En la salud y en la enfermedad…

Al celebrar el Sacramento del Matrimonio los novios utilizan estas palabras para otorgarse el consentimiento matrimonial: «Yo te quiero a ti y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida». Con ellas se subraya esa cualidad oblativa del amor matrimonial y el carácter indisoluble de esa entrega.

Dice el Papa: «es una unión que tiene todas las características de una buena amistad: búsqueda del bien del otro, reciprocidad, intimidad, ternura, estabilidad, y una semejanza entre los amigos que se va construyendo con la vida compartida. Pero el matrimonio agrega a todo ello una exclusividad indisoluble, que se expresa en el proyecto estable de compartir y construir juntos toda la existencia» (“Amoris laetitia”, 123).

Por exigente que parezca, este amor exclusivo e indisoluble es el único que satisface, porque es consecuencia del propio enamoramiento y de los anhelos más secretos de nuestro ser: «quien está enamorado no se plantea que esa relación pueda ser solo por un tiempo; quien vive intensamente la alegría de casarse no está pensando en algo pasajero; quienes acompañan la celebración de una unión llena de amor, aunque frágil, esperan que pueda perdurar en el tiempo; los hijos no solo quieren que sus padres se amen, sino que también sean fieles y sigan siempre juntos. Estos y otros signos muestran que en la naturaleza misma del amor conyugal está la apertura a lo definitivo. (…) Y para los creyentes, es una alianza ante Dios que reclama fidelidad» (Ibíd.).

Por desgracia, nuestra sociedad de consumo ha reforzado algunos defectos que no favorecen una vida feliz, humanizada y humanizadora: la cultura de lo provisional, el empobrecimiento del sentido estético, la búsqueda obsesiva del placer… Todo ello siembra el camino de tropiezos para que el amor matrimonial continúe indisoluble durante toda la vida. Pero, si nos paramos a pensar, esta sociedad de consumo no nos hace más felices, sino más frágiles y no ayuda a amarnos de verdad, como seres humanos.

La familia evangeliza este mundo secularizado

Éste es, justamente, el servicio impagable que las familias cristianas pueden ofrecer al mundo en el que vivimos ―un mundo secularizado―, si viven de acuerdo con la naturaleza y espiritualidad del matrimonio, tal como la vamos descubriendo en las reflexiones cuaresmales de este año.

Porque este modo de vivir las relaciones entre los esposos y con los hijos es como la ciudad construida en lo alto de un monte, que se ve desde lejos y no deja de llamar la atención, o como una luz colocada en lo alto del candelero, que ilumina toda la estancia.

En un mundo que se ha acostumbrado a reaccionar con agresividad y se ha instalado en lo provisional e inestable, aunque ese modo de vivir no le hace más feliz; en un mundo que clama casi a diario contra la violencia que lleva a tantas mujeres a la muerte; en un mundo que prostituye el amor, convirtiéndolo en un negocio o en un goce pasajero; en un mundo en el que muchos niños no saben bien quién es su padre o su madre…, la existencia de unas familias que viven los valores de la familia cristiana, es algo contracultural.

Por eso mismo, esas familias son un signo evangelizador, porque apuntan hacia una meta envidiable y envidiada por tantos niños y adultos atrapados en el laberinto de las disputas, las rupturas, los rencores y la inestabilidad.
En estas situaciones, se precisan cristianos que sepan acompañar en los momentos de crisis que inevitablemente surgen en el seno de las familias, convencidos de que, como dice el Papa: «cada crisis esconde una buena noticia que hay que saber escuchar afinando el oído del corazón. (…) Hay que acoger y valorar especialmente el dolor de quienes han sufrido injustamente la separación, el divorcio o el abandono, o bien, se han visto obligados a romper la convivencia por los maltratos del cónyuge» (“Amoris laetitia”, 232. 242).
Vivir como familia cristiana es una de las primeras tareas con las que la Iglesia lleva a cabo la misión que Cristo le encomendó, porque esa forma de vivir evangeliza la vida secularizada del ser humano. Y, además, es un servicio impagable hacia este mundo que tantos estímulos positivos necesita.

Concluimos este tiempo de oración con una plegaria de sabor franciscano. No sabemos si san Francisco de Asís la escribió tal cual la recitamos, pero, en cualquier caso, expresa los sentimientos propios de un amor oblativo y entregado, de un amor esponsal como el que las familias cristianas están llamadas a vivir.

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.
Donde haya odio, que yo ponga amor.
Donde haya ofensas, que yo ponga perdón.
Donde haya discordia, que yo ponga unión.
Donde haya error, que yo ponga verdad.
Donde haya duda, que yo ponga fe.
Donde haya desesperanza, que yo ponga esperanza.
Donde haya tinieblas, que yo ponga luz.
Donde haya tristeza, que yo ponga alegría.
Haz que yo no busque tanto
el ser consolado como el consolar,
el ser comprendido como el comprender,
el ser amado como el amar.
Porque dando es como se recibe.
Olvidándose de sí mismo es como
se encuentra uno a sí mismo.
Perdonando es como se obtiene perdón.
Muriendo es como se resucita para la vida eterna.

Guía para orar durante la Cuaresma para la tercera semana

Del 20 al 26 de marzo

La familia cristiana tiene la misión de ofrecer la “buena noticia” de Jesucristo. Lo hace viviendo su vida doméstica y profesional “como Dios manda’.

Lecturas bíblicas para esta semana

En el capítulo 13 del evangelio de San Mateo, Jesús explica a sus discípulos, por medio de parábolas, qué es el Reino de Dios que él anuncia. Repásalas y aplícalas a tu vida diaria.

Palabras para orar

Ven Espíritu Divino,
manda tu luz desde el cielo,
Padre amoroso del pobre;
don en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
si Tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

 

Reparte tus Siete Dones
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén. 

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Día del Padre: Pasado Presente Futuro

El día de San José también celebramos el Día del Padre.

Os presentamos una reflexión de un padre de nuestra comunidad parroquial.

«DÍA DEL PADRE: PASADO, PRESENTE, FUTURO

Soy el menor de cinco hermanos y mi padre falleció al mes de nacer yo. La celebración del “día de padre” ha sido diferente para nosotros – como para muchas otras personas. Al fin y al cabo la “presencia” de un padre en la educación de nuestros hijos tiene su importancia. Cuando me llegó el momento de ejercer de padre, tuve dudas sobre cómo llevar a cabo esta vocación. Si iba a ser capaz de estar a la altura de las circunstancias ante tanta responsabilidad. A día de hoy, mirando hacia atrás, creo que nuestro padre ha seguido estando presente en nuestras vidas cuidándonos, protegiéndonos, guiándonos, como uno más en la lista de personas que “están ahí” y son un punto de apoyo – prueba de ello es que yo sólo, con mis limitaciones, no hubiese podido seguir adelante y ya se sabe que los caminos del Señor son inescrutables.

Ruego por nuestros seres queridos que han fallecido.

Seguir celebrando en nuestros días el “día del padre” está lejos de ser un fecha más en el calendario pues me parece necesario reflexionar sobre la importancia de la educación de nuestros hijos de la que “los padres”, la familia, somos los principales responsables con todo lo que ello implica: atención, dedicación, transmisión, convivencia, valores, cultura, educación, familia. Desde luego que no es una tarea fácil pero ahí está la figura de San José como referente y apoyo. No es casualidad que coincidan ambas efemérides. Y agradecemos la celebración del año de San José que nos ha permitido profundizar sobre innumerables detalles a propósito de una figura tan necesaria como sencilla a la vez.
Llevar a cabo con éxito la tarea de la educación de nuestros hijos de forma responsable es un reto ineludible por el bien de todos: de nuestros hijos, de la familia y de la sociedad. Por esto precisamente, proteger a las familias hoy en día, es garantizar la correa de transmisión para la realización como personas, en primer lugar y como ciudadanos del mundo, en segundo lugar, de nuestros hijos. Es afrontar un futuro con la esperanza de que nuestros hijos estén mejor preparados para afrontar retos difíciles. No existen fórmulas mágicas para evitar los problemas pero sí podemos dar a nuestros hijos las herramientas para afrontarlos.

Ruego por todas las familias, especialmente, por las que pasan por momentos difíciles.

Igualmente, celebramos tradicionalmente el día de San José como el día de las vocaciones. También los padres “acompañamos” a nuestros hijos en el proceso de descubrir su sitio en el mundo. Su felicidad dependerá mucho de que encajen como las piezas en un puzzle; que se conozcan a sí mismos – igual que estudiamos las piezas del puzzle por sus formas y por sus contenidos -, para descubrir la vocación que dará sentido a su vida y ayudará a completar el puzzle. Y todas las vocaciones son válidas, todos los trabajos son importantes, por que la sociedad necesita de todas las piezas, también y especialmente la de las personas consagradas, que acogen en su corazón la llamada “ déjalo todo, ven y sígueme “. ¡Casi nada!

Ruego por las personas en “ búsqueda “ de su vocación. Ruego por los sacerdotes y personas consagradas.

¡Feliz día del Padre!
Felicidades a los que celebran su santo.» 

 

Salve, custodio del Redentor
y esposo de la Virgen María.
A ti Dios confió a su Hijo,
en ti María depositó su confianza,
contigo Cristo se forjó como hombre.
Oh, bienaventurado José,
muéstrate padre también a nosotros
y guíanos en el camino de la vida.
Concédenos gracia, misericordia y valentía,
y defiéndenos de todo mal. Amén.

(Papa Francisco, Patris Corde)

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Día del Seminario 2022

«Sacerdotes al servicio de una Iglesia en camino» es el lema que centrará este año el Día del Seminario. La Iglesia celebra esta jornada el 19 de marzo, solemnidad de San José.

El lema del Día del Seminario 2022 se inspira en el proceso sinodal en el que está inmersa la Iglesia. Así se explica en la reflexión teológica que se incluye entre los materiales. Y matiza, «el Sínodo universal en el que nos encontramos nos hace a todos ponernos en camino juntos».

Junto al Sínodo, dos palabras: sacerdotes y servicio. Sacerdotes, en plural, «recordándonos el sentido del seminario y llamándonos a acrecentar nuestra fraternidad. Los sacerdotes no hemos sido  llamados para estar solos. El seminario nos enseña la importancia de la comunidad y la necesidad de vivir una sana fraternidad».

Además se presenta la vocación sacerdotal como servicio. En el seminario, «los seminaristas aprenden a vivir el servicio y a servir a los hermanos, como parte integrante y fundamental de la vocación. Los intereses egoístas y el provecho propio han de desterrarse y deben dejar lugar al desarrollo de una vocación recibida para ser entregada. Solo desde la entrega la vocación recibe todo su sentido».

Y resume, «si decíamos que el ejemplo de la fraternidad sacerdotal constituye un impulso para los jóvenes que se plantean la vocación sacerdotal, también podemos afirmar que el testimonio de una vida entregada en el servicio infunde ánimos en el corazón de los jóvenes, deseosos de entregarse por completo a una tarea apasionante».  

Oh, Señor, que guiaste a tu pueblo por el desierto a la tierra prometida;
tú llamaste a los discípulos y caminaste con ellos anunciando el Evangelio y los condujiste a Jerusalén, para que, a través de tu pasión y muerte, conocieran la gloria de tu resurrección.
Ahora, que acompañas a tu Iglesia, peregrina en el mundo,
te pedimos que envíes sacerdotes que caminen hoy junto a aquellos que convocas en tu Iglesia;
que nos fortalezcan y consuelen con la unción del Espíritu Santo;
que nos animen e iluminen con la predicación de tu Palabra;
que nos alimenten y sostengan con la celebración de la eucaristía y la entrega de su propia vida.

La reflexión teológica sobre el Día del Seminario 2022 puedes leer haciendo click aquí ⏩ Sacerdotes al servicio de una Iglesia en camino 

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