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Esta semana os recordamos..

Desde el pasado lunes hemos cambiado al horario de misas de verano: lunes a sábado y vísperas de festivos: 9:30 y 20:00, Domingos y Festivos, misas: 10:00 -11:00-12:00 y 20:00. Horario de despacho: lunes y viernes de 18:30 a 19:30. (Durante el verano, en domingos y festivos, se suprime la misa de 13:00 y se añade la de 10:00)

El sábado 6 de junio es la Cuestación de Cáritas. Agradecemos la acogida y generosidad cuando encontréis a los voluntarios por las calles de Villalba solicitando vuestra generosa ayuda para los más necesitados.

Para facilitar la asistencia a la eucaristía el fin de semana de la visita del Papa a Madrid, el sábado día 6 habrá misas a las 9:30 y a las 20:00, y el domingo día 7 habrá misas a las 19:00 y 20:00. (Excepcionalmente este domingo no habrá misas por la mañana, únicamente por la tarde)

El domingo 14, después de misa de 11:00 de la mañana será la procesión de Corpus Christi, Os invitamos a participar y acompañar a Jesús Eucaristía por las calles de Villalba.

Invitamos a todos, a preparar nuestro corazón y participar en la misa del Papa León XIV, que visitará Madrid, el sábado 6 de junio Vigilia con los jóvenes en Plaza Lima y Domingo 7 en Cibeles Misa de Corpus Christi a las 9:30 de la mañana.

 

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La Trinidad: el hogar para el que hemos sido creados

Una nostalgia inscrita en el corazón

Existe una experiencia que atraviesa la vida de todos los seres humanos con independencia de su historia, de su cultura o de sus circunstancias. que se manifiesta en el deseo de ser comprendidos, en la alegría que nace cuando encontramos una presencia que nos acoge, en la necesidad de compartir aquello que llevamos dentro y en la profunda satisfacción que experimentamos cuando podemos amar con libertad y sentirnos amados sin condiciones.

Cada persona conoce, de una forma u otra, esa búsqueda de comunión, la encontramos en la amistad verdadera, en el amor familiar, en la fraternidad, en la vida comunitaria y también en esa necesidad tan humana de sentir que nuestra existencia ocupa un lugar en el corazón de alguien.

La fe cristiana contempla esa realidad con una profundidad extraordinaria, ya que ese anhelo de comunión no surge por casualidad, sino que constituye una huella de nuestro origen; el corazón humano busca el encuentro porque ha sido creado a imagen de un Dios que vive eternamente en comunión.

La solemnidad de la Santísima Trinidad nos permite asomarnos precisamente a ese misterio. En el corazón mismo de Dios habita una relación infinita de amor:

  • El Padre ama al Hijo desde toda la eternidad.
  • El Hijo vive eternamente vuelto hacia el Padre en una respuesta perfecta de amor.
  • El Espíritu Santo es el Amor vivo que los une en una comunión tan plena que ninguna palabra humana consigue abarcarla por completo.

La tradición cristiana llamó perijóresis a esta inhabitación mutua de las Personas divinas. La imagen evoca una danza eterna de amor, una circulación incesante de vida en la que cada Persona existe para las otras y encuentra en esa comunión la plenitud de su ser. Cuando contemplamos la Trinidad descubrimos que la realidad última está sostenida en una comunión de amor.

El amor que quiso compartirse

La creación nace de ese amor, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no permanecen encerrados en sí mismos, la plenitud del amor posee una fecundidad que se expande y se comunica, así, el universo entero surge de ese dinamismo creador que desea compartir la vida y nuestra existencia forma parte de esa historia:

  • Cada persona ha sido querida desde siempre.
  • Cada vida posee un valor único e irrepetible.
  • Cada ser humano ocupa un lugar en el corazón de Dios antes incluso de tomar conciencia de sí mismo.

A veces vivimos preocupados por demostrar quiénes somos, por justificar nuestro valor o por alcanzar una imagen ideal de nosotros mismos; sin embargo, la Trinidad nos recuerda una verdad capaz de transformar profundamente la mirada sobre nuestra propia existencia: nuestra identidad más profunda nace del amor recibido.

Antes de cualquier éxito o fracaso, antes de cualquier reconocimiento o rechazo, existe una palabra pronunciada por Dios sobre cada uno de nosotros, una palabra que afirma nuestra dignidad y que sostiene nuestra vida.

La experiencia creyente consiste precisamente en aprender a vivir desde esa certeza.

El Padre: una fuente que nunca deja de dar vida

Cuando Jesús habla del Padre, sus palabras transmiten una confianza serena y luminosa, habla de alguien que conoce, acompaña, sostiene y cuida, habla de una presencia que permanece fiel incluso cuando el ser humano atraviesa momentos de oscuridad o de fragilidad.

El Padre representa el origen de toda vida y la fuente de todo amor.

Su presencia nos recuerda que la existencia constituye un regalo antes que una conquista. Cada amanecer, cada encuentro, cada oportunidad de comenzar de nuevo nace de esa fecundidad creadora que continúa sosteniendo el mundo.

Acoger la paternidad de Dios transforma también nuestra manera de mirar a los demás; donde nos descubrimos hijos e hijas del mismo Padre, surge una fraternidad capaz de superar fronteras, diferencias y exclusiones.

La hospitalidad encuentra aquí una de sus raíces más profundas, quien reconoce al otro como hermano aprende a abrir espacio para su presencia.

El Hijo: el amor hecho cercanía

En Jesucristo, el amor eterno de Dios entra plenamente en la historia humana.

El Hijo comparte nuestras alegrías, nuestras heridas, nuestros esfuerzos y nuestras esperanzas. Su vida revela una forma de amar que reconoce la dignidad de cada persona y que genera encuentros capaces de transformar la existencia.

Los Evangelios muestran continuamente a Jesús creando espacios de comunión, donde las personas se sienten acogidas en su presencia, los excluidos recuperan su lugar, los heridos encuentran consuelo, los pecadores descubren caminos nuevos, quienes vivían encerrados en la culpa vuelven a experimentar la posibilidad de una vida reconciliada.

Su forma de relacionarse con los demás manifiesta cómo es el corazón de Dios, cada gesto suyo revela una hospitalidad que devuelve dignidad, esperanza y sentido, por eso seguir a Cristo significa aprender a vivir según la lógica del encuentro, significa descubrir que la vida crece cuando se convierte en espacio para los demás y cuando permite que los demás encuentren también un lugar en ella.

El Espíritu Santo: la comunión que sigue creando vida

El Espíritu Santo continúa hoy la obra iniciada por el Padre y revelada en el Hijo.

Su presencia habita los procesos silenciosos de crecimiento, las reconciliaciones que parecían imposibles, los vínculos que se fortalecen, las comunidades que aprenden a caminar juntas y las personas que descubren nuevas razones para esperar.

El Espíritu genera comunión:

  • Allí donde aparecen divisiones, suscita caminos de encuentro.
  • Allí donde surge el miedo, despierta confianza.
  • Allí donde la desesperanza amenaza con imponerse, hace brotar posibilidades nuevas.

Su acción permite que el amor trinitario siga haciéndose presente en la historia concreta de hombres y mujeres de cada tiempo.

Introducidos en la vida misma de Dios

La gran noticia del cristianismo consiste en que la Trinidad no permanece distante de la humanidad, Dios nos ha creado para participar de su propia vida.

Por el bautismo hemos sido incorporados a esa corriente de amor que une al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. La salvación adquiere así una profundidad inmensa: participar de la comunión divina, vivir como hijos en el Hijo y dejarnos transformar por el Espíritu.

Toda auténtica experiencia de amor, de fraternidad, de acogida y de hospitalidad se convierte entonces en una anticipación de aquello para lo que hemos sido creados:

  • Cuando una persona se siente verdaderamente acogida, algo del corazón de Dios se hace visible.
  • Cuando alguien encuentra una comunidad donde puede ser él mismo sin miedo, algo de la Trinidad se vuelve tangible.
  • Cuando el cuidado vence a la indiferencia y la fraternidad supera la distancia, el amor trinitario encuentra un lugar donde manifestarse.

La solemnidad de hoy nos recuerda que la comunión constituye nuestra vocación más profunda, procedemos del amor, vivimos sostenidos por el amor y caminamos hacia la plenitud del amor.

En el centro de la realidad existe una comunión eterna que continúa llamando a cada ser humano por su nombre, allí se encuentra nuestro origen, allí se encuentra también el horizonte hacia el que se orientan nuestros deseos más hondos, nuestras búsquedas más auténticas y nuestra esperanza más profunda.

La Trinidad revela, en definitiva, que el hogar que todos anhelamos existe realmente y que Dios mismo ha querido abrirnos sus puertas para siempre.

¡Feliz día de la SAntísima Trinidad!

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Magnifica humanitas, primera encíclica de León XIV

La IA al servicio de la humanidad

La primera encíclica de León XIV llega como una campana que resuena en medio del ruido de nuestro tiempo. Mientras el mundo contempla fascinado el crecimiento de la inteligencia artificial, “Magnifica humanitas” recuerda algo que jamás deberíamos olvidar: cada avance técnico encuentra su verdad cuando protege la vida humana, cuando ensancha la dignidad, cuando sirve al bien común y acerca a los pueblos a una fraternidad más verdadera.

Vivimos una época capaz de conectar continentes en segundos y, al mismo tiempo, de dejar corazones enteros en la intemperie. Resulta estremecedor comprobar cómo el ser humano posee un poder inmenso sobre la realidad y, sin embargo, sigue buscando sentido, pertenencia, verdad. León XIV mira este momento histórico con una profundidad inmensa y plantea una pregunta que atraviesa toda la encíclica: ¿qué humanidad queremos construir? Porque la cuestión jamás gira únicamente en torno a las máquinas. La verdadera pregunta habla del corazón que las diseña, de las manos que las financian, de la mirada desde la que se decide su uso.

Babel o Jerusalén

La encíclica contrapone dos imágenes bíblicas profundamente simbólicas. Babel representa la tentación de un poder que desea elevarse prescindiendo de Dios, uniformando, controlando, reduciendo la persona a eficiencia y rendimiento. Jerusalén, en cambio, aparece como la ciudad reconstruida juntos, piedra sobre piedra, desde la responsabilidad compartida, el cuidado mutuo y la comunión. En ese contraste se juega también el futuro de la inteligencia artificial. Cada algoritmo puede convertirse en una torre levantada para el dominio de unos pocos o en una herramienta capaz de sostener la vida, aliviar el sufrimiento, acercar oportunidades y custodiar a quienes más necesitan ser mirados.

El peligro de un poder sin alma

León XIV alza la voz con enorme claridad frente al paradigma tecnocrático que convierte al ser humano en dato, consumo o mercancía. Recuerda que la tecnología jamás es neutral porque siempre adopta el rostro de quien la utiliza. Cuando el poder digital queda concentrado en manos privadas capaces de influir sobre economías, imaginarios colectivos y decisiones políticas, la humanidad entera entra en un terreno profundamente delicado. Entonces la Iglesia vuelve a proclamar algo esencial: la persona vale más que cualquier sistema, más que cualquier beneficio, más que cualquier lógica de mercado.

El trabajo humano sigue siendo sagrado

Resulta especialmente luminosa la defensa del trabajo humano. En una era marcada por la automatización y la precariedad, la encíclica insiste en que el trabajo jamás puede reducirse a productividad. En él habita creatividad, dignidad, participación, cuidado de la familia y construcción social. Cada trabajador lleva dentro una historia sagrada que merece respeto.

Desarmar la inteligencia artificial

También resuena con fuerza su llamada a la paz. León XIV invita a desarmar la inteligencia artificial, a superar la lógica de la “guerra justa” y a recuperar el diálogo, la diplomacia y el multilateralismo como caminos auténticamente humanos. Frente a una cultura del poder que normaliza la guerra y convierte la fuerza en criterio absoluto, el Papa propone la civilización del amor, donde la justicia y la paz vuelvan a abrazarse.

Permanecer profundamente humanos

Quizá el centro más conmovedor de toda la encíclica aparece cuando afirma que ninguna máquina podrá sustituir jamás el esplendor de la humanidad habitada por Dios. Porque seguimos necesitando una mirada que comprenda, una presencia que acompañe, una conciencia capaz de amar, una libertad que elija el bien incluso cuando resulta costoso. Ahí permanece el misterio irrepetible de la persona humana.

“Magnifica humanitas” llega como una llamada profética para este tiempo, un recordatorio de que el futuro todavía puede edificarse desde la verdad, la justicia y la fraternidad. Y quizá ahí, precisamente ahí, comienza la esperanza más grande: descubrir que todavía estamos a tiempo de construir un mundo donde la inteligencia avance sin que el corazón se quede atrás.

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Pentecostés: el Espíritu Santo que transforma la vida

Cuando la Iglesia celebra Pentecostés, algo profundamente hermoso vuelve a suceder entre nosotros. El Evangelio deja de sentirse como un recuerdo lejano y comienza a respirarse como una presencia viva, cercana, capaz de tocar la existencia concreta de cada persona. Pentecostés jamás pertenece solamente al pasado. Pentecostés sucede cada vez que Dios encuentra un corazón abierto donde derramar su Espíritu y encender de nuevo la esperanza.

Muchas veces caminamos por la vida sosteniendo cansancios que apenas sabemos nombrar. Vivimos llenos de ruido exterior y, al mismo tiempo, atravesados por silencios interiores que piden luz, fuerza, dirección. Precisamente ahí aparece el Espíritu Santo. Como viento que vuelve a mover lo detenido. Como fuego que ilumina lo apagado. Como presencia de Dios que entra suavemente en el alma y la despierta desde dentro.

La Iglesia nació en Pentecostés y también nosotros volvemos a nacer cada vez que dejamos actuar al Espíritu en nuestra vida. Porque el Espíritu Santo jamás invade, jamás arrastra, jamás rompe la libertad humana. Su manera de actuar posee la delicadeza de Dios. Él sostiene, inspira, fortalece, consuela y abre horizontes donde el miedo había levantado muros demasiado altos.

El Espíritu Santo: presencia de Dios en nuestra vida

A veces hablamos del Espíritu Santo casi como si fuera una idea difícil de comprender, cuando en realidad representa la cercanía más profunda de Dios con nosotros. El Espíritu es quien nos permite reconocer la presencia del Señor en medio de la vida cotidiana. Gracias a Él, la fe deja de ser solamente conocimiento y se convierte en experiencia viva. Gracias a Él, la oración comienza a respirar verdad, la Palabra ilumina desde dentro y el corazón descubre caminos nuevos incluso en medio de las dificultades.

Qué distinta sería nuestra vida espiritual si viviéramos más conscientes de esta presencia. Cuántas veces buscamos fuerza solamente en nosotros mismos mientras Dios permanece esperando poder sostenernos desde dentro. El Espíritu Santo actúa precisamente en aquello que parece pequeño: una palabra que devuelve esperanza, una reconciliación esperada durante años, la serenidad que aparece en mitad de la tormenta, la capacidad de volver a empezar cuando todo parecía perdido.

Pentecostés nos recuerda que jamás caminamos solos. El mismo Espíritu que descendió sobre los apóstoles continúa descendiendo hoy sobre la Iglesia, sobre nuestras comunidades, sobre las familias, sobre quienes sirven, acompañan, evangelizan y siguen creyendo incluso en medio de un mundo cansado de superficialidad.

Los dones del Espíritu: una vida transformada desde dentro

El Espíritu Santo jamás pasa por una vida dejando todo igual. Su presencia transforma el modo de mirar, de sentir, de vivir y de amar. Por eso la Iglesia habla de los dones del Espíritu: regalos de Dios que fortalecen el corazón humano para vivir desde una profundidad nueva.

  • La sabiduría permite mirar la vida con los ojos de Dios y descubrir qué merece verdaderamente la pena.
  • El entendimiento abre la inteligencia para comprender más hondamente la fe.
  • El consejo ayuda a tomar decisiones con verdad y prudencia.
  • La fortaleza sostiene en medio del sufrimiento y da valentía para permanecer fieles.
  • La ciencia ayuda a reconocer la huella de Dios en la creación y en la historia.
  • La piedad ensancha el corazón hacia una relación filial y cercana con el Señor.
  • El temor de Dios despierta un respeto lleno de amor ante la grandeza divina y nos aparta de todo aquello que hiere la vida.

Cada uno de estos dones actúa silenciosamente en quienes se dejan conducir por el Espíritu. Y cuando eso sucede, comienza a aparecer una manera distinta de estar en el mundo. Más luminosa. Más libre. Más profundamente humana.

Una Iglesia encendida por el Espíritu

Pentecostés también representa una llamada para toda la Iglesia. Nuestro tiempo necesita cristianos llenos de Espíritu Santo, creyentes capaces de llevar paz en medio de tanta tensión, esperanza allí donde muchos viven sin horizonte y humanidad en una sociedad que tantas veces corre el riesgo de endurecerse por dentro.

El Espíritu sigue suscitando comunidades vivas, personas entregadas, vocaciones valientes y corazones capaces de amar hasta el extremo. Sigue despertando la creatividad del Evangelio, la ternura hacia los más vulnerables y la fuerza necesaria para anunciar a Cristo con alegría verdadera.

Quizá la gran pregunta de Pentecostés continúa siendo la misma: cuánto espacio encuentra Dios dentro de nosotros. Porque allí donde el Espíritu es acogido, la vida florece de una manera nueva. El miedo pierde fuerza. La esperanza vuelve a levantarse. Y el alma descubre que había sido creada para mucho más de lo que imaginaba.

Pentecostés sigue sucediendo, también hoy, también en nosotros.

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María, mayo y la espera de Pentecostés

En mayo, la Iglesia vuelve a mirar a María con una ternura especial, como quien regresa a casa después de un camino largo y encuentra una lámpara encendida junto a la puerta. Hay meses que pasan por la vida casi sin dejar huella y hay meses que parecen abrir un espacio interior donde el alma respira de otra manera. Mayo huele a oración sencilla, a flores pequeñas colocadas junto a una imagen de la Virgen, a silencios que sostienen, a madres que enseñan a persignarse, a iglesias abiertas en mitad de la tarde, a una fe humilde que permanece viva incluso cuando el mundo corre deprisa y olvida mirar hacia el cielo.

Y justamente mientras caminamos por este mes mariano, el horizonte comienza a llenarse del fuego de Pentecostés. La Iglesia entera se prepara para volver a escuchar aquella promesa de Jesús que transforma la historia desde dentro: “Yo estoy con vosotros”. Cada paso hacia Pentecostés lleva el eco de María esperando junto a los discípulos, reuniendo corazones dispersos, sosteniendo la esperanza de quienes todavía aprendían a creer en medio de la incertidumbre. Tal vez por eso mayo resulta tan necesario para nosotros. Porque seguimos necesitando una mujer creyente que nos enseñe a vivir con el corazón abierto al Espíritu.

Vivir mayo desde la mirada de María

María atraviesa el Evangelio como una presencia que ilumina sin imponerse, como una llama serena capaz de dar calor incluso en las noches más frías del alma. Cuando miramos su vida descubrimos una fe profundamente humana, tejida de escucha, de disponibilidad, de confianza y de una entrega que transforma cada instante cotidiano en lugar de encuentro con Dios. Mayo nos invita precisamente a eso: a recuperar una fe cercana, respirable, encarnada en la vida real.

Cuántas veces vivimos agotados por el ruido, pendientes de mil cosas, sosteniendo rutinas que dejan el corazón vacío mientras el alma espera un espacio donde descansar. María nos reúne interiormente. Su presencia devuelve unidad a todo lo que llevamos disperso. Junto a ella aprendemos que Dios sigue pasando por la vida concreta, por nuestras preguntas, por las heridas que todavía buscan sentido, por las alegrías pequeñas que casi pasan desapercibidas y por los cansancios que nadie ve. Cada avemaría rezada con verdad posee la fuerza silenciosa de quien vuelve a orientar la mirada hacia lo esencial.

Pentecostés comienza en un corazón disponible

Pentecostés jamás nace del espectáculo. El Espíritu Santo desciende sobre corazones reunidos, abiertos, expectantes. Allí estaba María, sosteniendo la esperanza de la primera comunidad cristiana, acompañando la espera con esa fidelidad silenciosa que tantas veces salva la fe de los demás. También nosotros nos acercamos a Pentecostés con hambre de vida nueva. Nuestro tiempo necesita cristianos encendidos por dentro, personas capaces de llevar paz, verdad y esperanza allí donde tantas vidas se sienten cansadas de sobrevivir sin horizonte.

El Espíritu continúa descendiendo sobre quienes dejan espacio a Dios. Continúa despertando vocaciones, reconciliando corazones heridos, regalando fuerza a quien siente miedo y abriendo caminos donde parecía quedar solamente oscuridad. Mayo prepara esa tierra interior donde Pentecostés puede florecer. María nos enseña a esperar el fuego de Dios sin ansiedad, con la serenidad de quien sabe que el Señor siempre llega a tiempo.

Una Iglesia que vuelve a respirar esperanza

Tal vez el regalo más grande de este mes consiste en volver a caminar juntos. La Iglesia nace reunida alrededor de María y continúa creciendo cada vez que compartimos la fe como familia. En medio de un mundo acelerado, fragmentado y muchas veces herido de soledad, mayo nos recuerda que seguimos formando parte de un pueblo sostenido por la ternura de Dios.

Qué hermoso resulta descubrir que todavía existen corazones capaces de rezar unos por otros, comunidades que acompañan el sufrimiento, personas que permanecen cerca cuando la vida pesa, creyentes que siguen anunciando esperanza con gestos sencillos y verdaderos. Ahí continúa actuando el Espíritu. Ahí sigue latiendo Pentecostés.

Vivamos este mes junto a María con el corazón despierto. Dejemos que ella nos conduzca hacia el fuego suave y transformador del Espíritu Santo. Porque cada vez que el alma vuelve a Dios, la vida entera comienza de nuevo.

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Madrid se prepara para recibir al Papa León XIV (Agenda oficial)

Ya se ha publicado la agenda oficial de la visita del Papa León XIV a Madrid, que tendrá lugar del 6 al 9 de junio de 2026, dentro de su Viaje Apostólico a España. Serán unos días intensos para la vida de la Iglesia, marcados por la oración, el encuentro y la presencia del Santo Padre en distintos ámbitos de la sociedad y de la diócesis.

La programación incluye algunos de los momentos más significativos de esta visita histórica: la recepción oficial en Madrid, la vigilia con jóvenes en Plaza de Lima, la celebración del Corpus Christi en la Plaza de Cibeles, encuentros institucionales y culturales, la oración en la Catedral de la Almudena, el gran encuentro diocesano en el Santiago Bernabéu y el encuentro con voluntarios antes de partir hacia Barcelona.

Entre los actos más destacados:

• Sábado 6 de junio: llegada del Papa a Madrid, bienvenida oficial y vigilia juvenil.
• Domingo 7 de junio: Santa Misa y Procesión del Corpus Christi en Cibeles y encuentro con el mundo de la cultura.
• Lunes 8 de junio: encuentros institucionales, oración en la Almudena y gran encuentro diocesano en el Santiago Bernabéu.
• Martes 9 de junio: encuentro con voluntarios y despedida de Madrid.

Desde nuestra parroquia iremos preparando estos días con ilusión y comunión eclesial. Más adelante se ofrecerá información concreta sobre posibles formas de participación, peregrinación y seguimiento de los distintos actos.

La agenda oficial completa puede consultarse en la página de la Archidiócesis de Madrid:

https://www.archimadrid.org/index.php/oficina-de-informacion/noticias-madrid/conoce-agenda-oficial-papa-leon-xiv-madrid

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Mirar con esperanza: dignidad, verdad y bien común

Personas concretas, no ideas abstractas

En estos días, el tema de la regularización de personas migrantes está muy presente en la conversación social. Como comunidad cristiana, sentimos que necesitamos decir algo, y queremos hacerlo desde el Evangelio y desde lo más humano que llevamos dentro.

No estamos hablando de cifras ni de trámites. Estamos hablando de personas. De gente con nombre, con historia, con familia. Personas que a menudo viven en una situación muy frágil: trabajos sin garantías, sin acceso a derechos básicos, cargando cada día con la incertidumbre de no saber qué va a pasar.

Ante eso, la Iglesia no puede quedarse callada. Toda persona tiene una dignidad que nadie puede quitarle, y eso no cambia según los papeles que tenga o no tenga.

Una mirada desde la justicia y la caridad

La tradición social de la Iglesia nos propone dos claves que van de la mano: la justicia y la caridad. No son opuestas, se necesitan.

La justicia busca estructuras que hagan posible una vida digna, con derechos reconocidos. La caridad nos mueve a acercarnos de verdad, a escuchar, a acompañar, sin quedarnos en lo teórico.

Entidades como Cáritas llevan tiempo señalando que la regularización puede abrir caminos reales de integración: acceso a un trabajo digno, cotización, protección social, menos vulnerabilidad. En definitiva, salir de la invisibilidad y poder participar de verdad en la vida común.

Informarse, acoger y construir juntos

Sabemos que este tema puede generar dudas, inquietudes, incluso posturas muy distintas. Precisamente por eso creemos que hay que abordarlo con cuidado y con honestidad.

Los mensajes simplificados y la desinformación no nos ayudan a entender algo que es complejo. Por eso queremos invitarnos, como comunidad, a informarnos bien, a escuchar a quienes acompañan esta realidad de cerca, y a no juzgar a la ligera.

Nuestra parroquia quiere ser un lugar donde sea posible el encuentro. Un sitio donde nadie se sienta señalado, donde las preguntas tengan cabida y donde la fe ilumine sin aplastar.

Desde ahí, queremos decir con sencillez: la dignidad de las personas y el bien común crecen cuando nadie queda condenado a no existir para los demás.

Pedimos al Señor que nos dé un corazón capaz de ver más allá de las apariencias, de sostener lo que es difícil sin asustarnos, y de vivir la hospitalidad como algo concreto, no solo como una palabra bonita.

 

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Jornada de oración por las vocaciones

El domingo 26 de abril un grupo de catequistas, jóvenes y catecúmenos de confirmación, nos reunimos para ir al seminario a las 7 de la mañana a rezar en la Jornada de oración por las vocaciones, con un mismo corazón y una misma fe, para tener un encuentro con Jesús, el Señor que llama, que acompaña y que envía.

Bajo el lema «Todos oramos por todos», queremos abrir nuestro corazón a su Palabra y a su presencia, para descubrir, el sentido profundo de la vocación: vivir para Él, sirviendo a los demás.

Es un momento de gracia para rezar sobre la dimensión interior de la vocación, entendida como descubrimiento del don gratuito de Dios que florece en lo profundo del corazón de cada uno de nosotros.

Vivimos un espacio para dejarnos mirar por Dios, para escuchar su voz y para pedir con fe que no falten corazones generosos que respondan a su llamada en la Iglesia.

Siguiendo la respuesta de Samuel:  “Habla Señor, que tu siervo escucha”, pedimos en esta oración dar nosotros una respuesta similar, La misma que Dios espera de nosotros. No podemos seguir a Dios y quedarnos donde estamos.

Cuando sentimos la llamada de Dios, necesitamos abandonar todo lo que nos impide seguirle. El mejor lugar donde podemos estar es en el centro de la voluntad de Dios.

Jesús no impone su llamada, solo hace una pregunta: “¿Qué buscáis?” y una invitación: “Venid y lo veréis”. Jesús nos invita a seguirle, a pesar de las dificultades que podamos encontrar en el camino. Es importante recordar que la llamada de Jesús no es para unos pocos elegidos, sino para todos los que quieran seguirle.

Que nuestra oración sea auténtica, alegre y confiada, como lo es el amor con el que Dios nos sueña y nos llama.

Terminamos con la oración que rezamos al terminar nuestro momento de encuentro con el Señor.

 

ORACIÓN:

Te damos gracias, Dios Padre nuestro,

por la llamada bautismal a ser tu pueblo,

«asamblea de llamados».

 

Te respondemos otra vez con nuestro «sí»,

para ser fieles al Evangelio de tu Hijo, Jesucristo,

y a nuestra vocación.

 

Danos el deseo de anunciar «la vida como vocación»

y ofrecernos a tu servicio en la vida consagrada,

en el sacerdocio, en el matrimonio,

en la tarea misionera

y en el compromiso apostólico laical.

 

Llena nuestros corazones con tu Espíritu

de sabiduría y discernimiento

para que nuestra «pastoral de la llamada»,

tan rica en vocaciones y carismas,

sea un testimonio de tu presencia entre nosotros.

 

Con Santa María, Virgen Inmaculada y Madre

de la Vocación, con el apóstol Santiago,

amigo del Señor, y animados por la riqueza de tantos

mártires y santos de nuestra tierra te decimos:

«Aquí estamos para hacer tu voluntad».

Amén.

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San José Obrero

La plaza 1º de Mayo, en el barrio del Gorronal, se ha convertido en lugar de encuentro y celebración en la fiesta de san José Obrero. Allí, en medio de la vida cotidiana del barrio, se ha celebrado la Eucaristía presidida por nuestro párroco, D. Luis Murillo, en un clima de cercanía, sencillez y profunda comunión.
La figura de san José ha iluminado toda la celebración. Presentado como un hombre hábil con sus manos, disponible para las reparaciones y las necesidades concretas de quienes le rodeaban en Nazaret, ha aparecido ante todos como un trabajador silencioso, fiel y comprometido. Su vida, tejida de gestos sencillos y constantes, se convierte en referencia para comprender la dignidad del trabajo vivido desde el servicio y el amor.
Durante la homilía, la mirada se ha dirigido con especial sensibilidad hacia quienes atraviesan situaciones de desempleo o viven con dificultad el acceso a un trabajo digno. El recuerdo de estas realidades ha resonado con hondura en un barrio que conoce de cerca el esfuerzo diario por salir adelante. Al mismo tiempo, las palabras del párroco han llegado con calidez a las personas mayores y enfermas, reconociendo su valor y su lugar insustituible en la comunidad.
Uno de los momentos más significativos ha sido la bendición de todas las familias del Gorronal. En ese gesto, sencillo y lleno de contenido, se ha expresado el deseo de que cada hogar sea espacio de vida, de cuidado y de esperanza compartida.
La celebración ha estado acompañada por el coro de la Casa de Extremadura, que ha aportado alegría y belleza a la liturgia, ayudando a que la oración se hiciera canto y expresión viva del pueblo reunido.
También ha tenido un lugar especial el reconocimiento a las mujeres, a las madres y a tantas personas jubiladas que forman parte esencial de la vida del barrio. La palabra “jubilado”, vinculada al júbilo, ha resonado como una invitación a descubrir la riqueza de esta etapa de la vida. De manera particular, se ha puesto en valor el trabajo de las amas de casa, presentado como una labor auténtica, entregada y fundamental para el sostenimiento de las familias y de la sociedad.
La Eucaristía celebrada en la plaza ha sido, así, un reflejo del Evangelio encarnado en la vida real del barrio: trabajo, esfuerzo, cuidado mutuo y fe compartida que sigue dando sentido a cada día.

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Caminando juntos… hasta aquí, y más allá

Iniciábamos un 3 de septiembre de 2024 con un título sencillo y esencial: “La importancia de la oración diaria”. Quizá entonces no imaginábamos del todo hasta dónde nos iba a llevar aquel comienzo. Solo sabíamos que queríamos abrir, cada martes, un pequeño espacio de encuentro, una pausa en medio de la semana, una palabra que ayudara a sostener la fe, a avivar la esperanza y a seguir viviendo desde el amor como comunidad parroquial. Así nació “Caminando juntos…”, y así hemos continuado durante los cursos 2024-2025 y 2025-2026, compartiendo un total de 75 entradas que han querido acompañar, iluminar y alentar nuestro camino creyente.

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